Dos crímenes y un mismo patrón: cómo cayó el “Negro Jhony”, condenado por asesinar a dos jubiladas
Las muertes de María Angélica Rossi y Elizabeth Othondo, ocurridas con pocas semanas de diferencia, revelaron un mismo modus operandi: robos violentos dentro de las viviendas y focos de incendio para intentar borrar las huellas. La investigación logró unir ambas escenas y llevó a la condena a prisión perpetua de Jonathan Darío Cáceres, el techista que había trabajado previamente en las casas de las víctimas.
Por Germán Ronchi
Dos escenas separadas por casi un mes, entre mayo y junio de 2023, dos mujeres mayores asesinadas en sus propias casas y un mismo patrón criminal: robo, violencia y fuego como intento final de borrar las huellas. Dos casos sobrados de pruebas incriminatorias.
Tanto como los cabos sueltos que fueron formando un círculo alrededor de Jonathan Darío Cáceres, quien este viernes fue condenado a prisión perpetua por los homicidios doblemente agravados de María Angélica Rossi (77) y Elizabeth Othondo (81).
Más conocido como el “Negro Jhony”, el condenado se desempeñaba como peón de techista y había integrado cuadrillas que realizaron trabajos de construcción en las casas de las víctimas.
Ese acceso previo al ámbito doméstico resultó clave en la investigación ya que le permitió conocer la disposición interna de las viviendas y los accesos.
Entonces, la reconstrucción que hicieron los investigadores y que luego quedó plasmada en la sentencia a la que tuvo acceso LA CAPITAL logró establecer que el acusado ya había ingresado a sus viviendas por motivos laborales.
La huella que sobrevivió al incendio
El primer crimen ocurrió el 5 de mayo de 2023 en el Bosque Peralta Ramos. En la casa de Rossi, el incendio posterior al ataque destruyó gran parte de la vivienda y dejó el cuerpo de la mujer gravemente dañado por las llamas.
Pero en medio de esa escena devastada apareció una prueba que el fuego no logró borrar: sobre el piso de la cocina, entre hollín y restos de papel quemado, quedó impresa en sangre la huella de una zapatilla deportiva. La impronta fue reconstruida digitalmente por especialistas que compararon el diseño con bases de datos de suelas comerciales.
El resultado fue concluyente: marca Fila, modelo Trend. Semanas después, durante un procedimiento en un hospedaje de La Pampa al 1300, donde se alojaba Cáceres, la policía secuestró un par de zapatillas idénticas.
La huella dejaba de ser una sospecha técnica para transformarse en una de las piezas más contundentes de la acusación. Pero la conclusión de esa pericia tardó más de un mes. Es decir, después del segundo crimen.
Segundo crimen
El 2 de junio de 2023, Elizabeth Othondo fue interceptada en el patio de su casa del barrio San José cuando estaba por salir rumbo a su clase de inglés. El agresor la obligó a volver a entrar a la vivienda, la golpeó con brutalidad y buscó dinero y objetos de valor.
La autopsia determinaría luego que la víctima murió a causa de una laceración cerebral producto de los golpes.
Antes de escapar, el atacante repitió el mismo ritual que en el crimen anterior: abrió hornallas de gas y encendió varios focos de incendio en la vivienda. El objetivo era claro: destruir evidencias.

Los jueces Federico Cecchi, Roberto Falcone y Alexis Simaz.
La unión entre ambos casos
El fiscal Leandro Arévalo avanzó entonces sobre un dato que coincidía con la causa anterior: tiempo atrás también había trabajado un techista en la casa de Othondo.
Entre sus ayudantes figuraba Cáceres. A partir de ese momento, ambas investigaciones comenzaron a nutrirse entre sí.
En el expediente por el crimen de Rossi, la fiscal Florencia Salas ya había determinado que el teléfono robado a la víctima se activó la noche del asesinato en antenas del macrocentro marplatense. Esas mismas antenas coincidían con la zona donde se encontraba el hospedaje en el que vivía el sospechoso.
