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La Ciudad 28 de julio de 2026

El “Messi del ajedrez” llega a Mar del Plata y la Selección sigue ganando el corazón de los argentinos

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

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Hace algunas semanas fue adelanto de esta sección. Ahora ya tiene confirmación oficial: Faustino Oro, el niño prodigio que el mundo bautizó como el “Messi del ajedrez”, estará en Mar del Plata el próximo jueves 6 de agosto, a las 11.30, para protagonizar una exhibición de partidas simultáneas en el Gran Hotel Provincial frente a 25 jugadores marplatenses. No se trata de una visita más. Con apenas una decena de años, Faustino dejó de ser una promesa para convertirse en un fenómeno internacional. Sus récords precoces, sus actuaciones frente a grandes maestros y la velocidad con la que escaló en el ranking mundial lo transformaron en una de las mayores atracciones del deporte argentino. Allí donde juega genera una convocatoria similar a la que despiertan las grandes figuras deportivas.

 

 

La elección de Mar del Plata tampoco parece casual. La ciudad tiene una larga tradición ajedrecística, fue sede de torneos internacionales memorables y mantiene una comunidad muy activa de clubes, escuelas y jugadores. La presencia del joven talento puede convertirse en un fuerte estímulo para cientos de chicos que practican la disciplina y una oportunidad para volver a poner al ajedrez en el centro de la escena deportiva local. La actividad forma parte de un programa que impulsa la Secretaría de Turismo, Ambiente y Deportes de la Nación, encabezada por Daniel Scioli, quien también estará en la ciudad acompañando la jornada. La iniciativa busca acercar a las grandes figuras del deporte a distintos puntos del país y utilizar esos encuentros como una herramienta de promoción, inspiración y desarrollo para las nuevas generaciones.

 

 

Las partidas simultáneas prometen ser el gran atractivo. No todos los días un puñado de ajedrecistas locales tiene la posibilidad de sentarse frente a frente con quien muchos especialistas consideran el mayor talento surgido en décadas. Más allá del resultado de cada tablero, la experiencia quedará grabada para quienes tengan el privilegio de enfrentarlo. En una ciudad que respira deporte durante todo el año, la llegada de Faustino Oro suma un acontecimiento diferente. No habrá tribunas repletas ni una pelota rodando. Habrá silencio, concentración y estrategia. Pero la expectativa es comparable a la que genera la visita de una estrella del fútbol. Después de todo, no todos los días el “Messi del ajedrez” decide mover sus piezas en Mar del Plata.

 

Se terminó el Mundial, se terminó el sueño del bicampeonato y, con el correr de los días, la pasión empezó a dejar lugar a la reflexión. Un informe especial de Giacobbe Consultores permite asomarse al humor social que dejó la derrota en la final y confirma algo que todos sentimos: la Selección perdió un partido, pero no perdió el cariño de los argentinos. Basta mirar algunos números. El 88 % quiere que Lionel Scaloni siga al frente del equipo y su imagen positiva continúa por encima del 92 %. Lionel Messi tampoco sufrió el desgaste que muchas veces acompaña a una derrota. Por el contrario, más de cuatro de cada diez argentinos quieren verlo llegar al próximo Mundial y casi otro 38 % prefieren que continúe al menos hasta la próxima Copa América. Son cifras que hablan de una confianza pocas veces vista en la historia del fútbol argentino. También resulta interesante comprobar cómo procesó la sociedad la derrota. Casi la mitad de los consultados, el 45,6 %, respondió con una explicación tan sencilla como contundente: España ganó porque jugó mejor. En tiempos en que las teorías conspirativas parecen tener lugar para todo, ese dato no deja de sorprender. Sin embargo, también aparecen otros argentinos que buscan razones fuera de la cancha: un 14,6 % cree que hubo una conspiración para impedir el bicampeonato; un 9,6 % sostiene que “al poder” no le convenía un nuevo título y otro 9,5 % relaciona la derrota con la polémica generada por la bandera de Malvinas que exhibieron los jugadores argentinos.

