CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
Interés general 15 de febrero de 2026

El Gobierno con el apoyo justo, la “fábrica oscura” y los temores en el mundo ante el desarrollo de la inteligencia artificial

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata

 

En la cola para ingresar a ver la obra “Sex” en el teatro América, el diputado provincial leía con interés, en su celular, el último informe de Giacobbe y Asociados. Ya tras la función, luego de resaltar las actuaciones de Julieta Ortega, Diego Ramos, Gloria Carrá y Nicolás Riera, y cenando en parrilla de la zona de Alvarado al 3000, hacía un análisis de la encuesta ante un grupo de allegados, a decir verdad, más entusiasmados con las tiras de asado que con la realidad política, al menos en estos instantes. ¿Resumen de lo que explicó el legislador en base al trabajo de Giacobbe y Asociados? Los números de enero confirman algo que en la rosca ya se huele hace rato: el gobierno de Javier Milei sigue caminando sobre una cornisa angosta, con el apoyo justo y la paciencia social en modo cuenta regresiva. La imagen del Presidente aparece partida al medio, con un 42,8 % positiva y un 47,1 % negativa. No es derrumbe, pero tampoco luna de miel. Es equilibrio inestable, de esos que en política duran poco. En Balcarce 50 miran con atención otro dato: Milei conserva un núcleo duro que resiste, pero el “regular” se achicó y muchos de los que antes dudaban ahora se inclinan por el pulgar abajo. Traducción: menos margen para errores no forzados y cero tolerancia a internas que se ventilen en público.

El mapa de imágenes también deja perlas. Patricia Bullrich aparece casi calcada al Presidente, con una positiva del 44 % y una negativa del 45,8 %. En el mileísmo leen ahí una señal clara: Bullrich es parte del gobierno y paga costos, pero también capitaliza mano dura y orden, un combo que sigue rindiendo en amplios sectores. Victoria Villarruel, en cambio, sigue con problemas serios de aceptación: 60,5 % de imagen negativa. En la Casa Rosada toman nota y algunos se preguntan en voz baja si el silencio estratégico de la vice no está empezando a jugarle en contra. Demasiado lejos del barro también desgasta. Del otro lado del mostrador, Cristina Kirchner aparece con un dato demoledor: el 67 % la considera una figura del pasado. Apenas un 11,2 % la ve como parte del futuro. Es el número que más entusiasma a los libertarios y que más preocupa al peronismo tradicional, que todavía no logra parir un recambio claro. Pero el informe también marca que Axel Kicillof y Mauricio Macri siguen con imágenes negativas altas, y que no hay, por ahora, un liderazgo opositor nítido que capitalice el desgaste oficial. Mucho ruido, pocas nueces.

 

 

En el capítulo “mano dura”, Giacobbe muestra un dato que explica varias decisiones del Gobierno: casi el 74 % está de acuerdo con bajar la edad de imputabilidad a 13 o 14 años. El tema vende, ordena discurso y corre a la oposición a un lugar incómodo. No es casual que vuelva una y otra vez a la agenda. Más compleja es la foto de las reformas estructurales. La previsional es la más resistida, la laboral divide aguas y la tributaria navega entre el desconocimiento y la desconfianza. En criollo: hay apoyo al rumbo general, pero miedo al impacto en el bolsillo propio. “Milei todavía manda, pero ya no flota. La sociedad acompaña mientras no duela demasiado. Y en política argentina, cuando el dolor aparece, los números cambian más rápido que los discursos”, finalizó su exposición el diputado.

