Policiales

El crimen de 114 puñaladas que no fue y que se cerrará como un suicidio

El caso ocurrió el año pasado en Mar del Plata. Tuvo como víctima a la encargada de un edificio sito en la misma manzana de la Municipalidad. Un año y medio después, la causa será desestimada por establecerse, tras una minuciosa investigación forense, que se trató de un suicidio.

Por Fernando del Rio

En ese momento, en la noche del 22 de marzo de 2018, la escena del crimen causó incertidumbre en el ojo primario del testigo o del policía inexperto. Pero, porque así fue, también en el otro, en el ojo acostumbrado del perito, en ese ojo curtido en mirar cadáveres, en analizar contextos, en buscar pistas ocultas. Todos allí estuvieron convencidos de tener un escenario de suicidio al descubrir el cuerpo de María Rosa López (64) dentro de la bañera, pero al mismo tiempo no paraban de contabilizar -en silencio- una a una las heridas de arma blanca a la vista. Temían que lo que sospechaban un suicidio fuera el descarnado asesinato de otra mujer en Mar del Plata.

En el departamento “A” del octavo piso del edificio de La Rioja 1636 lo que encontraron los peritos de la Policía Científica, los médicos, los policías de la comisaría primera y hasta el fiscal Juan Pablo Lódola fue el cuerpo de Mary López, la encargada, ensangrentado, con cortes y puñaladas en donde se mirara y el arma sobre el alfeizar de una ventana interna, a un brazo de distancia. El arma era una herramienta multifunción marca Anchord Brand, de esas que tienen destornillador, abrelatas, pinza y, por supuesto, navaja.

Una puerta cerrada desde adentro, la ausencia total de desorden o signos de un ataque, algunas averiguaciones sobre circunstancias personales de López y el arma en el lugar facilitaban la construcción de la idea del suicidio. Sin embargo, había un par de cabos sueltos sobre los que los investigadores prefirieron echar lupa, como la increíble cantidad de cortes y puntazos en el cuerpo de la víctima y, en especial, las sospechas de la doctora del Cuerpo Médico de Policía Científica, Claudia Carrizo, quien se diferenció del resto y arriesgó que, aunque la operación de autopsia iba a dar más precisiones, las heridas eran “dolosas y que algunas serían post mortem”.

El número 911 siempre es la primera opción para colaborar con la prevención del suicidio. 

Aquel 22 de marzo por la noche se abrió un expediente judicial para  investigar la violenta muerte de la encargada de un edificio ubicado en la manzana de la Municipalidad de General Pueyrredon y durante un año y medio se balanceó entre un íntimo episodio de suicidio y un brutal asesinato a puñaladas. Pero no dos ni tres ni cinco. No un asesinato cualquiera, sino uno de más de 100 puñaladas.

En los próximos días la Justicia podría desestimar la causa penal tras comprobar que lo que en verdad sucedió dentro del departamento fue aquello sospechado desde un principio: un suicidio. Pero no uno cualquiera, un suicidio de más de 100 puñaladas.

La conmoción

Mary López vivía en su departamento de planta baja en compañía de un nieto de 14 años. Allí funcionaba la portería pero en el octavo piso había otro inmueble al que López tenía acceso permanente y que estaba siempre desocupado.

A las 2 de la tarde de ese día jueves, la otra abuela del menor llegó de visitas y se encontró con su nieto, quien le aseguró que Mary López no estaba porque acababan de discutir. “Se fue al octavo”, le informó y la mujer decidió irse a hacer unos trámites por el centro para regresar un par de horas más tarde.

Interesada en la visita, la mujer insistió en la búsqueda de la encargada y se dirigió al octavo piso. Golpeó la puerta, la llamó y no obtuvo respuesta. Tras ganar tiempo en la planta baja, y sabiendo que López no se ausentaba tanto tiempo de su departamento, llamó al administrador.

