Opinión

De la grieta al diálogo y la reconciliación

por Guillermo Villarreal

La Iglesia intenta cerrar la grieta que se abrió durante los doce años del kirchnerismo, y que el macrismo no contribuye a achicar. Por eso los obispos aspiran a que el Gobierno promueva espacios de diálogo a favor de una reconciliación sincera de esas “heridas” recientes y también de las abiertas durante la dictadura.

Tanto el papa Francisco en su telegrama al presidente Mauricio Macri, como cada uno de los obispos en sus reflexiones por el 25 de Mayo, incluyeron un pedido coincidente: reconciliación, fraternidad, cultura del encuentro, unidad nacional.

Los obispos advirtieron que el concepto amplio de reconciliación que proponen no termina de calar en la sociedad argentina, además de encontrar fuerte rechazo en las organizaciones de derechos humanos que lo interpretan como un camino que conduce al olvido, la falta de justicia y la impunidad.

No en vano, los máximos referentes eclesiásticos debieron salir a puntualizar cuál es la proyección social y política que tiene el concepto religioso de reconciliación, y abogaron para que la Argentina del bicentenario se encamine a ese reencuentro de “hermanos” largamente esperado, tras décadas de divisiones en bandos “irreconciliables”.

“Muchas deudas tenemos los argentinos, entre ellas la reconciliación, que nos habla de una actitud que no es borrón y cuenta nueva. La Justicia tiene que actuar, pero la reconciliación es una actitud superadora. Los argentinos nos debemos tiempos, diálogos, encuentro, más allá de la diversidad, la diversidad cuando es auténtica enriquece la unidad”, planteó el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor José María Arancedo.

“La excesiva ideología produce enfrentamiento y división. Todavía el pasado tiene demasiado peso. La reconciliación sigue siendo una deuda. Y no me refiero sólo a lo que pasó hace 40 años, sino a lo que se llama ‘la grieta’. Esa brecha hay que cerrarla, a través del entendimiento, el diálogo y el consenso”, abundó monseñor Jorge Casaretto, miembro de la Pastoral Social.

La única voz disonante y en solitario fue la del arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer. El prelado platense dijo en el Te Deum que “la política de memoria, verdad y justicia” es una manera “pomposa” de llamar “al rencor y a la venganza”, cuestionó la “manipulación” jurídica que se hace del término lesa humanidad, y consideró que el país “necesita paz, olvido, borrón y cuenta nueva”.

En cambio, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, esbozó la esencia del reclamo de la Iglesia, al sostener en un video que “reconciliación no quiere decir impunidad” y aseverar que si hubo delitos, la Justicia tiene que “castigarlos”.

El prelado subrayó que reconciliación quiere decir “recomponer el vínculo” a partir de un punto de acuerdo, y consideró que ese punto de acuerdo debe ser que el otro -el adversario político, el que piensa distinto y hasta el enemigo- tiene la misma dignidad y los mismos derechos.

En esa línea conceptual, Buenanueva aseguró que se necesitan más gestos de reconciliación como los del papa Francisco, que “le tendió la mano a muchos que en su momento lo trataron, no mal, sino muy mal”.

El gesto de recibir en la Casa Santa Marta del Vaticano a la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, se inscribe en esa “cultura del encuentro” que es casi una obsesión del pontífice argentino.

No hay que buscarle una lectura política entre líneas, aunque la tenga. Es un gesto concreto de misericordia -tal como él mismo lo ha dicho- hacia una mujer a la que “le mataron a los hijos” durante los años de plomo, muerte y desaparición de personas en la Argentina.

Hechos más que palabras del pontífice que dejan atrás las expresiones de Bonafini, que supo ser la militante que más abiertamente acusó a Jorge Bergoglio, y a la Iglesia, de ser “cómplice” de la atroz dictadura militar.

Este reencuentro entre dos ciudadanos que piensan muy distintos es todo un símbolo. Y debería ser un ejemplo a imitar por la clase dirigente argentina que dice querer alcanzar la unidad en la diversidad, pero poco hace -afirman los obispos- para saldar la deuda del desencuentro en el país de las enemistades, las grietas y las divisiones permanentes.

DyN.

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