Cuando la coherencia intelectual es a prueba de realidad
Por Dario Lopérfido
Hay algo digno de estudio en ciertos sectores: una coherencia intelectual a prueba de realidad. No importa lo que diga el texto, el contexto o el sentido común: la consigna siempre llega primero.
Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso. Pero opinar, eso sí, opinar con una seguridad monolítica, como si hubieran pasado la noche estudiando el tema con un equipo de juristas suizos.
Esta semana volvieron a salir a la calle a “defender derechos”. Es una frase comodísima. Sirve para todo. No obliga a precisar nada. No exige leer un artículo, ni una coma, porque el detalle, como todos sabemos, es un invento de la derecha para complicarle la vida al militante entusiasta.
La escena fue la de siempre. El cronista se acerca, ingenuo, esperando una respuesta con sustancia:
– ¿Por qué está marchando?
– Porque esto es un desastre.
– ¿Qué parte de la ley?
– Todo.
– ¿Qué artículo?
– Bueno… lo de los derechos.
Una claridad conceptual que ni para pintar un grafiti alcanza. Pero no importa. Lo importante es el sentimiento.
Esa certeza mística de que algo está mal, aunque nadie haya leído una sola línea. Es como subirse a un avión donde el piloto dice: “No miré los instrumentos, pero tengo una vibra rara”. Y los pasajeros aplauden porque lo importante es la actitud.
Ese es el nivel de la discusión en algunos sectores: dirigentes que leen en diagonal, militantes que repiten como loros y sindicatos que denuncian artículos que jamás abrieron.
Y cuando la cosa se pone espesa, aparece la violencia, que por supuesto “no representa a nadie”…salvo a los que rompen todo mientras el resto mira con cara de tesis de sociología.
En ese universo, la ignorancia no es un problema: es un valor. Una especie de certificado de pureza ideológica. Porque si leés, dudás. Y si dudás, pensás. Y si pensás, dejás de gritar. Y sin grito, no hay épica, no hay foto y no hay trending topic.
Así funciona el mecanismo: congresistas que leen a medias, manifestantes que no entienden y una violencia que aparece como resultado lógico. No es un error del sistema. Es el sistema.
Para colmo de males, Nancy Pazos nos regaló una postal inolvidable frente al Congreso: encadenada, amordazada y entregada a una performance entre el teatro under y el sketch de medianoche.
La autoproclamada faro del periodismo decidió dar una clase magistral de dramatización política de bajo presupuesto.
Ojalá siempre tenga el derecho a opinar -ese derecho hay que cuidarlo incluso cuando se usa para hacer papelones-, pero uno, con espíritu democrático y algo de pudor ajeno, no puede evitar desear que deje de hacerlo de maneras tan involuntariamente cómicas.
Y quizás ese sea el verdadero cuadro de situación: no una ley polémica, ni un artículo discutible, sino una cultura política donde el argumento molesta, la lectura aburre y la ignorancia moviliza multitudes. Todo enmarcado en una constante argentina: la de los sindicalistas ricos que representan a trabajadores pobres.
Al final, si alguien quisiera resumir todo con honestidad brutal, la consigna real sería otra, mucho más sincera que las que gritan:
“No sabemos de qué se trata, pero estamos furiosos”.
(*): Ex secretario de Cultura y Comunicación de la Nación, ex ministro de Cultura porteño y ex director del Teatro Colón. Especial para NA.
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