Arte y Espectáculos

Darío Sztajnszrajber: “Con una naturaleza devastada, resulta necesario recuperar el pensamiento utópico”

El docente y divulgador de filosofía conversó con LA CAPITAL sobre la necesidad de hacerse preguntas en tiempos en los que el mundo está sobreexplotado y atravesado por la lógica abrumadora de las redes sociales. La revolución, plantea el autor, pasa por la transformación de nuestras prácticas cotidianas, como lo promueve el feminismo y el ecologismo. Se presenta este lunes en Verano Planeta.

Con sus preguntas que martillan el sentido común, Darío Sztajnszrajber logró que la filosofía llegue a un público amplio, gracias a su trabajo de divulgación en “Mentira la verdad” de Canal Encuentro, clases, programas de radio, espectáculos y sus libros “¿Para qué sirve la filosofía?”, “Filosofía en 11 frases” y dos tomos de “Filosofía a martillazos”.

En charla con LA CAPITAL, realizó una lectura sobre el mundo actual, en el que observó posturas demasiado tajantes e indignaciones colectivas propias de las redes sociales que no ayudan a escuchar al otro. Por eso, ve la necesidad de tomar distancia a través de la filosofía de la deconstrucción, al tiempo que destaca que tanto los feminismos como los ecologismos han logrado una nueva forma de pensar lo político, al ver que el poder se juega en todas las instancias de la vida cotidiana.

En cómo comemos, amamos, nos relacionamos con el otro o nos sentamos en la mesa familiar pueden gestarse las transformaciones de este mundo de la explotación, la mercantilización y la cosificación de la existencia.

El autor, que este año publicará un nuevo libro editado por Planeta sobre el amor, así como estrenará una nueva temporada de “Mentira la verdad” y continuará con sus espectáculos “Comer, pensar, amar” con Soledad Barruti y “Mitos de la Historia y la Filosofía” con Felipe Pigna, llega mañana lunes a Mar del Plata para conversar con Nino Ramella en el último encuentro del ciclo Verano Planeta 2023. La charla será a partir de las 21 en Patricio Peralta Ramos 5725, con acceso libre y gratuito.

-En “Filosofía a martillazos”, recuperás la frase de Richard Rorty de que “hacer filosofía es rascarse donde no pica”. ¿Dónde creés que no pica hoy? ¿Cuáles son esos temas contemporáneos que no aparecen en la agenda de los medios y que deberíamos rascar?

-Yo creo que falta tener lecturas sobre la realidad que no estén insertas en lo propio de un mundo mediático, en los temas que son como picadoras de carne y que se los procesa más al arbitrio de la necesidad propia. Hay una matriz que responde más bien a la lógica de las redes. Sumale a eso la exaltación permanente del estado de ánimo, cualquier situación se vuelve propicia para un indignacionismo colectivo. Y todo eso responde más al tema de un consumo propio del mundo en el que vivimos, donde se pierden todos los matices que tiene cualquier aspecto de la existencia. Entonces, para recuperar esos matices, que son los matices propios de un ser humano que vive desde su finitud, en su perplejidad, en los procesos propios de un pensamiento que hace que uno dude, que uno pueda tomar partido pero también cuestionarse a sí mismo, pueda correrse de la idea de que uno siempre tiene la razón y poder realmente escuchar al otro, para eso, me parece que hace falta desconectarse del abrumamiento que se produce tecnológicamente a partir de todas los artefactos de los que hablamos. Ahí la filosofía, el arte, las ciencias sociales proponen distintas instancias que posibilitan una lectura distinta. Lo que pasa que, para la lógica de la inmediatez, sería rascarse donde no pica, porque sería o perder el tiempo o no resolver con la urgencia que se supone que hay que resolver las cosas. Pero me parece que esa toma de distancia, de distancia crítica, esa posibilidad de darle tiempo a las cosas para pensarla en todas sus dimensiones termina dándonos una mayor posibilidad de encarar cualquier tema de un modo más argumentado.

-¿Los feminismos y ecologismos forman parte de esos movimientos que han posibilitado lecturas sobre la realidad distintas y críticas, deconstruyendo el sentido común?

