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La Ciudad 7 de marzo de 2019

El día que Mar del Plata sufrió un tsunami

Investigadores argentinos cruzaron datos propios con recientes avances tecnológicos y comprendieron que en la mañana del 21 de enero de 1954, las tres legendarias olas que arrasaron tuvieron un origen diferente al que siempre se dijo.

Tres científicos argentinos presentaron un trabajo en el que propusieron una hipótesis para entender qué fue lo que pasó a las 11 del 21 de enero de 1954 en la costa de Mar del Plata, cuando una sucesión de olas gigantes causó pánico entre los bañistas y dejó un tendal de heridos.

Durante años aquel episodio fue conocido como un “maremoto” y las últimas tres generaciones crecieron con alguna referencia familiar. Sin embargo, el “maremoto” resultó ser un “tsunami” de grado leve generado por factores meteorológicos.

Rubén Medina, licenciado en Geología y Geografía; Walter Dragani, licenciado en Oceanografía, y Roberto Violente, licenciado en Geología, publicaron un trabajo en la revista Ciencia Hoy titulado “Un tsunami no reconocido en Mar del Plata”, con fotografías y datos del diario LA CAPITAL, pero con un rigor científico emanado del cotejo de información de distintas fuentes.

El 21 de enero de 1954 era un día de buena temperatura y un mar calmo. Gran cantidad bañistas se habían acercado a las playas populares del centro y también de la zona costera más próxima. Centenares de esas personas estaban en la Bristol, en cercanías del muelle de pescadores y en Punta Iglesia. Una lancha de mediano porte navegaba a menos de 100 metros de la costa. Entonces todo cambió repentinamente.

En el horizonte se empezó a ver una ondulación significativa sobre el mar y a medida que avanzaba hacia la orilla se convertía en una ola robusta y potente. El primer impacto antecedió a otro de dos olas casi similares que arrasaron con quienes tenían el agua por las rodillas o caminaban por la arena húmeda.

Las aves de la costa segundos antes habían revoloteado nerviosas y huido a destinos más tranquilos. El terror en los bañistas que se vieron arrastrados por la crecida fue contagiando a todos. Los gritos y desesperación ganaron las playas céntricas. El avance de las aguas fue tan importante que alcanzó las primeras líneas de sombrillas y toldos. La lancha que navegaba cerca de los pescadores a punto estuvo de desaparecer en el remolino formado por la diferencia de oleaje.

Cuando el mar retrocedió, gran cantidad de heridos quejosos, padecientes de principios de asfixia y magullones, y desorientados perdidos de sus familiares quedaron sobre la arena aún convulsionada. Las madres de los niños se desmayaban al no poder localizarlos.

La lista de heridos oficiales fue integrada por Enrique Gómez (26) -alojado en el hotel Castelar- José Veiga (40), Humberto Mastronardi (37), José Piñobelli, Santiago Lanfranco, Juan Carlos Anselmo, un hombre de apellido Elías, todos ellos en la zona de la Bristol y trasladados al hospital, aunque luego dados de alta. En Playa Grande atendieron a Obdulia de Fernández, de 38 años, y otros heridos recibieron asistencia en el lugar.

El informe de Prefectura Naval señaló con alguna imprecisión que “a la hora 12 a raíz de una creciente extraordinaria que alcanzó su mayor altura en la Playa Popular se produjeron once casos de personas semiasfixiadas que al ser auxiliadas a tiempo quedaron fuera de peligro. El mar recobró extraordinara placidez y los espacios reservados a los bañistas se despoblaron casi por completo”.

El encargado del Mareógrafo Fundamental instalado en el muelle de los pescadores informó que las condiciones de la marea eran normales y que las escolleras se vieron cubiertas por el agua.

¿Qué ocurrió?

Medina, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, y Dragani y Violante, del Servicio de Hidrografía Naval dependiente del Ministerio de Defensa ,llegaron a la conclusión de que “no fue un maremoto, según la definición clásica, y que es altamente probable que haya sido un tsunami provocado por causas meteorológicas”.

De acuerdo a la publicación construida a partir del análisis de fuentes científicas se cree que aquella mañana se produjo un tsunami grado 2, en una escala de 1 al 6. Aunque es una categoría “suave” de tsunami, las características singulares del mar ese día (muy calmo, casi con inexistencia de rompiente) provocaron un contraste determinante.

“Ni el Instituto Nacional de Previsión Sísmica ni el USGS registraron sismos submarinos significativos ese día, lo que descarta la hipótesis del terremoto submarino”, dijeron los científicos. Tampoco hubo erupciones volcánicas explosivas ni caídas de meteoritos.

Para achicar la búsqueda los tres investigadores analizaron la agenda de ensayos nucleares en el océano aquel día y no encontraron ninguna referencia, por lo cual solo quedaban dos posibilidades: un proceso de remoción en masa o una perturbación atmosférica.

El primero de los factores asomó como posible pero no probable, con lo cual terminó imponiéndose la idea del origen atmosférico.

“Ese día, los datos de presión atmosférica en el nivel del mar brindados por la National Oceanic and Atmospheric Administration de los Estados Unidos (NOAA) indican que hubo en la región un sistema frontal de tormenta propagándose hacia el este. Tanto por observaciones de campo como por modelado numérico se ha verificado que, asociados con tales sistemas frontales, se propagan ondas de gravedad atmosféricas sobre la región costera bonaerense”, dice el informe.

Finalmente se estableció que “esas ondas, imperceptibles para la gente, se caracterizan por fluctuaciones de presión atmosférica de entre 2 y 3 hectopascales en lapsos de entre unos pocos minutos y hasta unas tres horas; estudios numéricos realizados en el Servicio de Hidrografía Naval establecieron que son capaces de generar meteotsunamis de varias decenas de centímetros de altura en la región costera bonaerense”.

El maremoto, un terremoto submarino con implicancia directa en el oleaje, no fue tal. Fue un tsunami. El recuerdo de los mayores no se verá afectado, no obstante, por cuestiones científicas.