Cuando el segundo hombre se convierte en el primer problema
Una mirada sobre liderazgo, reputación y poder en la era de la exposición permanente.
Por Orlando Molaro
MPR Comunicación
Existe un momento en toda administración en el que una crisis deja de pertenecer a una persona para transformarse en un problema del sistema. No suele ocurrir de manera abrupta ni quedar reflejado en una encuesta (aunque en este caso sí se refleja), una causa judicial o una votación parlamentaria. Se percibe cuando la conversación pública deja de concentrarse en las decisiones de gobierno y comienza a girar alrededor de uno de sus protagonistas.
Ese parece ser hoy uno de los desafíos más complejos que enfrenta el gobierno de Javier Milei.
Durante buena parte de la gestión, Manuel Adorni trascendió el rol tradicional de vocero para convertirse en uno de los principales intérpretes políticos del proyecto libertario. Su exposición permanente, sumada a la centralidad institucional de su cargo, lo ubicó en una posición excepcional dentro de la estructura de poder oficial. Después del Presidente, difícilmente haya existido otra figura con semejante capacidad para representar, explicar y defender el rumbo de la administración. Aún cuando la Secretaria General de la Presidencia fue -y es hoy- “otra” virtual Jefa de Gabinete, su capacidad para transmitir mensajes no parece ser una virtud destacada.
Precisamente por esa centralidad, cualquier deterioro de su credibilidad tiene efectos que exceden largamente a su persona.
La política argentina continúa analizando muchas crisis con categorías heredadas del siglo XX. Sin embargo, la naturaleza del poder cambió profundamente. Hoy la conversación pública se desarrolla simultáneamente en medios tradicionales, redes sociales, plataformas digitales, comunidades virtuales y sistemas algorítmicos capaces de amplificar, reinterpretar y multiplicar cualquier episodio en cuestión de minutos.
Yuval Noah Harari sostiene en su libro Nexus que el poder contemporáneo ya no depende únicamente de la posesión de información, sino de la capacidad para comprender los sistemas que la conectan y distribuyen. Aplicada a la política, esa idea permite entender por qué determinadas controversias adquieren una dimensión inesperada. Ya no dependen exclusivamente de los hechos que las originan, sino de la manera en que esos hechos circulan dentro de una red compleja donde participan millones de actores simultáneamente.
Cuando una discusión logra instalarse al mismo tiempo en medios, redes sociales, conversaciones digitales, dirigentes opositores e incluso en sistemas de recomendación algorítmica, deja de ser un episodio para convertirse en un ecosistema. A partir de ese momento, la conversación adquiere autonomía y comienza a producir sus propios efectos.
Es allí donde aparece un concepto central: la transferencia reputacional. El fenómeno ocurre cuando el cuestionamiento sobre una figura empieza a extenderse hacia la organización que representa, en este caso hacia todo el gobierno. La atención deja de concentrarse en las políticas públicas y comienza a enfocarse en la credibilidad del mensajero. Cada intervención demanda más energía, cada explicación produce menos convencimiento y cada intento de defensa consume recursos políticos crecientes.
La experiencia demuestra que las crisis más complejas no siempre son las que generan mayor rechazo social. Muchas veces son aquellas que absorben progresivamente la capacidad de conducción de quienes deben administrarlas. Giuliano da Empoli desarrolla una idea similar al describir sistemas políticos que no comienzan a deteriorarse por falta de poder, sino por la enorme cantidad de recursos que destinan a sostener situaciones cuyo costo termina superando los beneficios que producen.

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En este punto puede advertirse que el gobierno -como un sistema expuesto permanente- no advirtió la necesidad de un análisis predictivo sobre una serie de sucesos que fueron degradando aquella identidad que decía sostener. Haberle restado importancia a cuestiones vinculadas a la afectación de su “salud moral” como si tuviera asegurado el apoyo irreductible de una sociedad a veces exhausta, fue un error que concluye hoy no ya en una crisis, sino en una ruptura.
La pregunta relevante deja entonces de ser quién tiene razón. La verdadera pregunta es cuánto poder político, institucional y comunicacional consume una discusión que parece haber concluido para una apabullante parte de la opinión pública, para quien la “cosa” está “juzgada”.
Desde esa perspectiva, la situación de Adorni adquiere una dimensión distinta. El problema no radica únicamente en las controversias que puedan rodearlo. El problema consiste en que una porción creciente de la conversación pública parece girar alrededor de su figura y no alrededor de la agenda presidencial. En política, esa diferencia es decisiva. Un gobierno puede atravesar una crisis puntual y recuperarse. Lo que resulta mucho más difícil es recuperar la iniciativa cuando pierde la capacidad de imponer los temas sobre los cuales desea ser evaluado.
La eventual intervención del Congreso mediante mecanismos de cuestionamiento institucional -la moción de censura- agregaría un componente adicional. Más allá de las consecuencias formales que pudiera tener una medida de ese tipo, el efecto simbólico sería enorme. La “ruptura” dejaría de pertenecer exclusivamente al Gobierno y pasaría a convertirse en una discusión institucional de alcance nacional. Los tiempos dejarían de estar bajo control de la Casa Rosada para comenzar a depender de actores externos.
Porque la comunicación moderna ya no consiste en controlar mensajes. Consiste en administrar influencia. Y la influencia depende simultáneamente de la credibilidad de las personas, de la arquitectura de los sistemas de información y de la capacidad para actuar en contextos de incertidumbre.
Por eso, el debate estratégico no debería concentrarse únicamente en la situación personal de un funcionario. La pregunta central es si esa situación fortalece o debilita la capacidad de conducción de todo un gobierno. La historia demuestra que los liderazgos más eficaces no son aquellos que resisten indefinidamente cada crisis, sino aquellos que identifican a tiempo cuándo una situación se ha vuelto más costosa que beneficiosa para los objetivos que intentan proteger.
Y a la vista de una gran parte de la sociedad, la resistencia, el empecinamiento y la obcecación por mantener a quien debiera funcionar como un “fusible” en cualquier estructura de poder expuesta, ha llegado demasiado lejos.
En definitiva, la cuestión ya no es Manuel Adorni. La cuestión es si Javier Milei puede seguir imponiendo la agenda política de su gobierno mientras una parte significativa de la conversación pública continúa y continuará girando alrededor de uno de sus principales colaboradores. Porque cuando una administración dedica más tiempo a proteger a un funcionario que a explicar su proyecto, el problema deja de ser comunicacional. Se convierte, inevitablemente, en un problema de liderazgo.
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