 

 

 

Jeffrey Epstein está muerto, pero su caso sigue respirando. Y no como un expediente judicial, sino como una advertencia. La idea de que un financista con llegada a presidentes, príncipes, premios Nobel y magnates tecnológicos haya montado durante años una red de abusos sexuales con menores, sin que nadie “importante” viera nada, es tan perturbadora como verosímil. Y del caso se hablaba en cada una de las reuniones sociales de los últimos días. En Washington, Londres, Wall Street o en Mar del Plata, nadie pregunta ya qué hizo Epstein, sino quiénes siguen protegidos por su silencio. Porque el verdadero escándalo no es el delito –grave, brutal–, sino la arquitectura de impunidad que lo sostuvo. Aviones privados, islas privadas, cámaras apagadas, agendas desaparecidas y una muerte que, cuanto más se investiga, menos cierra. El mensaje implícito es todavía más inquietante: hay un umbral de poder a partir del cual la ley se vuelve opinable. Epstein no era un lobo solitario; era un nodo. Y cuando los nodos caen, lo primero que se corta no es la red, sino la verdad. “El miedo no es a lo que ya se sabe, sino a lo que todavía no se publicó. Porque si todo saliera a la luz, no caería un nombre: caería un sistema entero de relaciones, favores y silencios”, se consignaba.

 

 

Mientras sus respectivas esposas disfrutaban del desfile Summer Plan Fashion Time organizado por Stellantis en la plazoleta Botero del Paseo Aldrey, los dos hombres, CEO de tecnológicas y miembros de la directiva de Aticma, charlaban –claro está–, celular en mano, en café del concurrido shopping y en mesa aledaña ocupada por periodista en plan familiar que no pudo dejar de parar la oreja. Se escuchó decir que en Beijing ya no se prende la luz para producir celulares. Literal. Xiaomi inauguró una “fábrica oscura”: 81 mil metros cuadrados donde no hay obreros, no hay turnos, no hay sindicato y no hay feriados. Robots que trabajan en silencio, en la oscuridad total, coordinados por una inteligencia artificial que se corrige sola. Un teléfono por segundo. Diez millones al año. Sin café, sin paritarias y sin WhatsApp. “El dato no es tecnológico –eso ya lo vimos venir–, sino político. Porque mientras en Occidente seguimos discutiendo si la inteligencia artificial “amenaza” el empleo, en China directamente la usan. Sin debate público, sin culpa y sin hashtags. El modelo es brutalmente simple: si una máquina es más eficiente que una persona, se queda la máquina”, consignó uno de ellos.

 


Algunos dirán que exagerar con el “fin del trabajo humano” es marketing. Es cierto. Siempre hay humanos detrás: ingenieros, programadores, técnicos. Pero también es cierto que ya no están donde estaban. La línea de producción –ese corazón industrial que ordenó el siglo XX– empieza a apagarse. Con luces incluidas. La pregunta incómoda no es si esto va a pasar acá. Es cuándo. Y, sobre todo, quién va a pagar el costo social de esa transición. Porque mientras Beijing produce en la oscuridad, en la Argentina todavía discutimos si el problema del empleo es la tecnología o el Estado. Tal vez el verdadero mensaje de la fábrica oscura no sea que las máquinas reemplazan a las personas, sino que los países que no piensan el futuro terminan trabajando siempre a la luz… pero mirando el pasado.

 

 

Ya en la redacción, el periodista y varios de sus colegas, junto a la máquina de café, se prendieron en una interesante charla a partir de los dichos de Dario Amodei, CEO de Anthropic –una de las compañías más avanzadas en inteligencia artificial del mundo–, quien lanzó una advertencia que ya está recorriendo círculos tecnológicos y políticos: la inteligencia artificial va a cambiar todo, y lo hará más rápido de lo que somos capaces de controlarla. En su extenso ensayo “The Adolescence of Technology” (casi 38 páginas), Amodei no se guarda nada. Advierte que la IA dará a la humanidad “un poder casi inimaginable”, pero que “sigue siendo profundamente incierto si nuestros sistemas sociales, políticos y tecnológicos poseen la madurez para manejarlo”. Ese diagnóstico no es casual: la tecnología está creciendo exponencialmente, mientras que nuestras instituciones van a paso de tortuga. Eso, dice Amodei, nos coloca en una fase de riesgo civilizacional, una especie de “adolescencia tecnológica” en la que podemos tropezar con consecuencias graves si no hay controles y acuerdos claros.

