Policiales

El médico al que querían todos y que fue asesinado en su consultorio

En el año 1957, una noche primaveral de octubre, el reconocido médico Ramón Varela fue baleado dentro de uno de los consultorios del Sanatorio 25 de Mayo. Varela, fundador de esa clínica y presidente del Colegio Médico, murió casi en el acto. Su asesino era un amigo y destacado comerciante gastronómico.

Por Fernando del Rio

Ricardo Pardo vio entrar por la puerta de su bar “Pablito”, de España y 25 de Mayo, a su amigo José Micalizzi que, apurado o nervioso, pasó hacia el baño. En lugar de saludo hubo una seña de Micalizzi, a quien se lo conocía como “Chocho”, para que lo siguiera y Pardo distinguió en ella los rasgos de algo grave, de algo que ignoraba. En el pequeño cuarto, junto a la pileta, José Micalizzi estiró el brazo y en su mano derecha ofreció a Pardo el estuche de cuero marrón con el revólver calibre 38. Luego soltó una frase que explicó toda aquella intriga: “Me parece que maté al doctor Varela”.

Eran ya las 22.20 de ese sábado 5 de octubre de 1957 cuando un desmoronado Micalizzi escapó por la puerta lateral mientras su presunción homicida se hacía realidad. En el consultorio 4 del Sanatorio 25 de Mayo, a solo 50 metros del bar, el doctor Ramón E. Varela yacía con dos balazos, uno en la parte baja de la espalda y otro en el pecho. En simultáneo al ingreso de Micalizzi en el mundo de los prófugos por unos meses, empleados y médicos del sanatorio constataban el fallecimiento del eminente grastroenterólogo. La ráfaga de proyectiles había sido tan letal que ni siquiera hubo tiempo para que Varela fuera atendido en el quirófano de la clínica que él mismo había fundado tres años antes.

Ni Varela, de 39 años, era un médico más de Mar del Plata, ni José Micalizzi, al que apodaban “Chocho” y tenía 37, era un ciudadano desconocido por él. Varela era una referencia en el ámbito de la gastroenterología y la consideración de sus colegas resultaba tan elevada que lo habían elegido presidente del entonces Colegio Médico. Atendía de forma gratuita a mucha gente, ya sea por amistad o por falta de recursos. Era jefe del área de su especialidad en el Hospital Mar del Plata y se destacaba también en la política, tanto que, para muchos correligionarios, tenía perfil de candidato a intendente. Además de todo, era un excelente golfista. Con sus 39 años proyectaba una vida de reconocimientos y se apoyaba en su familia, su esposa Hebe Aguerregoyen y sus pequeñas hijas, Silvia y Mónica.

Micalizzi, a falta de una formación diplomada, se las ingeniaba para progresar con su apego al trabajo y, como muchos descendientes de italianos, lo hacía desde su vinculación con el mundo de la pesca y los productos del mar. De hecho, el negocio familiar era por entonces uno de los restaurantes más importantes de Mar del Plata por aquellos años, “Chichilo, El Mago del Chupín”. Su padre y su tío, Floro Biondelli, eran los dueños del característico local de Mitre y la Costa. A “Chocho” se lo valoraba por ser un buen tipo, enfático, eso sí, y de carácter itálico. Era también el buen padre de Norma y de Francisco.

La tragedia que se apropiaría de la tapa de los diarios y sorprendería a toda la ciudad llegó de la mano de la primavera. A fines de septiembre de ese convulsionado año 1957 la madre de Micalizzi resultó víctima de un enfriamiento y como Varela era el médico de la familia, no dudaron en consultarlo. Varela había atendido ya al abuelo de Micalizzi, lo hacía en los últimos tiempos con el padre de Micalizzi (sufría una afección cardíaca) y ahora era el turno de la madre. Lo singular era que Varela jamás les cobraba y cada tanto, en agradecimiento, “Chocho” Micalizzi le acercaba pescado y mejillones.

“Más que el médico de la familia era un verdadero amigo de todos. Sentíamos verdadera veneración y respeto por Varela”, diría tiempo después Micalizzi ante el juez Horacio D’Angelo.