-Pienso que en ambos es donde mejor se plasma la idea de la otredad, de la alteridad, porque nos hacen chocar contra una invisibilización histórica que es la de un otro, que siempre fue construido de modo funcional a lo que el sentido común necesitaba, ocultando el carácter discriminatorio, asimétrico, jerárquico en el que se lo colocaba. O sea, el lugar de la mujer en relación con los varones en una sociedad patriarcal y el lugar de la naturaleza históricamente diseñada como un reservorio de recursos para que el ser humano despliegue su dominio. Algo que se puede rastrear tanto en el pensamiento bíblico como en algunos desarrollos de la cultura grecorromana. Pero tanto los feminismos como los distintos ecologismos lo que nos permiten es justamente una lectura muy discontinua de ese sentido común, porque revelan cómo ese otro fue históricamente dejado de lado. Y al mismo tiempo me parece que hay otro rasgo fundamental y es que en ambos casos se plantea una nueva forma de pensar lo político, muy distinta a las formas tradicionales. Se revela, para mí, esta idea foucaultiana de cómo el poder en nuestros tiempos, biopolíticamente, lo que ejerce es un control a partir del disciplinamiento de nuestras prácticas cotidianas.

-¿Por ejemplo?

-La normalización se ve en cómo se sientan en una mesa los integrantes de una familia el domingo al mediodía. Ahí se juega mucho más lo político de lo que uno cree. Sobre todo porque los intentos denodados del sentido común son por demostrar que en una mesa un domingo no se da ningún efecto de poder y no solo no se juega lo político, sino que es fundamental no politizar esa mesa, como si esa mesa no tuviese ya por default a priori un tipo de estructuración política. Con nuestra relación con la naturaleza, en términos ecologistas sucede lo mismo. Pensar que comer es solo un hecho natural y que no se nos juega otra cosa que un sistema de causa y efecto me parece que también obnubila el lugar de la industria alimentaria, con todo lo que de alguna manera esa industria decide y ejerce en sus formas de disciplinamiento sobre nuestros cuerpos. Venimos comiendo de todo menos comida hace rato. Y eso también tiene que ver con un modelo de rendimiento corporal, esta famosa idea del cuerpo hegemónico.

-¿Ves que algún otro movimiento esté planteando revoluciones en el sentido de cambio del status quo o nuevas formas de pensar lo político?

-Me parece que los feministas y ecologistas son los dos grandes movimientos que hoy de alguna manera ratifican esta idea feminista de que lo personal es político. Porque, en ambos casos, lo que más se quiere mostrar es que las relaciones de poder se juegan en las instancias más domésticas y personales de la vida cotidiana. Además de las grandes gestas que puede traer el ecologismo, uno de sus objetivos centrales es mostrar que el modo en que disponemos nuestra cocina, nuestra comida cotidiana, es un modo que no está exento de los efectos de poder, que no está exento del control social. Digamos que se nos juega justamente nuestra libertad en esas cuestiones bien de lo que tradicionalmente se llaman el mundo de lo personal, que es cómo comemos, cómo amamos, cómo nos relacionamos con nuestro tiempo, con nuestra familia y con nuestro hogar. El hogar se manifiesta justamente no como una zona neutral, sino una zona conflictiva, lo que pasa es que siempre se intentó escindir lo doméstico de lo público, haciendo del hogar un lugar absolutamente apolítico.

-A raíz de la pandemia y la sobreexplotación de la naturaleza, se viene instalando una narrativa de la catástrofe. El cine, la literatura, el teatro vienen contándonos desde hace tiempo diversas distopías y mundos apocalípticos. ¿Es un momento sin utopías?

-Creo que una cosa no necesariamente lleva a la otra, creo que es cierto que las narrativas apocalípticas están más de punta que nunca y que tienen una argumentación racional que tiene que ver con el momento histórico que vive un planeta. Por primera vez en la historia misma de nuestra vida en la Tierra, nunca la incidencia del ser humano en cuestiones más bien geológicas había sido tan determinante como ahora. Algunos autores llaman teoría del Antropoceno para referirse a que hay transformaciones geológicas producto de la influencia del ser humano sobre la tierra que ya no tienen retorno. Entonces, eso es una novedad y marca no sé si una colapsología, pero sí una instancia novedosa acerca de cuál es el devenir de un planeta cada vez más agotado, cada vez más explotado. En términos ecológicos, eso me parece una realidad que hace que obviamente afloren teorías más bien apocalípticas. Después, eso no implica para mí de ningún modo el abatimiento de las utopías. Yo diría al revés: en una instancia tan terminal, con una naturaleza cada vez más devastada, resulta más necesario que nunca recuperar el pensamiento utópico, pero que no sea un pensamiento que por utópico se vuelva de un romanticismo paralizante o impotente. Creo que la pregunta es: hoy, frente a una realidad como esta, ¿por dónde pasa la práctica utópica concreta? Y ahí vuelvo a la pregunta anterior. Me parece que por ahí en vez de pensar en grandes movimientos revolucionarios, se puede pensar en una práctica revolucionaria cotidiana donde ciertas transformaciones en nuestro modo de vida pueden ser el inicio de un cambio.

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