Crecimiento 2026 con paradojas y asimetrías
José Luis Stella
Licenciado en Economía.
Michael Parkin, autor de los textos Microeconomía y Macroeconomía, sostiene que nuestras aspiraciones son vastas: “Queremos un mundo pacífico y seguro; pretendemos aire puro, lagos y ríos limpios; una vida larga y sana; buenas escuelas y viviendas espaciosas… Anhelamos tiempo para disfrutar de los deportes, el arte y los amigos”. Sin embargo, la realidad impone un freno: lo que cada individuo puede obtener está condicionado por el tiempo, los ingresos y los precios.
Inevitablemente, todos convivimos con deseos insatisfechos.
Bajo esta premisa, la economía surge como una ciencia social orientada al bienestar humano. Nuestra capacidad de adquisición de bienes se ve limitada por los dones de la naturaleza, el trabajo, el ingenio humano y el capital técnico; elementos que la disciplina denomina factores de producción. De esta tensión entre anhelos y recursos surge la síntesis de Richard Lipsey: “La economía es la ciencia que acerca lo deseado a lo posible”.
Esta brecha —nuestra incapacidad para satisfacer todo lo que deseamos— constituye el concepto de ESCASEZ. Ante ella, la ELECCIÓN entre alternativas se vuelve obligatoria. Para analizar este fenómeno, los economistas distinguen entre afirmaciones positivas (lo que es) y normativas (lo que debería ser).
Esta distinción resuena con la visión del sociólogo Juan Carlos Torre autor del libro Diario de una temporada en el quinto piso. Al analizar la toma de decisiones políticas, Torre identifica tres niveles de acción: primero, lo que dicta la moral; segundo, lo que señala la técnica; y finalmente, el plano de lo real, que consiste simplemente en hacer lo que es posible dadas las circunstancias.
En Argentina hay un cambio de época e infinidad de preguntas sin respuestas por ejemplo ¿Cuál es el tamaño del Estado, quien lo financia? ¿La carga tributaria sobre los sectores formales es adecuada?. Los cambios económicos generan conflictos distributivos, algunos viejos como la puja entre el capital y el trabajo.
Tales dilemas remiten inevitablemente a los conceptos de escasez y elección: ante recursos limitados, es imperativo optar por soluciones que resuelvan las contradicciones de fondo. En este escenario, la reducción de la inflación actúa como un factor de claridad, disipando la “niebla” de precios que distorsiona la economía. Mientras que países vecinos como Chile y Uruguay superaron desafíos similares mediante consensos entre fuerzas políticas antagónicas, Argentina por la insatisfacción de su población ha quedado atrapada en un movimiento pendular.
Desde la década de 1930, la historia nacional se ha visto condicionada por golpes de Estado, enfrentamientos armados y un persistente autoritarismo. Existe la percepción de que un Poder Ejecutivo sólo es eficaz si se muestra intransigente. Esta dinámica se traslada a la oposición, donde la combatividad y la vehemencia —personificadas por ejemplo en figuras como Myriam Bregman— se traducen en un mayor caudal de seguidores. Como advierte Yuval Noah Harari en sus análisis sobre la comunicación moderna y las redes sociales, vivimos en una era donde la estridencia parece ser el único camino para ser escuchado.
Argentina atraviesa una reconversión estructural que desplaza su epicentro productivo hacia zonas alejadas de los grandes conglomerados urbanos. Este proceso se asienta sobre la premisa de que la productividad debe ser la fuerza disciplinadora de la matriz económica. Bajo esta lógica, el país retorna paulatinamente a la cultura del esfuerzo, eliminando atajos y dejando de mitigar aquellos efectos que, aunque parecen contraproducentes en el corto plazo, se consideran necesarios para la transformación.
Esta transición conlleva una revalorización del individuo que altera profundamente el esquema colectivo e igualitarista predominante a fines del siglo pasado. Se trata de un cambio de eje, sin hacer juicios de valor: de una estructura centrada en la contención social hacia una dinámica impulsada por el rendimiento y la autonomía individual.
Para el gobierno la libertad personal representa un valor superior a la realización comunitaria.
Dice Jeffrey D. Sachs y Felipe Larraín en su libro de Macroeconomía que “el debate sobre el desarrollo para los países de mediano ingreso se ha centrado en dos estrategias comerciales antagónicas: la orientación hacia afuera, en que un país abre sus mercados al resto del mundo y promueve las exportaciones, y la orientación hacia adentro o sustitución de importaciones, en que un país impone barreras significativas al comercio internacional y se centra en el desarrollo de la industria local para satisfacer el mercado doméstico. Casi todos los estudios de los últimos 25 años han documentado el desempeño superior en términos de crecimiento de los países orientados hacia afuera.”
Juan Carlos de Pablo nos dice que: “En la teoría del desarrollo económico, hace más de medio siglo, se planteó la cuestión del desarrollo equilibrado o desequilibrado. Paul Rosenstein Rodan, economista Polaco, nos explicaba en la década del sesenta la posibilidad de invertir en todos los sectores productivos para tener un crecimiento parejo y equilibrado. A comienzos de la década de 1980 se formó la “Alianza para el Progreso” y Rosentein Rodan formó parte de los Nueve Sabios que colaboraron en el panel, que como dato anecdótico integraba Raúl Prebisch como representante del mundo subdesarrollado.
La realidad argentina actual presenta un crecimiento numérico, que no es desarrollo, el hombre de a pie, en las ciudades todavía no lo percibe, no hay posibilidad de invertir en todos los sectores por ende el crecimiento es desequilibrado, se fragmenta en una serie de dualidades profundas: en el plano productivo, conviven sectores de proyección global que se ven favorecidos por la apertura comercial con otros que, dependientes del mercado interno, luchan por subsistir en un letargo que amenaza su continuidad. Como señala Ricardo Arriazu, la estructura productiva resulta todavía “tremendamente artificial”, fruto de un siglo de políticas que han penalizado a los sectores con ventajas comparativas mientras subsidiaban a los ineficientes.