 

 

Ese último porcentaje merece una lectura aparte. Durante semanas, la bandera de Malvinas generó un intenso debate político y diplomático. Hubo críticas, apoyos y hasta quienes sostuvieron que el gesto podía traer consecuencias internacionales. La encuesta demuestra que ese episodio quedó instalado en una parte de la opinión pública, aunque claramente lejos de representar el pensamiento mayoritario. Quizás el dato más fuerte del informe no sea un porcentaje puntual, sino el clima general que transmite. La derrota no rompió el vínculo entre la gente y esta Selección. Después de ganar todo durante casi un lustro, el equipo de Scaloni parece haber construido algo mucho más sólido que una colección de títulos: una legitimidad que resiste incluso cuando no se levanta la copa. Y eso, en un país donde solemos pasar del aplauso al reproche en cuestión de horas, no deja de ser toda una noticia. Porque esta vez los argentinos parecieron entender que perder una final no borra una historia extraordinaria. A veces, el verdadero campeonato también se juega en la memoria colectiva.

 

 

Y a propósito, cuando se apagan las luces de un Mundial, quedan los goles, las atajadas, las polémicas y el campeón. Pero detrás de esas imágenes que recorren el planeta hay otro campeonato, mucho menos visible, que también merece un trofeo: el de la organización. Y las cifras que acaba de difundir la FIFA permiten dimensionar una maquinaria que parece más cercana a una misión espacial que a un torneo de fútbol. La Copa del Mundo 2026 movilizó durante 39 días una estructura sin precedentes. Fueron 104 partidos disputados en 16 ciudades de tres países, con 645 sedes oficiales, 48 centros de entrenamiento, 1.248 futbolistas y una asistencia acumulada superior a 6,8 millones de espectadores. Detrás de ese espectáculo trabajaron casi 300.000 personas acreditadas, entre ellas, 43.000 voluntarios, 73.700 efectivos de seguridad y 2.500 empleados de la FIFA, provenientes de 104 nacionalidades. La logística fue tan gigantesca como silenciosa. Las selecciones realizaron 11.337 traslados a lo largo del torneo y para que las canchas presentaran un estado impecable se utilizaron 300.000 metros cuadrados de césped cultivado especialmente para estadios y campos de entrenamiento. Solo los sistemas de acreditación procesaron más de cinco millones de ingresos, mientras que el operativo de seguridad demandó más de un millón de turnos.

 

 

Pero si hay cifras que ayudan a imaginar la dimensión del evento son las vinculadas al consumo. En apenas 39 días se vendieron casi 675.000 panchos dentro de los estadios. Puestos uno detrás de otro, ocuparían unos 135 kilómetros, una distancia equivalente a alinear más de 1.350 canchas de fútbol. A eso se sumaron 4,6 millones de gaseosas y aguas minerales y 5,5 millones de cervezas, un dato que explica por qué el negocio gastronómico se convirtió en uno de los grandes protagonistas del torneo. La tecnología también jugó su propio Mundial. El Centro Internacional de Radio y Televisión instalado en Dallas operó como una verdadera ciudad dedicada a la comunicación. Se utilizaron 5.000 cámaras, se produjeron más de 24.000 contenidos audiovisuales y miles de profesionales trabajaron para que cada imagen llegara en tiempo real a todos los rincones del planeta. La fiesta tampoco terminó en los estadios. Los FIFA Fan Festivals reunieron a más de nueve millones de personas en distintas ciudades de Norteamérica y la organización envió 7,7 millones de correos electrónicos y 2.300 comunicaciones por WhatsApp para orientar a los hinchas durante el desarrollo de la competencia. Solemos medir un Mundial por los goles convertidos, las atajadas memorables o los títulos obtenidos. Sin embargo, las cifras demuestran que el mayor desafío empieza mucho antes del pitazo inicial. Porque para que 22 jugadores entren a una cancha durante 90 minutos fue necesario poner en movimiento a cientos de miles de personas, millones de espectadores y una infraestructura monumental.