Varela, eminente y solidario, visitó en casa de los Micalizzi a la mujer enferma y, ante la necesidad de viajar a Buenos Aires, delegó en otro médico, Rodríguez Leiro, el seguimiento del cuadro clínico. Pero la mujer no mejoró y unos días más tarde, el propio Ramón Varela recomendó la internación en el flamante Sanatorio 25 de Mayo. La mujer entró en estado irreversible producto de lo que se diagnosticó como un coma diabético y falleció, desenlace que sorprendió a la familia Micalizzi.

La idea que rondó en torno a los Micalizzi fue que a la enferma le habían suministrado un medicamento que tenía desaconsejado por su diabetes. Por eso, cuando fue a saldar la cuenta de internación de su madre, Micalizzi se negó a pagar lo correspondiente a análisis clínicos y “químicos”.

Lo incomprensible

“Chocho” Micalizzi estaba decidido a pedir las explicaciones que el propio Varela le había prometido dar una vez el estado de congoja por la muerte fuera superado y ningún sentimiento perturbara la reflexión. Explicaciones médicas de parte de quién las conocía todas.

En la tarde casi noche del sábado 5 de octubre Micalizzi fue a pedir el teléfono al almacén y bar ubicado a pocos metros de su casa, en Olazabal e Ituzaingó. El aparato, uno de los pocos del barrio, estaba en la parte privada de la propiedad, en la cocina. Desde allí discó el número de la casa del doctor Varela. Quería pedirle si podía atenderlo ya que se sentía mal. Nervioso y sin dormir necesitaba algo para mejorar su estado. En verdad lo que deseaba era cerrar la historia de la muerte de su madre y saber si Varela había notado mala praxis en alguno de sus colegas. Según Micalizzi, algo así le había querido dar a entender Varela días atrás.

El llamado telefónico interrumpió la cena familiar en la casa de Catamarca 1773. Comían las pequeñas Silvia y Mónica junto a su madre Hebe y, en su lugar de siempre de la mesa, el doctor Ramón Varela. Al reconocer la voz de Micalizzi el médico le reclamó el horario del llamado y le pidió que esperara hasta el lunes. Micalizzi le insistió que estaba muy mal. Varela, en un gesto para nada inesperado, priorizó la salud de un paciente -aunque descontento por la intromisión- y, si bien en su casa tenía su consultorio, le dijo que mejor se dirigiera al sanatorio, que cerca de las 22 lo vería.

Micalizzi sacó el revólver que tenía en el bolsillo de su abrigo y realizó al menos tres disparos. Dos impactaron y causaron lesiones fatales.

Unos minutos antes de la hora pactada, Varela llegó y entró junto a Micalizzi. Se dirigieron al consultorio N°4 donde Varela, tras una breve evaluación, resolvió recetarle a Micalizzi unas píldoras calmantes. Hasta allí fue la consulta médica y luego llegó el tiempo de aclarar algunas intrigas y el doctor Varela, con su habitual mesura, dijo:

-Ah, Chocho, ahí me han dicho que la cuenta de los químicos no la querés pagar, y eso no está bien. Vos sabés que yo no cobro nada pero eso hay que pagarlo.

­-Mirá, yo estoy dispuesto a no pagar esos análisis de los químicos y además quiero preguntarte otra cosa, quiero que me digas qué quisiste decir esa noche cuando al salir de la habitación de mi madre hablaste de que ibas a hacer justicia.

El doctor Varela se tomó la barbilla y caminó pensativo por el consultorio. Un segundo después dijo lo que la propia Justicia entendió como el detonante:

-Mirá, con ese asunto de tu madre ya me tienen podrido.

“Se me nubló todo después y al día de hoy no me explicó lo que hice”, diría al juez D’Angelo.

Micalizzi sacó el revólver que tenía en el bolsillo de su abrigo y realizó al menos tres disparos. Dos impactaron y causaron lesiones fatales.

Tras dejar el sanatorio y entregar el arma en el bar “Pablito”, Micalizzi rumbeó hacia el negocio familiar de La Perla. Era sábado en Chichilo había muchos comensales en las mesas. Acudió a su tío Floro Biondelli en busca de qué apoyarse antes de decidir el llamado a la policía. Los Biondelli se aprestaban a una jornada de domingo de celebración, porque Floro hijo, primo de “Chocho” Micalizzi aunque varios años menor, tenía previsto tomar la comunión. Un aire de religiosa expectativa había ese sábado. Micalizzi, tal vez temblando, se confesó por segunda vez:

-Me parece que he herido al doctor Varela, voy a entregarme -le dijo a su sorprendido tío.

