Durante semanas ambos simularon ser puesteros comunes en una feria de la avenida Luro al 3300, pero una investigación reveló que comercializaban droga al menudeo. Uno acabó condenado y el otro aún no fue juzgado por su estado de salud.
Los dos hermanos parecían ser simples comerciantes de una feria céntrica, instalados en un local de lencería sobre la avenida Luro al 3300. Y en parte lo eran, aunque no de los que trabajan dentro del marco de la ley… Es que lo que vendían no eran bombachas ni corpiños, sino droga. Por eso, mientras el resto de los puesteros veía a sus clientes retirarse con bolsas, quienes pasaban por ese local se iban con pequeños envoltorios sospechosos tras permanecer apenas unos minutos en el lugar.
Entre abril y mayo de 2024 la escena se repitió durante semanas sin mayores sobresaltos. Personas que ingresaban como cualquier comprador, intercambiaban unas palabras y se retiraban rápidamente, sin rastros de una operación comercial tradicional. Según se acreditó en la investigación, las transacciones eran directas: dinero a cambio de dosis de cocaína, en movimientos breves y discretos que se confundían con la dinámica habitual de la feria.
La sospecha comenzó a tomar forma a partir de una denuncia que alertaba sobre la posible venta de estupefacientes en ese punto céntrico. A partir de allí, se desplegaron tareas de vigilancia encubierta que permitieron observar el flujo constante de visitantes y la modalidad de las maniobras.
En ese contexto, uno de los procedimientos resultó determinante: los investigadores interceptaron a un hombre que acababa de salir del local y, al requisarlo, hallaron entre sus pertenencias un envoltorio con cocaína, compatible con las características de las dosis que se comercializaban en el lugar. Ese episodio funcionó como prueba directa de la operatoria y reforzó las observaciones previas realizadas durante las tareas de seguimiento.
Con el avance de la investigación, los agentes reconstruyeron un esquema sostenido en el tiempo. No se trataba de episodios aislados, sino de una operatoria reiterada de venta al menudeo, favorecida por la ubicación del comercio y el movimiento permanente de la zona. El local funcionaba como una fachada eficaz: la actividad visible encubría lo que ocurría puertas adentro.
El 23 de mayo de 2024, alrededor de las 9.20, la maniobra quedó expuesta. Un allanamiento ordenado por la Fiscalía de Estupefacientes en el puesto de lencería permitió secuestrar más de 30 gramos de cocaína distribuidos en envoltorios, dinero en efectivo y teléfonos celulares, elementos que consolidaron la prueba reunida durante las semanas previas.
A partir de ese procedimiento, los investigadores avanzaron con la causa hacia un juicio abreviado en el que el magistrado Alexis Simaz terminó por condenar a Sebastián Raúl Sanders, de 48 años, a cuatro años de prisión, tras considerarlo responsable del delito de comercio de narcóticos. En la resolución, el integrante del Tribunal Oral N° 2 valoró especialmente la reiteración de las operaciones y el uso del local como pantalla, una combinación que permitió sostener la actividad sin ser detectada a simple vista.
En tanto, el otro imputado, Claudio Damián Sanders, también fue señalado como partícipe de las maniobras, aunque no fue juzgado en esta instancia debido a que se analiza si está en condiciones físicas y mentales de afrontar un proceso judicial. Su situación procesal quedará sujeta a esa evaluación.
La sentencia dispuso además el decomiso de los elementos utilizados en la actividad ilícita y la destrucción de la droga incautada una vez que el fallo quede firme, y la imposición de una multa de 3.375.000 pesos. El caso dejó al descubierto cómo, en un espacio cotidiano y a la vista de todos, un local de lencería céntrico funcionó como punto de venta de cocaína bajo una modalidad discreta, repetida y difícil de advertir sin una investigación previa.