 

 

Como fanático de Star Wars, y tras haber adquirido un par de muñecos más para su colección en el marco de la 7° Toy Con 2026, la Convención Internacional de Cultura Pop, el colega televisivo se trasladó este domingo hasta los salones del Provincial, donde se concretó la Mar del Plata Coffee Cup, la exposición de café de especialidad más importante de Argentina. Allí, tras una informal charla con el gerente del hotel, Santiago Molteni, leyó con avidez el artículo del New York Times que acababa de enviarle por WhatsApp su amiga y colega Patricia Muñoz desde Estados Unidos. Argentina perdió la final del Mundial y, casi de inmediato, empezó otro partido. Uno mucho más incómodo. Ya no en una cancha, sino en las redes sociales, en programas de televisión, en declaraciones de celebridades y hasta en algunos ámbitos políticos. De golpe, la discusión dejó de ser un penal, una expulsión o una pelea al final del encuentro. El debate pasó a ser el país entero. El prestigioso diario The New York Times publicó una extensa crónica sobre el fenómeno y el título ya marca el tono: “Ante una oleada de críticas, los argentinos tienen algo que decir”.

 

 

El artículo reconoce que hubo hechos imposibles de defender. Los cantos racistas que volvieron a circular, los insultos de algunos hinchas y la escandalosa pelea protagonizada por futbolistas argentinos tras la final frente a España son mencionados como episodios que alimentaron una condena internacional. Pero el diario también plantea otra cuestión: una cosa es cuestionar conductas concretas y otra muy distinta es convertir a un país entero en una caricatura. Y ahí aparece un debate mucho más profundo. Durante los últimos días, actores como Samuel L. Jackson, el comediante Eric André y distintas figuras internacionales compartieron publicaciones calificando a la Argentina como uno de los países más racistas del mundo. Incluso surgieron campañas para excluir al seleccionado de futuras competencias. La reacción en la Argentina fue inmediata. Hubo autocrítica por los hechos ocurridos, pero también rechazo a lo que muchos interpretaron como una estigmatización generalizada. El Times recoge opiniones de periodistas, investigadores y organizaciones antirracistas argentinas que reconocen que el país tiene problemas pendientes en materia de discriminación, como ocurre en gran parte del mundo, pero rechazan que eso justifique reducir toda una sociedad a una etiqueta.

 

 

Uno de los datos más interesantes que aporta la nota proviene de la Encuesta Mundial de Valores. Según esa investigación internacional, Argentina figura entre los países donde menor porcentaje de personas manifiesta rechazo a tener como vecino a alguien de otra raza o a un inmigrante. No significa que el racismo no exista. Significa que la realidad es bastante más compleja que un hashtag. También recuerda algo que suele olvidarse: durante más de un siglo Argentina construyó una política migratoria particularmente abierta, con acceso relativamente amplio a la educación pública, la salud y mecanismos de residencia que muchos países desarrollados jamás ofrecieron. Nada de eso borra las deudas históricas con las comunidades afrodescendientes o los pueblos originarios. Pero sí invita a escapar de las simplificaciones. Quizás ese sea el verdadero aprendizaje que deja este episodio. Las redes sociales funcionan cada vez más como tribunales globales. Dictan sentencia en pocos minutos, casi nunca admiten matices y suelen convertir hechos puntuales en condenas colectivas. “El fútbol despierta pasiones pero también exageraciones”, refería el colega. Y si algo demuestra esta historia es que después de perder una final, Argentina no solo tuvo que procesar una derrota deportiva. También tuvo que defender su identidad frente a un mundo que, por momentos, pareció mucho más interesado en juzgar que en comprender.