 

 

Una de las frases más contundentes de su ensayo es sobre el potencial incontrolable de los sistemas avanzados: ya hay evidencia de que la IA puede ser “impredecible y difícil de controlar”, mostrando comportamientos que incluyen “obsesiones, adulación, pereza, engaño, chantaje y hackeo de entornos de software”. Ese cóctel de “inteligencia, agencia, coherencia y falta de control”, agrega, es una receta para un peligro existencial. Amodei va más lejos todavía cuando describe cómo esta tecnología podría no solo fallar, sino volverse activo destructivo por las formas en que aprende del material humano con el que ha sido entrenada. Señala que la IA incluso podría adoptar “personalidades psicóticas, paranoicas, violentas o inestables”, con comportamientos potencialmente destructivos si no hay reglas y supervisión adecuadas. Otro punto que preocupa al CEO de Anthropic es algo que él resume así: alquilar una IA poderosa otorga inteligencia a personas con malas intenciones. Lo que antes requería talento o recursos ahora podría estar al alcance de cualquiera con acceso a sistemas avanzados.

 


Hay una escena que se repite en aulas de todo el mundo –y Mar del Plata no es la excepción–: alumnos con notebooks abiertas, celulares al alcance de la mano y una dificultad creciente para sostener la atención más allá de unos pocos minutos. No es nostalgia de tiza y pizarrón. Es diagnóstico. Esta semana lo planteó sin rodeos Rafael Pampillón, catedrático de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y de la Universidad Villanueva, que decidió escribir desde el cansancio y no desde la corrección política. Su punto de partida es incómodo: el problema no es la tecnología, sino haberla convertido en dogma. De ello hablaban un exsecretario de Educación de la comuna con directivo de la Universidad Nacional de Mar del Plata en la previa de la entrega de los premios Estrella de Mar en el Hotel Provincial. Durante años compramos una idea tan moderna como cómoda: digitalizar era sinónimo de mejorar. Más pantallas, más aprendizaje. Menos papel, menos pasado. Hoy los resultados no acompañan el relato. Los indicadores educativos vienen cayendo desde hace más de una década, bastante antes de la pandemia, en Estados Unidos, en Europa y también en países que solían exhibirse como modelo. La caída coincide –demasiadas veces como para mirar para otro lado– con la expansión del smartphone, las redes sociales y la lógica de la notificación permanente. ¿Casualidad? Puede discutirse. Pero ignorarlo ya no parece serio.

 


Pampillón lo dice con claridad: las pantallas no son neutrales. Están diseñadas para interrumpir, fragmentar y disputar atención. Justo lo contrario de lo que necesita alguien que está aprendiendo a pensar. Y la distracción no es solo individual: se contagia. “Un aula dispersa arrastra incluso al que intenta concentrarse”, refería el académico marplatense en el interesante cambio de opiniones antes de la gran fiesta del espectáculo de verano. En ese contexto, señalaban, leer en papel y escribir a mano aparecen casi como actos de resistencia. No por románticos, sino por efectivos. Leer sin hipervínculos ni alertas obliga a estar presente. Escribir a mano obliga a elegir, ordenar, descartar. Pensar lento, una habilidad en extinción. El debate se vuelve todavía más áspero cuando entra en escena la inteligencia artificial. Porque ahora ya no solo se copia: se produce. Textos prolijos, correctos, impecables… y vacíos. Trabajos sin riesgo, sin error, sin proceso. El problema, insistían, no es la herramienta. Es introducirla en un sistema educativo ya debilitado en términos de atención, esfuerzo y exigencia. Creer que la tecnología va a resolver lo que no se quiso resolver pedagógicamente es, en el mejor de los casos, una huida hacia adelante.

 

 

Y ahí aparece otro punto incómodo: la autoridad docente. No como verticalismo rancio, sino como alguien que marca ritmos, pone límites y sostiene el esfuerzo. Porque aprender implica dificultad, frustración y espera. Sin eso, no hay pantalla ni algoritmo que alcance. Recuperar el papel en el sistema educativo –concluye Pampillón en su comentado artículo– no es una cruzada romántica, sino una decisión pedagógica. Menos ruido, menos urgencia, menos espectáculo. Más atención, más profundidad, más pensamiento propio. Puede sonar antiguo. Tal vez lo sea. Pero también puede ser, paradójicamente, una de las discusiones más modernas que hoy se están dando en educación.