Esta asimetría se traduce, en lo social, en una brecha de consumo cada vez más pronunciada. Mientras los estratos de mayores ingresos mantienen su capacidad de ahorro y compran dólares, las clases media-baja y baja enfrentan restricciones severas que, en el lenguaje cotidiano, se manifiestan como la imposibilidad de “llegar a fin de mes”.
Geográficamente, el mapa del país revela un desarrollo dispar. Las regiones pampeana, patagónica y cordillerana atraviesan un ciclo de prosperidad impulsado por sus recursos, contrastando con el deterioro del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), donde la industria, la construcción y el consumo se encuentran notablemente deprimidas.
Finalmente, el ámbito político profundiza estas fisuras en lugar de tender puentes. La ausencia de consensos básicos se evidencia en la colisión de modelos: mientras el Gobierno Nacional avanza en una dirección, la administración de la Provincia de Buenos Aires se desplaza en el sentido opuesto, consolidando una parálisis estratégica.
Los sectores que crecen, Agricultura, Minería y Energía son oferentes de divisas y poco demandantes de mano de obra y los que decrecen, Industria, Construcción y Comercio son demandantes de divisas y muy demandantes de mano de obra. Por ende hay destrucción y creación de actividades y empleos, siendo la destrucción más rápida que la creación.
El último Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) de febrero, publicado por el INDEC, revela brechas de hasta veinte puntos entre los diversos sectores. Esta disparidad es el núcleo de la preocupación actual: sin una recuperación en las actividades intensivas en trabajo, el riesgo de conflicto social aumenta y pone en jaque la sostenibilidad del modelo. El propio FMI, en su último informe, advierte que el Gobierno debe trascender el enfoque actual; ya no basta con reducir la inflación, ahora es imperativo garantizar la acumulación de reservas y fomentar el crecimiento económico.
La etapa de un objetivo único, “bajar la inflación” ha terminado.
Las distorsiones de 2025, previas al ciclo electoral, resultaron sumamente nocivas. El alza de tasas en aquel periodo aceleró el deterioro del consumo y afectó la solvencia bancaria mediante el empeoramiento de la calidad del crédito. El incremento de la cartera irregular fue el detonante que frenó una economía que, desde finales del año pasado, no ha logrado reaccionar. Como ilustra Miguel Kiguel, el repunte no será un “cohete a la luna”, sino un avión a hélice que despega con lentitud, lo que obliga a diseñar políticas que incentiven una reactivación más dinámica.
Un crecimiento concentrado en pocos sectores no es funcional para la estabilidad del país.
La coyuntura actual presenta un escenario de marcados contrastes. En la vertiente negativa, los salarios continúan rezagados frente a la inflación, lo que erosiona el poder adquisitivo y reduce drásticamente el ingreso disponible de los hogares. En contrapartida, el aspecto positivo radica en una macroeconomía más ordenada y con un rumbo definido, caracterizada por un flujo constante de divisas hacia un país condicionado por recurrentes vencimientos de deuda en dólares.
Si bien el volumen de la deuda no es excesivo en relación al PBI, persiste una desconfianza estructural: a diferencia de lo que ocurre con otras naciones, los acreedores y el FMI manifiestan una preocupación constante en cada vencimiento importante, y se pone en duda nuestra capacidad de pago futura.
El desafío actual reside en alcanzar un equilibrio tripartito: reducir el riesgo país, dinamizar la actividad económica y sostener la deflación. No obstante, la escasez y el tiempo obliga, una vez más, a ELEGIR entre estas opciones, asumiendo que el éxito en un frente puede exigir sacrificios temporales en los otros.
Jorge Vasconcelos escribió un artículo “Tiempo, el recurso escaso para armonizar el trilema de reservas, actividad e inflación” en él, alerta que hay que actuar anticipándose a los problemas y propone “Un canje de deuda como hizo Ecuador en enero que le daría mucho mayor consistencia a la macro”, lo quiso hacer Alejandro Lew, secretario de Finanzas en reemplazo del canciller, Pablo Quirno y le costó el puesto.
Miguel Kiguel citado más arriba dice: “El gobierno le puso muchas fichas a los dólares del colchón, sin embargo eso no va ni para atrás ni para adelante. Hay un jugador que todo el sistema financiero espera que tarde o temprano salga a la cancha para contribuir a mejorar el mercado de crédito, sobre todo el hipotecario. Y es la Anses, mediante el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS)”.
Otros economistas sugieren incentivar la construcción que transmitiría (con una idea keynesiana) actividad el resto de la economía.
Mientras que el gobierno propone como alternativa el SUPER RIGI. El Ministro de Economía Luis Caputo explicó que la idea surgió de la necesidad de generar mayores beneficios impositivos para promover una industrialización más profunda de los recursos del país. El nuevo esquema apunta a sectores que hoy no tienen desarrollo local, como la fabricación de baterías de litio, autos eléctricos, paneles solares, turbinas eólicas y la cadena de valor del uranio, entre otros.
Sabemos que la ansiedad es parte de nuestro ADN, pero los cambios verdaderos llevan tiempo y no siempre son sencillos. Lo más valioso es que, como nación, hemos dejado de estar estancados. Estamos en movimiento. Si logramos unir la madurez de nuestra gente con la capacidad de nuestros líderes, no solo superaremos la transición, sino que alcanzaremos finalmente la estabilidad que anhelamos.
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