-¡Es una barbaridad! –respondió Floro Biondelli y usó esa palabra, “barbaridad”, que Micalizzi recordaría en su comparecencia.

Aceptó el consejo de esperar las novedades provenientes de la clínica y se fue de allí hacia la casa de una hermana. Esa fue la primera de tantas noches sin dormir.

Un ciudad impresionada

Mar del Plata amaneció conmocionada. La tapa de los diarios reflejaban la violenta muerte de un ciudadano ilustre. La ponderación de los valores de Varela se entremezclaba en los párrafos de una crónica policial que estaba cargada de desconcierto. ¿Un demente? ¿Un despechado? ¿Un paciente disconforme?

La investigación quedó a cargo del juez del crimen Carlos Cortinez Quiroga y de la policía, tanto del jefe de la Sexta Unidad Regional, inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno como del jefe de la brigada comisario Luis Barrera. Lo primero que se resolvió fue convocar a todos los testigos del sanatorio desde la telefonista hasta el esposo de una mujer internada pasando por enfermeras. Ellos habían visto al asesino y podían reconocerlo.

Con esa premisa, el diálogo que mantendrían los investigadores con la viuda de Varela fue determinante para unir cabos. Se necesitó paciencia para el abordaje a la familia de la víctima por el insoportable dolor de semejante pérdida. Pero la policía pudo perforar la congoja de la familia Varela y así conocer sobre el llamado telefónico durante la cena, sobre los reclamos de Micalizzi por la muerte de su madre y ello, sumado a las descripciones de los testigos, terminó por construir en solo 48 horas el bosquejo del asesino. Las horas siguientes corroboraron la desaparición de Micalizzi y entonces ya no quedaron dudas sobre su autoría. El dibujo se transformó en una foto que habrían de difundir los diarios.

Los ámbitos médico, político, deportivo y social de Mar del Plata estaban estupefactos. El Colegio Médico lloraba la injusta partida de su presidente, el sanatorio 25 de Mayo de uno de sus fundadores, el Atlántico Golf Club de su vicepresidente fundador y la Unión Cívica Radical de un afiliado de grandes condiciones políticas.

Precisamente, quienes desconocían el trasfondo exclusivamente clínico del móvil del crimen, pudieron haber conjeturado alguna motivación política. A mediados de 1957 el país tenía bombardeada su democracia tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón y el partido radical se enfrascaba en internas en busca del poder que habría de dirimirse con las elecciones de febrero. En Mar del Plata la fortaleza de la Unión Cívica Radical Intransigente se oponía a la Unión Cívica Radical del Pueblo. Tanto Varela como Micalizzi y el resto de su familia -los Biondelli- se identificaban con esta última corriente. Eran correligionarios pero en tiempos de disputas.

También el estupor llegó al Instituto Santa Cecilia, donde las autoridades escolares se vieron en la necesidad de hacer un cambio. A dos compañeras de grado debieron separarlas. Las insospechadas circunstancias lo obligaron. Norma Micalizzi fue pasada al turno tarde y una de las hermanas Varela quedó a la mañana. Las hijas de los protagonistas de la tragedia que impactaba a la ciudad compartían estudios en la institución religiosa de la Loma.

Los días transcurrieron sin novedades sobre el paradero de Micalizzi y otros testimonios, como el del responsable del bar “Pablito”, agregaron más prueba al expediente. La falta de un asesino entre rejas provocó ríspidas relaciones entre el Colegio Médico y la Policía, mientras se anunciaba que Micalizzi de un momento a otro se entregaría acompañado de un abogado.

La policía lo esperó y lo buscó. Hizo varios allanamientos, vigiló las casas de los familiares, se apostó en el restaurante con agentes incógnitos. El 25 de noviembre detuvo a un empleado de Casino al confundirlo con Micalizzi y en febrero del 58 una nueva pista reveló el lugar en donde podía ser encontrado. Pero fue una pista falsa.

Recién el 19 de agosto, más de 11 meses después y tras haber estado recluido en la casa de una hermana en Brandsen al 4200 y en Buenos Aires, Micalizzi fue ante el juez D’Angelo junto a su defensor Arturo Campos. Y contó todo.

