Pasaron ya cuatro décadas del brutal secuestro, extorsión y asesinato del comerciante y patinador Pedro Alberto “Tito” Ferrero. Un hecho escalofriante en el centro mismo de Mar del Plata y del que también fue víctima la anciana madre. Los condenados fueron tres motoristas de Tránsito de la Municipalidad.
Por Fernando del Rio
Pedro “Tito” Ferrero lucía en sus 48 años una prodigiosa condición física fruto de su participación en las competencias de veteranos del patín carrera marplatense. Era aficionado a una actividad que allá por los ’80 estaba en pleno apogeo y por eso, tener de socio en la disquería “Éxito Musical” al querido Hugo “Bocha” Ibarguren significaba motivo de orgullo y admiración. No muchos podían jactarse de compartir el día a día con el primer campeón mundial del deporte que se amaba.
Todavía persistían destellos de la temporada de verano en Mar del Plata durante aquel mediodía del 5 de marzo de 1986 y no era de extrañar que los turistas se detuvieran frente a la vidriera del local de Yrigoyen casi San Martín. Y que algunos ingresaran a revisar las bateas en busca de las novedades en casettes o en discos de vinilo. Sin embargo, los dos hombres que entraron no parecían serlo. Más bien daban la impresión de ser inspectores municipales.
—Buen día, ¿se encuentra el señor Ferrero? —preguntó uno de los dos con elegante saco, camisa y unas carpetas en sus manos.
Daniel era un joven que trabajaba en la disquería y que ni siquiera llegó a responder porque Ferrero, que estaba en la oficina del fondo, se asomó al escuchar su apellido. Ibarguren, hablaba con un distribuidor de discos de apellido López y vio a Ferrero hacer una mueca de desconfianza.
—Sí, ¿qué necesitan? —dijo Ferrero.
Uno de los hombres entonces se le acercó y le pidió que llamara de urgencia a su madre, Antonina García de Ferrero, quien estaba en la casa de La Pampa 2275. “Tito” Ferrero regresó a la oficina hizo el llamado.
—Mamá, ¿está todo bien?
—Si no querés que le pase nada a tu vieja, hacé caso a lo que te dicen —escuchó decir una a voz masculina.
Ferrero regresó al salón de la disquería y uno de los bien vestidos hombres le sugirió por medio de un ademán que salieran. Con evidente preocupación en su rostro Ferrero avisó a Ibarguren que debía ausentarse y escoltado por los dos hombres salió por Yrigoyen hasta un Fiat 128 color celeste estacionado. Las personas que acertaban pasar a metros de la Municipalidad se cruzaron con los tres, pero no prestaron demasiada atención.
Había un plan delictivo en marcha y continuaba su desarrollo sin contratiempos. No se había iniciado dentro de la disquería, sino en la casa de la calle La Pampa, una hora antes, donde los dos hombres bien vestidos y un tercer cómplice habían aplaudido las manos desde la vereda. La mujer de 72 años se había asomado y preguntado qué deseaban y los tres le habían asegurado que llevaban una encomienda para su hijo Pedro Alberto Ferrero. La mujer, sin descreer lo que le decían, les había abierto la puerta.
Su madre acababa de ser secuestrada y lo que estaba sufriendo era una extorsión. Por eso había salido de la disquería a paso apresurado en busca de más instrucciones que los hombres bien vestidos tenían previsto darle afuera.
—Subite en el asiento de adelante y no hagas nada raro—le dijo Carlos Fernández, a quien Ferrero le veía alguna familiaridad en su rostro.
El otro hombre bien vestido, Pablo Fasciolo, se sentó en el asiento trasero del Fiat 128 y los tres partieron hasta el Banco Popular Argentino, ubicado en Independencia y San Martín, a solo cuatro cuadras. Al llegar bajaron sólo Fasciolo y Ferrero.
Si todo marchaba bien, los secuestradores debían obtener dinero y liberar a Ferrero y a su madre. Era una maniobra delictiva que años más tarde, con el auge de los cajeros automáticos, se conocería como “secuestro exprés”. Nada debía salir mal. Lo único que tenía que hacer Ferrero era entrar al banco, hacer una extracción y entregar los billetes a los hombres bien vestidos. Eso desencadenaría su liberación, la liberación de su madre y el final de la historia.
