La Ciudad

El caluroso sábado que un presidente de Estados Unidos conmocionó a la ciudad

El 27 de febrero de 1960 miles de marplatenses se volcaron a las calles para dar la bienvenida a Dwight Eisenhower, el primer presidente estadounidense en visitar la ciudad. Un acontecimiento histórico que luego tuvo su contracara, en todo sentido, en 2005.

Por Fernando del Rio

Cuando Dwight Eisenhower pisó el suelo del aeropuerto de Mar del Plata aún era un héroe de escala mundial. Su apellido, la fonética de su apellido, era el eco de una proeza que le reportaba la admiración de los otros y su rol de presidente de los Estados Unidos, idea popular de poder infinito, consolidaba a una figura de desbordante trascendencia. Por todo, su visita de apenas un par de horas aquel 27 de febrero de 1960 hizo de ese día un día histórico, un acontecimiento sin precedentes en la ciudad y la gente lo manifestó en la calle.

El plan de ver pasar la caravana fue casi unánime en un sábado que, como si hubiera hecho falta, fue declarado asueto por decisión del intendente Teodoro Bronzini. La gente dejó sus casas para dirigirse a ser parte de algo inmenso. O al menos para que el impulso de la curiosidad sea saciado.

A las 10.55 el majestuoso Columbine III Super Constellation, el primer Air Force One de la historia, aterrizó en Mar del Plata de la misma manera que lo había hecho el día anterior en Buenos Aires y lo haría horas más tarde en Bariloche, donde junto al presidente Arturo Frondizi firmarían una declaración de lealtad al sistema “interamericano” para la paz y cooperación entre las naciones.

Fue Frondizi, que había arribado minutos antes, quien recibió a Eisenhower en la calurosa mañana de Camet. El apretón de mano resultó una formalidad de camaradería –venían regalándose mutuas reverencias desde el día anterior- y tras saludar al gobernador bonaerense Oscar Alende y pasar revista, ambos se subieron al Cadillac descapotable.

De Ruta 2 a Constitución y por Constitución a la costa miles de personas se exponían a los rayos del sol para contemplar la inédita caravana.

El gran acontecimiento

Entender el contexto de ese momento es arrojarse a la fabulosa tarea de reconstruir casi sensorialmente (por qué no, emotivamente) lo que sucedía en las calles marplatenses. Eisenhower era nada menos que el comandante que había liderado a las fuerzas aliadas en su esfuerzo monumental por ponerle punto final a la Segunda Guerra Mundial.

Había conducido las tropas en Normandía y posibilitado la victoria sobre la pretendida supremacía nazi. Sus dotes en la diplomacia y la negociación lo hicieron un militar con saco y corbata, y su visión de un mundo disciplinado en lo ideológico lo transformaron en un político de uniforme.

Ese hombre que llegaba a Mar del Plata, sin perjuicio de ostentar entonces el cargo más importante del planeta (o si la ideología lo discutía, el segundo más importante), era el recuerdo del comandante supremo en las playas Omaha, Gold, Sword, Utah o Juno. Aquel éxito militar de 1944 en las arenas francesas lo elevaron al sitial de un Marshall o un Churchill en otras tierras. Tan así fue que republicanos y demócratas le habían ofrecido la candidatura a presidente para suceder a Harry Truman en 1953.

“Ike” se decantó por los primeros y ganó una presidencia que se desarrollaba con firmeza. Había cumplido su promesa electoral de acabar con la guerra de Corea, había creado la NASA, había construido la red de autopistas más grande de la historia estadounidense y, en el tramo final de su mandato, buscó retirarse con una preocupación atenuada: consolidar el anticomunismo.

Era 1960 y meses atrás el continente, en una isla caribeña llamada Cuba, había hecho lugar a aquello que se intentaba evitar desde “occidente”. Por eso Eisenhower hizo una gira por Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. Para consolidar el “sistema interamericano”. Pero más allá de los esperables intereses económicos, de ese sesgo imperial del Norte, Eisenhower era un visitante ilustre para el común de la ciudadanía marplatense. Casi un prócer propio.



Las ventanas de los edificios estaban desbordadas de espectadores.

La caravana

El Cadillac presidencial descapotable, traído desde Estados Unidos, transportó a Eisenhower y a Frondizi durante 25 minutos en medio de agitadas muestras de acogimiento. El tramo de la avenida Constitución fue a velocidad media y los niños de pantalones cortos se confundían con las mujeres que vestían polleras largas. Casi al llegar a la costa, un cordón de trabajadoras de la fábrica de alfajores Gran Casino salió al paso con sus delantales blancos.

Recién cuando las motos Triumph 650 Tigre encararon la costanera, Eisenhower y el mismo Frondizi tomaron dimensión del recibimiento. Los motoristas que escoltaban y el resto de la comitiva (algunos Kaiser Carabella, Cadillac y Ford) avanzaron hacia el Hotel Provincial, donde aguardaba un agasajo. Sin embargo, la caravana siguió hasta la zona de Torreón del Monje y luego retomó hacia su destino final. Se reportan en crónicas de entonces gente asomada en los balcones arrojando papel picado y blandían banderas argentinas.

La afectiva demostración provocó que Eisenhower, ya por un acto de retribuida cortesía o porque lo sintiera, expresara algunas palabras de profunda comodidad a Frondizi y minutos más tarde al núcleo de personalidades al que se había agregado el intendente Teodoro Bronzini.

Las llaves de la ciudad

Bronzini y el presidente del Concejo Deliberante, Rufino Inda, fueron quienes entregaron a Eisenhower las Llaves de la Ciudad y al respecto, en su discurso, el presidente de Estados Unidos tuvo una ocurrencia muy celebrada. “Gracias por su generosa bienvenida y por el honor que me hacen al presentarme una llave de la ciudad. Les aseguro que no la usaré mal. No tengo el privilegio de estar aquí el tiempo suficiente para hacerlo”, dijo, traductor mediante.

El cocktail se desarrolló en el Salón de las Columnas del Hotel Provincial, donde un sillón estrecho junto a las banderas de ambos países sirvió para una pausa de unos pocos minutos. Allí se sentaron Eisenhower (naranjada en mano), Bronzini (también con un refresco) y Frondizi (optó por el whisky).

Antes de retirarse Eisenhower ordenó a su traductor que le comunicara algo a los periodistas: “Diga usted a Mar del Plata que la llevo estrechada contra mi pecho”.

A las 12.25, apenas una hora después de haber llegado al hotel, la comitiva salió a la calle y retornó hasta el aeropuerto, donde el Super Constellation decoló con su plateado fuselaje y se perdió en un intenso brillo hacia el sur.

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