Documento fotográfico del diario La Mañana cuando Micalizzi se entregó a la Justicia.

La vida después

En octubre del 58 el fiscal Carlos César Pascual solicitó la pena de 18 años de prisión para Micalizzi tras considerar como agravante “el vínculo de amistad personal existente con la víctima”. La condena impuesta se cumplió en distintos penales como el de Dolores y el de Sierra Chica pero no fue tan extensa. En el año 1967 “Chocho” Micalizzi, gracias a su excelente conducta, ya estaba en libertad y resultó beneficiario del honrado gesto de su tío Floro Biondelli, quien fuera el socio de su padre en el viejo Chichilo. Le ofreció trabajar en el aún existente restaurante a pesar de los nuevos tiempos y del surgimiento en el puerto de Mar del Plata de la cantina de frituras con el mismo nombre que se proyectaría hasta el día de hoy.

“Chocho” Micalizzi se reintegró al trabajo (llevó a un ex presidiario con él que también Biondelli aceptó) y trató de mantener a flote el negocio.

En el año 1970 Arturo Ilia llegó a Mar del Plata para reunirse con las principales referencias del radicalismo local. Floro Biondelli, radical de la primera hora e incluso integrante de la fundación del Comité de la calle San Martín, ofreció el restaurante para la charla del prócer radical. Ilia se ubicó en el centro de la mesa a la que también se sumaron el doctor Albano Honores y Domingo Cavalcanti, y más tarde el futuro intendente marplatense, Angel Roig. Biondelli se sentó junto a Ilia en un momento previo al acto y un fotógrafo captó la escena. Biondelli hablaba con Ilia y entre ellos, de gafas oscuras, José Micalizzi.

Micalizzi de anteojos en 1970. Foto Verónica Biondelli en Fotos de Familia.

“Chichilo, El Mago del Chupín”, aún con nuevo local en Castelli y Santa Fe, fue apagándose hasta su cierre poco tiempo después. La vida de Micalizzi también a causa de una enfermedad terminal a mediados de los ’70.

Tras el asesinato de su esposo, Hebe Aguerregoyen entró en un estado de luto férreo que la recluyó durante años allí en la casa de la calle Catamarca. Las pequeñas Silvia y Mónica crecieron fuertes gracias al apoyo de la numerosa familia Varela, principalmente, de su tío Francisco, y llegaron ambas a experimentar una vida de intensas emociones. Silvia se transformó, como su padre, en una eminencia en su materia: las Ciencias Económicas. Al día de hoy nadie supera su promedio en la Universidad Nacional de Mar del Plata donde recibió la Medalla de Oro y se convirtió en la primera en doctorarse. Ella y su madre Hebe fallecieron en Estados Unidos.

En aquel país reside Mónica porque allí se mudó tras enamorarse en Mar del Plata del fotógrafo Leonard MacAlpine, quien había visitado la ciudad en un intercambio estudiantil. Allí en Fremont, California, ha vivido la hija del doctor Varela.

En la clínica 25 de Mayo el consultorio 4, de la planta baja, quedó cerrado por un tiempo. La memoria del doctor Ramón E. Varela se instaló por siempre y se elevó hasta el sexto piso donde una placa de bronce lo recuerda y le da nombre a la biblioteca.

Fuentes consultadas

Familia Varela, Familia Micalizzi, Familia Biondelli, Sanatorio 25 de Mayo, Centro Médico Mar del Plata, Poder Judicial Mar del Plata, Declaración Indagatoria de José Micalizzi, Archivo Histórico Municipal, Archivo Diario La Capital, Diario El Atlántico, Diario La Mañana, Unión Cívica Radical Mar del Plata.

Otros artículos de Historia Criminal Marplatense

Verdad y leyenda sobre la muerte de un millonario

Aquella entrevista a Izaguirre hijo: “Yo soy inocente”

El asesinato de madrugada que paralizó a la pujante Mar del Plata en marzo de 1920

El triple homicidio que fue la tumba del más despiadado asesino de la región

Catalino Domínguez, el múltiple criminal de los campos bonaerenses

Te puede interesar

Cargando...
Cargando...
Cargando...