El efecto inesperado de una bandera, el debate por el Mar Argentino y los vecinos inseguros que vuelven a organizarse
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Malvinas, el petróleo y las tierras, o cuando una bandera termina cambiando la conversación… De ello se hablaba en la noche del domingo, post derrota de Boca ante Deportivo Riestra y de River ante Barracas como local -lo cual le cambió el humor a más de uno de los comensales-, en cena mensual de peña que reúne a políticos, periodistas y empresarios locales y que no se suspende ni en vacaciones de invierno. Hay temas que parecían destinados a aparecer apenas una vez al año, cada 2 de abril. Sin embargo, en cuestión de días, Malvinas volvió a ocupar un lugar central en la agenda política argentina. Y no por un hecho aislado, sino por una sucesión de acontecimientos que terminaron conectándose entre sí. Todo comenzó con aquella imagen que dio la vuelta al mundo. Tras la consagración frente a Inglaterra, los jugadores de la Selección desplegaron una bandera con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas”. Lo que parecía un gesto futbolero despertó una renovada sensibilidad sobre la cuestión de la soberanía y volvió a poner el foco sobre el Atlántico Sur. A partir de allí comenzaron a aparecer distintos elementos que alimentaron el debate.

Por un lado, trascendió el fuerte avance del proyecto petrolero Sea Lion, que explotará hidrocarburos en aguas próximas al archipiélago y que tiene como principales protagonistas a la británica Rockhopper Exploration y a la empresa israelí Navitas Petroleum. Un emprendimiento que, de concretarse, modificará sustancialmente la economía de las islas. Fue entonces cuando el exministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, decidió intervenir públicamente. En un extenso análisis sostuvo que el petróleo dejará de ser una promesa para convertirse en un factor de consolidación económica del enclave británico en Malvinas. Según su mirada, después de que la pesca transformara durante las últimas décadas la economía del archipiélago, ahora el petróleo puede significar un segundo salto que fortalezca aun más la posición británica en una disputa de soberanía que continúa abierta en las Naciones Unidas. Kulfas también marcó una contradicción política que, entiende, merece una explicación. Recordó que el operador principal de Sea Lion es una empresa israelí, justamente cuando el gobierno de Javier Milei convirtió a Israel en uno de sus principales aliados internacionales.

Y sumó otra comparación que era compartida por la mayoría de los integrantes de la peña marplatense: mientras la exploración offshore frente a Mar del Plata generó protestas, campañas internacionales y presentaciones judiciales encabezadas por organizaciones ambientalistas, como Greenpeace, el desarrollo petrolero en Malvinas transita con mucho menor nivel de cuestionamientos públicos. Pero Kulfas no fue el único en volver sobre el tema. En paralelo, la Liga Naval Argentina anunció el lanzamiento de una campaña nacional que promete instalar otra discusión incómoda. La entidad, integrada por miembros de la Armada, la Prefectura, la Marina Mercante y la industria naval, cuestiona las medidas de desregulación impulsadas por el Gobierno para la actividad marítima. Denuncia que la eliminación de la obligación de contratar prácticos argentinos, la flexibilización del cabotaje y otros cambios normativos terminan debilitando el control sobre la Zona Económica Exclusiva y favorecen una creciente extranjerización del Atlántico Sur. La estrategia de la Liga Naval no es casual. Busca unir ese debate con otro que hoy atraviesa al Congreso: el proyecto oficial para flexibilizar la compra de tierras por parte de extranjeros. La consigna que comenzarán a difundir es tan sencilla como potente: “Si preocupa vender la tierra, mucho más debería preocupar regalar el mar”. Y allí aparece una hipótesis que empieza a escucharse en distintos despachos políticos. ¿Es posible que la renovada centralidad que adquirió Malvinas haya influido, aunque sea indirectamente, en las dificultades que encontró el oficialismo para conseguir en el Senado los votos necesarios para avanzar con la reforma sobre la propiedad de tierras?

No existe evidencia que permita afirmar una relación directa. Pero varios dirigentes admiten en privado que el clima cambió. Porque cuando la discusión vuelve a girar alrededor de soberanía, recursos naturales, petróleo y territorio nacional, cualquier iniciativa vinculada con la participación extranjera pasa a ser observada con otra sensibilidad. Quizás sea apenas una coincidencia. O quizás aquella bandera levantada por los campeones del mundo haya hecho mucho más que emocionar a los argentinos. Tal vez haya vuelto a instalar una pregunta que durante años permaneció dormida: cómo defender los intereses nacionales sobre el mar, las tierras y los recursos estratégicos en un escenario internacional cada vez más complejo. En política, a veces los símbolos tienen consecuencias que nadie alcanza a medir en el momento. Y la bandera de Malvinas, esta vez, parece haber abierto un debate mucho más profundo que el de una simple celebración deportiva.

A la hora del postre, cuando eran unánimes los elogios para el chef de la velada por el exquisito plato de raviolones Nino Bergese -en honor a Giacomo Bergese conocido como un cocinero italiano nacido en Saluzzo, en 1904 y autor de platos en tiempos de posguerra-, irrumpió en la mesa el tema de la inseguridad, con testimonios en primera persona de damnificados en distintos tipos de delitos. Es que hay temas que aparecen de golpe en la agenda y otros que regresan lentamente, casi sin hacer ruido, hasta que un día se convierten en la principal conversación de un barrio. La inseguridad parece estar transitando nuevamente ese camino en Mar del Plata. Como se reflejó en estas páginas, en las últimas semanas comenzaron a multiplicarse los relatos de asaltos, entraderas, robos a mano armada y hechos de violencia en distintos sectores de la ciudad. No se trata solamente de estadísticas ni de casos policiales que ocupan algunos minutos en los noticieros. Se trata, sobre todo, de una sensación que vuelve a instalarse entre los vecinos: la de que salir, llegar a la casa o caminar unas cuadras ya no genera la tranquilidad de hace un tiempo.

La reacción también empieza a repetirse. Sociedades de fomento que convocan reuniones, grupos vecinales que se reorganizan, pedidos de más patrullajes, reclamos por mejor iluminación, cámaras de seguridad y una mayor presencia policial. En distintos barrios la escena es la misma: vecinos que deciden dejar por un rato las redes sociales para encontrarse cara a cara y exigir respuestas. La preocupación atraviesa zonas muy diferentes entre sí, lo que demuestra que el fenómeno dejó de ser un problema aislado para convertirse en una inquietud compartida. Y cuando eso ocurre, la demanda deja de ser individual para transformarse en un reclamo colectivo. Las autoridades sostienen que trabajan sobre los distintos episodios y que existen operativos en marcha. Sin embargo, para quienes viven la realidad cotidiana, la percepción muchas veces pesa tanto como las cifras.

“Cuando el miedo empieza a modificar hábitos —evitar salir de noche, cambiar recorridos o mirar dos veces antes de abrir un portón— es porque algo está cambiando”, reflexionaba uno de los políticos presentes. Mar del Plata ya atravesó otras etapas en las que la inseguridad ocupó el centro de la escena pública. Nadie quiere volver a esos tiempos. Por eso, más allá de las estadísticas que puedan exhibirse, el desafío pasa por recuperar algo mucho más difícil de medir: la confianza de los vecinos de que pueden vivir tranquilos en el barrio donde eligieron construir su vida. “La inseguridad -completó-no se mide solamente por la cantidad de delitos. También se mide por la cantidad de vecinos que dejan de hacer cosas por miedo. Y cuando los barrios vuelven a reunirse para reclamar seguridad, es porque la preocupación ya dejó de ser un hecho aislado para convertirse en un estado de ánimo colectivo”.
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