Las demoras para atender situaciones que en un principio no parecen urgentes hicieron que recién pasadas las 20.30 un cerrajero abriera la unidad “A” del octavo piso. La puerta estaba cerrada pero sin cerrojo (son de las que no tienen picaporte externo), de manera que la operación de apertura fue sencilla. El espanto y la conmoción fueron inmediatos.

María Rosa López estaba dentro de la bañera del departamento del octavo piso, semisumergida en una mezcla acuosa de sangre. Y a un lado, en el alfeizar de la ventana corrediza ubicada sobre la bañera, la herramienta multiuso abierta en su función de navaja.

Herramienta multifunción secuestrada en el lugar.

Dudas y certezas

La policía llegó y perimetró la escena del crimen, porque así se llama el área donde trabajan los peritos ante una muerte violenta y porque, si bien había indicios de suicidio, nadie podía asegurar que a López no la hubieran matado.

“Averiguación causales de muerte” fue el protocolar inicio del expediente judicial a cargo del fiscal Lódola, pero las resonantes especulaciones de la doctora Carrizo obligaron a investigar un asesinato. Aquello de “lesiones dolosas y post mortem” fue suficiente para empezar a ver incidentes satelitales a López como posibles móviles de un crimen.

La autopsia realizada a las 16 del día siguiente eliminó la posibilidad de que algunas de las heridas hubieran sido causadas con López ya muerta, pero agregaron un nuevo elemento de incertidumbre: se había utilizado un par de armas. “Por el tipo de heridas se puede objetivar que el ataque se produjo con un arma blanca de dos filos punta bien aguzada, con un ancho de hoja no mayor a 20 milímetros, y otra arma blanca de un solo filo de mayor tamaño de hoja que la anterior y sensiblemente más gruesa y de mayor envergadura”, dice el informe firmado por los profesionales Adolfo Peñeñory y Andrea Oñate.

En el lugar sólo había un arma. Otra persona debió habérsela llevado. Tal vez la misma que había apuñalado y cortado 114 veces a López.

Desde ese momento, López se agregó a las estadísticas de homicidios en Mar del Plata. Al final del año, López integraba la lista de mujeres asesinadas junto a Rocío Pavón, Noelia Cornes, Clara Brunetti, Mirta Falco, Dolores Casais, María Asunción Pinna, Soledad Figueroa, Eliana Rodríguez y Antonela Guzman.

Mientras tanto, la Policía Científica se empeñó en entender lo que parecía un asesinato en un contexto casi comprobado de suicidio. De ese modo, iluminar con la verdad el caso y liberar de sospechas a las personas que integraban el entorno de la mujer.

La resolución

Las cámaras de seguridad no mostraban el ingreso de personas extrañas y las personas con algún tipo de conflictos con López no tenían ninguna responsabilidad en el “asesinato”. Entonces, las preguntas eran necesarias responderlas: ¿era posible un suicidio?, ¿quién se había llevado la segunda arma del lugar y por qué? ¿la gran cantidad de heridas se las podía haber autoinfligido López? O ¿realmente había un trasfondo que aumentara las probabilidades de un suicidio?

El fiscal Lódola y la Policía Científica se combinaron para destrabar el dilema y arriesgaron a consolidar una presunción. No había dos armas ni un asesino. La diferencia en las heridas podía obedecer a la propiedad de “multifunción” de la navaja. Para ello, recurrieron a un estudio poco usual, que consistió en reproducir las lesiones en una porción de carne porcina.

Se hicieron cortes con la navaja, con la lima serrucho, con la varilla y con el destornillador. Entonces estimaron posible que la morfología de las heridas correspondiera no solo a la navaja y, por lo tanto, el misterio de la segunda arma quedaba resuelto.

Además una pericia llamada autopsia psicológica, que permite reconstruir el estado psicológico de una persona fallecida con un grado de certeza relativo pero funcional a la investigación, contribuyó para afirmar el episodio suicida.

Respecto a la cantidad de lesiones, se estableció algo que ya desde la autopsia se conocía. Que ninguno de esos cortes o puntadas hubiera provocado la muerte por sí solos. Y que entre todos fueron minando la vida de la mujer hasta apagarla.

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