Ferrero, de camino a la caja, hizo un vano y último intento por convencer a Fasciolo de que no tenía esa cantidad de dinero que le estaban pidiendo. Sólo recibió como respuesta un movimiento de cabeza que significó “dale, seguí caminando”. Ya frente al mostrador exigió que de su cuenta le dieran un monto nunca confirmado, presumiblemente próximo a los 3.000 australes. En 1986 con ese dinero se podían comprar 3.333 dólares, que, ajustados por inflación y poder adquisitivo, serían casi 10.000 de 2026. Al cajero le causó sorpresa la suma y pidió hacer una consulta contable. Un par de minutos después, le informó a Ferrero lo que él ya sabía: que en esa cuenta no disponía de fondos.
Sin querer despertar sospechas con algún comportamiento nervioso, Fasciolo le pidió a Ferrero regresar al Fiat 128 y allí hablaron con Fernández sobre el contratiempo. Fernández decidió entonces que Ferrero le emitiera un cheque por una suma menor, 1.000 australes, bajando así las pretensiones de la extorsión. Pero tampoco funcionó esa estrategia: el cajero volvió a rechazar cualquier posibilidad de extraer dinero. Y entonces la suerte de Ferrero pasó a estar echada.
Esa familiaridad que Ferrero había hallado en el rostro de Fernández, y también en el de Fasciolo, tenía una explicación. Los dos secuestradores, junto con el cómplice que retenía a la madre de Ferrero y que se llamaba Carlos Rolón, eran inspectores de tránsito. Los entonces llamados “Zorros Grises”. En realidad, Fernández hacía poco que había dejado de serlo. Se dedicaban no solo a labrar infracciones, sino también a vender en todo el centro de la ciudad las tarjetas de estacionamiento, motivo por el cual Ferrero tenía una vaga idea fisonómica de quiénes eran. También había otro detalle que hoy el decoro y la integridad periodística recomiendan mantener en el olvido (cierta cuestión de la intimidad de las personas que no involucraba a Ferrero pero que él conocía) y que abona esa idea de que los “tenía” de algún lado. En especial a Fasciolo.
Fernández -que al igual que Fasciolo estaba armado- volvió a tomar el volante del Fiat 128 y se dirigió hacia el sur, aunque antes se detuvo en la estación de servicio de Santiago del Estero y Roca. Desde allí, Ferrero llamó por teléfono a Ibarguren y le dijo que no contara con él por un rato, que iba a tardar. Ibarguren, sospechando algún problema, dio aviso a la policía que inició actuaciones por averiguación de paradero, aunque era muy pronto para iniciar las tareas de búsqueda.
El Fiat 128 con sus tres ocupantes siguió por Juan B. Justo hasta Martínez de Hoz, pasó Punta Mogotes, el Faro y llegó hasta la ruta 11 para continuar la marcha hacia la zona de acantilados. A la altura de la playa La Paloma, a 28 kilómetros de Mar del Plata, sucedió algo cuyas circunstancias no pudieron confirmarse en grado de certeza. Sin embargo, se cree que Ferrero se arrojó del auto y luego corrió hacia un monte donde fue alcanzado por uno o por los dos secuestradores. Una vez ahí lo sometieron a una golpiza que terminó cuando su cabeza fue impactada con un trozo de hormigón de 40 kilogramos del que “salía, a tipo de manija, un hierro de fino calibre”. La muerte fue instantánea por estallido de cráneo y en la autopsia se habría de determinar que tenía un solo golpe mortal en el occipital derecho y múltiples lesiones leves en las manos y en dorso de ambos brazos, inferidas en actitud defensiva. También se acreditó que Ferrero había sido asesinado en “el lugar en el que se hallara su cadáver, porque de haber sido herido en sitio distante las ropas que vestía deberían presentar múltiples manchas de sangre y el terreno sobre el que caminara o corriera descalzo presentaría a la vez muestras de tejido hemático”.
Mientras se consumaba el brutal asesinato de Ferrero, su madre recuperaba la libertad por una suerte de confusión: en tiempos de comunicaciones algo lentas, Rolón entendió que sus cómplices habían ya cobrado el dinero y se retiró de la casa La Pampa al 2200. Eso era lo que se había establecido previamente, porque nadie imaginaba que las cosas podían salir mal.
El cuerpo de Ferrero fue hallado horas más tarde, a las 16.30, por personal de la comisaría quinta. Estaba descalzo y su cabeza apoyada sobre la misma piedra con la que le habían dado muerte.