Había más. Un video aportado por el propio techista lo mostraba a Cáceres el 6 de mayo, un día después del asesinato de Rossi, con una herida sangrante en la mano mientras decía que no podría trabajar.
En la casa del Bosque Peralta Ramos, los peritos habían detectado un goteo de sangre cuya morfología no correspondía a la víctima, un indicio que terminaría encajando con esa lesión.
Cámaras, teléfonos y objetos robados
La investigación también incorporó registros de cámaras de seguridad que ubicaban a Cáceres en las inmediaciones de la casa de Othondo el día del crimen, en el mismo momento en que comenzaba a salir humo de la vivienda incendiada.
El análisis del material mostró una secuencia reveladora: a las 05:50 se enciende una luz en el fondo de la vivienda de la víctima durante cinco minutos; entre 06:05 y 06:44, la misma luz se enciende y apaga en varias oportunidades; y ya a las 11:01 se observa la primera bocanada de humo saliendo de la casa. Y 40 segundos después Cáceres aparece caminando por la zona, mientras que otra cámara de la zona lo registra con una bolsa en la que llevaba un objeto compatible con la notebook sustraída.
La coincidencia temporal entre la salida del humo de la vivienda incendiada y el paso del acusado fue considerada por el tribunal como un indicio directo de presencia en el lugar del crimen. Además, el propio imputado reconoció durante el juicio que era él quien aparecía en esas imágenes.
El posterior análisis del celular del acusado aportó datos relevantes en ambos casos: una búsqueda, por morbo, perversión o trastorno pudo cambiar el móvil de los asesinatos. Cáceres realizó búsquedas en páginas pornográficas como “abuela argentina goza como perra” o “abuela obligada”, mientras aguardaba la salida de Othondo.
Sin embargo, en la sentencia no fue valorada la hipótesis de abusos porque el cuerpo de Rossi fue incinerado, mientras que en el de Elizabeth no hubo signos de violencia sexual y estaba vestida.

La fiscal María Florencia Salas llevó adelante la investigación.
Además, pocas horas después del homicidio realizó búsquedas en internet para conocer el precio de algunos de los objetos robados, entre ellos un reloj Tissot y una computadora Apple MacBook sustraídos.
Para los investigadores, esas consultas evidenciaban la intención de calcular el valor de reventa de los elementos sustraídos.
El recorrido de las computadoras
El destino de las pertenencias robadas también terminó reforzando la acusación. La computadora de Rossi apareció días después en manos de una mujer que la había recibido como regalo. Su marido la había comprado en el centro de la ciudad. Al encenderla, el nombre y las fotos de la víctima seguían almacenados en el equipo.
La mujer logró ubicar a la familia a través de redes sociales y entregó la computadora a los investigadores.
Horas más tarde, un allanamiento al vendedor permitió recuperar también la laptop robada en la casa de Othondo. Ambas habían sido entregadas por Cáceres a un reducidor.
Entre los objetos también se identificaron calcomanías características, una con la inscripción “C.U.5F” y otra de la marca Independent Truck Company, que fueron reconocidas por familiares de la víctima, ya que una de ellas fue guardada como un “tesoro” para Othondo, dado que pertenecía a su hijo, a quien en octubre del 2018 encontró muerto.
Antecedentes y condena
Cuando fue detenido, Cáceres ya tenía antecedentes por robos violentos contra mujeres mayores. Había cumplido una condena de siete años de prisión y había recuperado la libertad en 2021. Con ambas causas acumuladas, volvió a quedar alojado en la Unidad Penal de Batán.
En este caso, además, la causa estuvo marcada por una sucesión de errores del propio acusado: la huella de zapatilla que el fuego no pudo borrar, su presencia previa como trabajador en ambas casas, el uso del teléfono cerca de su domicilio, la venta de los objetos robados en el mismo circuito y la preservación de ropa en la que se halló ADN de las víctimas.
Cada uno de esos cabos sueltos fue cerrando el círculo que terminó con la condena a prisión perpetua para el “Negro Jhony”.
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