Interés general

Cuando la salud mata

Dr. Julio C. Tuseddo. Ex Director CEMA

 

Es un acto reflejo de todo individuo el de recurrir a los servicios de salud para resolver cualquier inquietud o problema que presenta ante cuestiones que afectan el cuerpo o la psiquis. Esta práctica cultural que se remonta a los orígenes del hombre se ha visto potenciada en nuestros días a partir del vertiginoso desarrollo técnico que se produjo especialmente en la segunda mitad del siglo pasado, a partir del cual se lograron sorprendentes procedimientos, tratamientos, dispositivos, etc. algunos de los cuales cambiaron radicalmente la evolución de varias enfermedades, muchas de ellas antes consideradas mortales o sin solución alguna.

A pesar de estos indiscutibles progresos, hacia fin del siglo pasado se ha comenzado también a jerarquizar un problema que afecta gravemente a los sistemas de salud y por lo

tanto a sus usuarios y que ha sido asumido en los países desarrollados como un problema de salud pública. Ese factor es “el error médico”.

Debemos tener cuidado con un análisis superficial del tema porque no es que los errores sean cometidos solo por aquellos que no tienen formación o dedicación suficiente a su profesión en cualquiera de sus áreas (Enfermeros, Médicos, Nutricionistas, etc.), porque siendo humanos como somos y ante un escenario de alta complejidad e incertidumbre (y lamentablemente muchas veces de carencia) en el que se desarrolla el trabajo de salud, la posibilidad del error está siempre al acecho.

Los errores médicos son un riesgo inherente a la tarea misma, y así asumidos las organizaciones deben tener las herramientas hoy desarrolladas y de probada efectividad que reduzcan las posibilidades de su aparición mediante mecanismos que permitan identificarlos para luego corregir las causas. Esto genera una “cultura de seguridad”, un hábito de trabajo que no delega la responsabilidad de la equivocación en el trabajador de salud, sino en la estructura de trabajo misma, capitalizando cada error como una oportunidad de aprendizaje a partir del cual luego del análisis de sus causas pueda ser prevenido.

Es necesario por tanto que quienes gestionan los servicios de salud tengan claro esta situación y generen ámbitos de trabajo seguros para el usuario, mejorando los condicionantes culturales en seguridad de las organizaciones.

El dilema es ¿que hacen hoy las autoridades de salud y de los hospitales para evitar que el error ocurra?, ¿que hacen para detectarlo cuando aparece? y si fuera detectado ¿que análisis se hace del mismo para que nos deje un aprendizaje?, ¿que medidas se toman para que no vuelva a ocurrir?. Todas estos interrogantes deben ser respondidas de modo que cambie el análisis del error y que no sea solo eso, sino que sea también una lección que permita que otros integrantes de la institución no tengan el mismo traspié, que se originen acciones preventivas para que no se repita.

Este accionar es visible en el caso de la aeronáutica donde se realizan minuciosos trabajos para evitar el error, para identificarlos cuando ocurren (o los que casi ocurren), para conocer cuales fueron las causas en caso de que sucedan y a partir de eso se toman medidas de corrección para que no vuelva a ocurrir. En aeronáutica están atentos a los mínimos errores porque esos si no se identifican y corrigen, en el tiempo terminan en catástrofes.

En el año 1999 un reporte publicado por el Institute of Medicine de EEUU titulado “To err is human” (errar es humano) sugería que las muertes producidas por errores médicos eran superiores en número a las que producían los accidentes de tránsito o el cáncer de mama y en el año 2016 un artículo publicado por la prestigiosa revista médica británica British Medical Journal acentuaba la preocupación sobre el tema destacando que estos errores podrían ser en EEUU la tercer causa de muerte después de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.

Mucho se ha hecho en los países desarrollados para reducir el impacto de esto sobre la población que es asistida en hospitales a través de políticas que modifican factores culturales y organizacionales que exponen a riesgo diariamente a nuestros pacientes. En nuestro país varias organizaciones trabajan sobre el tema como la Sociedad Argentina de Calidad en Asistencia Sanitaria, el Instituto de Efectividad Clínica Sanitaria, algunos Departamentos de Hospitales Privados (ICBA, Alemán, Británico, etc) y también de algunos públicos (Garrahan, El Cruce, y otros). Lo que no es observable dada la magnitud del problema es que estas políticas sean sistemáticas, que sean dirigidas desde los organismos reguladores nacionales y/o provinciales hacia todos los hospitales públicos como privados de nuestro país.

Conductas riesgosas

Quienes ejercemos profesiones relacionadas con salud vemos a diario conductas riesgosas de profesionales, a veces por sobrecarga de trabajo, otras por las dificultades que el propio sistema trae y también por negligencia o impericia. Esas conductas son en ocasiones parte de la cultura de trabajo del lugar, que delega la responsabilidad del error exclusivamente al profesional, que no jerarquiza las consecuencias, no mide ni la ocurrencia ni su trascendencia y por lo tanto ignora los efectos negativos que sobre los usuarios está teniendo su práctica diaria, permaneciendo en un estado de “anestesia” de los efectos provocados.

El desconocimiento de la magnitud de la situación por falta de registro lleva de suyo a dificultades para generar un cambio que pueda mejorar el status quo, cuestión que garantiza que con el tiempo se repetirán las equivocaciones y sus consecuencias.

Lamentablemente esta es la situación en la que estamos hace mucho tiempo, con un Estado que no ejerce su poder de rectoría sobre los centros de asistencia, dejando la cuestión de la seguridad del paciente al azar o a que sea juzgado por las personas usuarias quienes no están en condiciones de evaluar ni calidad ni seguridad de los servicios recibidos de manera objetiva.

La seguridad del paciente es un componente irreemplazable de la calidad y el error un eslabón destacado de la primera. Deben ser promovidas políticas desde los organismos de gestión de salud nacionales y provinciales para que la vigilancia del problema sea activa; no es aceptable el histórico rol pasivo ante la severidad del problema. Cada hospital (público y privado) debe tener información veraz (preestablecida por los organismos de control) a partir de fuentes confiables de obtención de la misma. Esa información debe estar disponible a los decisores públicos responsables, quienes a partir de la misma deben

ejercer el poder de policía sobre los centros y también identificar dificultades, orientar acciones y controlar resultados.

La atención de salud en condiciones seguras no es solo una obligación individual de la persona que da cuidado. Es un condicionante ético y una responsabilidad fundamental de

quienes diseñan las políticas de salud y de quienes gestionan los centros de atención.

Se debe entender que el error es un elemento al que indefectiblemente estamos expuestos por las características de nuestro trabajo, y por lo tanto se deben generar un necesario grupo de acciones orientadas a planificar la tarea diaria de modo que permita jerarquizar la importancia del error médico por su impacto en la salud de la población. Al error lo debemos identificar, medir su frecuencia y prevenirlo para que se reduzca su ocurrencia. Es lo que a futuro nos permitirá dar cuidados de salud en un ámbito que minimice los riesgos (hoy desconocidos! y maximice los beneficios que el desarrollo científico ha dado a la ciencia médica.

El corolario de esa política será profesionales, hospitales y finalmente un sistema de salud más confiables, conscientes del nivel de riesgo al que exponemos a nuestra gente,

con mejores resultados sanitarios y mejor rendimiento de los recursos invertidos.

“La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia”. Sócrates.

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