La ciudad se conmovió por el crimen. Ferrero no era solo un aficionado al patín carrera, sino que era muy conocido en algunos otros ámbitos, incluso el de los medios de comunicación, ya que había trabajado junto a Ibarguren en la discoteca de Lu9 Radio Mar del Plata. También se dedicaba al servicio de audio y producción musical en eventos sociales. Tenía por entonces un hijo y estaba casado.
El caso le fue asignado al juez Carlos Haller y al fiscal Reynaldo Fortunato, mientras que toda la policía se puso al frente de la investigación. La Brigada de Investigaciones estaba comandada entonces por Ramón Noguera, quien designó a Juan José Arteaga para seguir las pistas que habían dejado los asesinos y a quienes se los ignoraba por completo. Arteaga comenzaría así una reputada carrera como investigador de homicidios.
Lo primero que hizo el detective Arteaga fue reunir a sus dos compañeros de más confianza, Julio César Flamenco y Miguel Ángel Párraga.
—Vamos al velorio a parar la oreja.
En la sala fúnebre, Arteaga mantuvo una charla con Ibarguren, pero no sacó nada en claro. Debían salir a la calle a buscar alguna pista porque se ignoraba por completo qué había hecho Ferrero tras dejar la disquería.
El único dato que los policías obtuvieron llegó horas más tarde y sería clave en unos días: el distribuidor de discos López hizo un dictado de rostro de uno de los hombres bien vestidos y cuando el dibujante se lo mostró dijo que era “igual”.
Muchas veces el éxito de una investigación depende de la suerte, esa variable que no se encuentra encerrado en una oficina sino caminando la ciudad, observando, anotando. Quiso el destino que un reclamo por un hecho menor lo llevara a Arteaga hasta el barrio Centenario y que alguien le hablara sobre un problema de relación con un “zorro gris”. Arteaga, por intuición sabuesa y recordando que el distribuidor López había dicho en su declaración que “parecían municipales”, dejó de prestar atención en el reclamo del momento, fue al auto, trajo el identikit y lo mostró. El joven con el que hablaba no dudó en señalar que era ese el “zorro gris” y le señaló el departamento donde vivía. Se trataba de Fernández.
Lo siguiente fue confrontarlo, sacarle de mentiras verdades. Arteaga se presentó como policía y actuó su papel a la perfección:
—Te soy sincero. Me mandan de arriba para solucionarte este problema, pero me tenés que contar todo…
Fernández confió y habló. El castillo protector de naipes se derrumbó en minutos. Se supo de Rolón y de Fasciolo. En menos de una semana el caso estaba resuelto. Se pudo llegar hasta el vehículo Fiat 128 que estaba oculto en la casa de la madre de Fernández y al que le habían hecho un intento de repintado azul con esmalte en aerosol. También se le había quitado la pana de uno de los asientos por una razón muy clara: había rastros de sangre.
Cuando Fasciolo fue detenido se constató que tenía una herida de bala en un glúteo. Los tres confesaron el secuestro y crimen de Ferrero, aunque con diferentes versiones sobre la mecánica de la muerte. Según Fasciolo, cuando el Fiat bajó la velocidad para detenerse, Ferrero abrió la puerta, se arrojó y empezó a correr por la ruta hasta que fue alcanzado y golpeado por él y por Fernández. Que cuando estaban regresando al Fiat, Ferrero volvió a escaparse y que corrió a gran velocidad hasta que se tropezó, cayó al suelo y se golpeó con algo.
Fernández, en cambio, dijo que Fasciolo metió a Ferrero en el monte después del intento de fuga y que al salir le comentó que lo había tenido que golpear “y que lo había dejado lastimado”.
El 7 de agosto de 1987, el juez Haller condenó a Fasciolo y a Fernández a reclusión perpetua, y a Rolón a seis años de prisión solo por retención indebida de personas, sin responsabilidad en la muerte de Ferrero. La pena fue confirmada por la Sala 1 de la Cámara de Apelaciones el 31 de agosto de 1990, pero el 14 de diciembre de 1993, la Suprema Corte la anuló al detectar un problema de competencia con la Justicia Federal.
Solo 8 años después del crimen, el 11 de enero de 1994, Fasciolo y Fernández fueron excarcelados, y estuvieron en libertad hasta que el 14 de julio de 1999 la Corte nacional confirmó la pena y ambos debieron volver a prisión, donde completaron la pena y salieron en libertad condicional.