La impronta ensangrentada de una zapatilla que sobrevivió al incendio en la casa de María Angélica Rossi se convirtió en la pieza clave para acusar a Jonathan Darío Cáceres, quien un mes después asesinó a otra mujer, Elizabet Othondo con el mismo modus operandi. El lunes, la causa será elevada a juicio.
Con antecedentes por asaltos violentos a personas mayores, Jonathan Darío Cáceres permanece detenido en la Unidad Penal 44 de Batán desde el 2023 y será juzgado el próximo lunes por los crímenes de María Angélica Rossi (77), ocurrido en el Bosque Peralta Ramos, y Elizabet Othondo (81), un mes después.
El debate oral que estará a cargo del Tribunal Oral en lo Criminal Nº2, con los jueces Alexis Simaz, Roberto Falcone (h) y Federico Cecchi pondrá bajo análisis la acusación formulada por la fiscal María Florencia Salas, quien lo imputó por homicidio triplemente agravado y homicidio cuádruplemente agravado, delitos que contemplan la pena de prisión perpetua.
Dicen que un asesino serial es aquel que convierte el crimen en método y la violencia en rutina. En Mar del Plata, esa sombra comenzó a insinuarse entre mayo y junio de 2023, cuando María Angélica Rossi (77) y Elizabet Othondo (81) fueron asaltadas y atacadas en sus casas, golpeadas hasta morir y luego envueltas en llamas, como si el fuego pudiera borrar la repetición.
Dos escenas, un mismo patrón: robo, brutalidad, hornallas abiertas, incendios múltiples. Y en el centro de esa trama, un exconvicto que empezó a aparecer con fuerza a medida que se sumaba la prueba: Jonathan Darío Cáceres.
El acceso previo al ámbito doméstico en ambas viviendas -según sostienen las investigaciones- estuvo vinculado a trabajos de construcción: Cáceres se desempeñaba como peón de techista y había integrado cuadrillas que realizaron tareas en las casas de Rossi y Othondo, en distintos momentos.
El haber ingresado previamente a los domicilios por razones laborales le permitió al “Negro Jhony”conocer la disposición interna, los accesos y, en el caso de Rossi, incluso información sensible como su inminente viaje a Estados Unidos.
Una huella de zapatilla
El 5 de mayo de 2023, sobre el piso de la cocina de la casa del Bosque Peralta Ramos, una capa de hollín y restos de papel quemado ocultaba la verdad. El incendio había devorado muebles, paredes y casi por completo el cuerpo de María Angélica Rossi. Pero en medio de esa escena devastada, hubo algo que el fuego no logró borrar: impresa en sangre, quedó la huella nítida de una zapatilla deportiva. Involuntaria, brutal en su elocuencia, el paso de las semanas la transformaría en una de las pruebas centrales de la acusación. La impronta fue reconstruida digitalmente por un equipo especializado con sede en Ushuaia, que la comparó con bases de datos de suelas comerciales. El resultado tardó más de un mes, pero fue concluyente: marca Fila, modelo Trend.
Semanas después, en un hospedaje de La Pampa al 1300, la policía secuestró un par de zapatillas idénticas en la habitación de Cáceres, la huella dejó de ser una sospecha técnica para convertirse en acusación concreta.
Para entonces ya había otra escena, otro incendio, otra anciana asesinada. Porque el 2 de junio, Othondo fue interceptada en el patio de su casa del barrio San José cuando se disponía a salir hacia su clase de inglés. El ladrón la obligó a entrar, la golpeó con brutalidad, buscó dinero y joyas. Antes de huir repitió el ritual: varios focos de incendio, hornallas abiertas, fuego como intento de borrón final. La autopsia habló de laceración cerebral; las llamas, otra vez, habían llegado después.
El fiscal Leandro Arévalo avanzó sobre un dato que coincidía con la causa anterior: tiempo atrás también había trabajado un techista en esa casa. Y entre sus ayudantes figuraba Cáceres.
Las dos investigaciones comenzaron a nutrirse entre sí. En la causa de Rossi, la fiscal Salas ya sabía que el teléfono robado a la víctima se había activado la noche del crimen en antenas del macrocentro marplatense. Esas mismas antenas que impactaban, de manera intercalada, en el hospedaje donde fue detenido Cáceres.
Había más. Un video aportado por el techista mostraba a Cáceres el 6 de mayo -un día después del asesinato de Rossi- exhibiendo una herida sangrante en la mano y diciendo que no podría trabajar.
En la casa del Bosque, los peritos habían hallado un goteo de sangre cuya morfología no correspondía a la víctima. La lesión encajaba como otra pieza del rompecabezas.
Y aún faltaba el destino de las computadoras robadas. La de Rossi apareció días después en manos de una mujer que la había recibido como regalo. Su marido la había comprado en el centro. Al encenderla, el nombre y las fotos de María Angélica Rossi seguían allí. La mujer buscó a la familia por redes sociales y devolvió el equipo a la investigación.
Horas más tarde, un allanamiento al vendedor permitió recuperar también la laptop sustraída a Othondo. Ambas, según se estableció, habían sido entregadas por el “Negro Johny”, como se lo apodaba a Cáceres.
En el marco de la investigación, se detalló la presencia de una serie de calcomanías vinculadas a los objetos de los imputados. Una de ellas, ubicada en la parte posterior de un cargador de Apple, llevaba la inscripción C.U.5F en colores verde y amarillo, mientras que otra, de mayor tamaño, pertenecía a Independent Truck Company.
La hija de la Othondo confirmó la procedencia de los elementos: “Mi hermano la utilizaba. Al ver el nombre de mi hermano, sí. Ahí dice Martín Batello, es de mi hermano”, precisó.
Por su parte, sobre el cargador, explicó que “esta calco estaba grande en el garaje de la casa de mi madre y la tenía mi mamá guardada. Era como un cuadro. Ella lo encontró en la casa de Martín, su hijo, cuando falleció, y se lo llevó a su casa para guardarlo. Es el mismo logo que esta calcomanía”, concluyó.
Battello, es el reconocido skater de 45 años que fue hallado sin vida en su vivienda en octubre de 2018 por su madre, Elizabet Othondo. Si bien en un primer momento la mujer había expresado algunas dudas sobre las circunstancias del fallecimiento, la investigación posterior confirmó que se trató de un suicidio.
Con antecedentes por asaltos violentos a mujeres mayores -una condena de siete años que lo había mantenido preso hasta 2021-, Cáceres volvió a quedar tras las rejas en la Unidad Penal de Batán, ya con ambas causas en manos de la fiscal Salas.
Se habló de un potencial asesino serial. Técnicamente, la serie exige al menos tres hechos consumados. El tercero nunca llegó. También, a lo largo de la historia, los asesinos seriales suelen ser en extremo inteligentes, condición que no pareció mostrar Cáceres al dejar tantos cabos sueltos. Porque no solo fue la huella que el fuego no pudo borrar, sino su pasado fácilmente comprobable como peón de techista en ambas casas, el uso del teléfono cerca de su domicilio, las computadoras “reducidas” en el mismo lugar, la preservación de la ropa sobre la cual se encontró ADN de las víctimas. Y, por supuesto, no desprenderse de las zapatillas Fila.
El próximo lunes Cáceres comenzará a ser juzgado por dos despiadados asesinatos y la historia parece encaminarse hacia una condena perpetua.