El Mundial de las apuestas online que generan adicción entre los jóvenes, y de políticos, Maradona y Messi
Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.
Mientras millones de personas siguen el Mundial de fútbol, otra competencia se juega en paralelo. No aparece en las tablas de posiciones ni en los resúmenes deportivos. Tampoco tiene árbitros ni tiempo suplementario. Pero crece partido tras partido. Es la expansión de las apuestas online entre adolescentes y jóvenes. La escena ya forma parte de la vida cotidiana. Un grupo de amigos sigue un partido desde el celular. Pero no discute si una selección juega bien o mal. La conversación gira alrededor de cuánto paga el empate, quién convertirá el próximo gol o cuántos córners habrá antes del final. El fenómeno no nació con el Mundial, pero el Mundial lo multiplica. “El Mundial no creó la ludopatía juvenil ni el crecimiento de las apuestas online. El problema venía desarrollándose desde mucho antes”, advierte Walter Martello, defensor del Pueblo adjunto bonaerense. Según sostiene, los grandes eventos deportivos funcionan como amplificadores de una realidad que ya estaba instalada: la naturalización de las apuestas como una forma más de entretenimiento, incluso entre menores de edad.

Los números explican por qué la preocupación dejó de ser una cuestión marginal. Se estima que el mercado del juego mueve en Argentina unos 6.400 millones de dólares anuales y que existen alrededor de 4,6 millones de apostadores online activos. Estudios recientes indican que uno de cada cuatro adolescentes ha realizado alguna apuesta online y que ocho de cada diez estudiantes consultados tuvieron algún tipo de contacto con plataformas de juego. El dato más inquietante es otro: la mitad de los jóvenes que apostaron reconoció haber recibido ayuda de adultos para abrir o utilizar cuentas. Es decir, el problema no ocurre en un universo paralelo. Ocurre dentro de las casas. Las plataformas encontraron una combinación perfecta. El celular garantiza acceso permanente. Las redes sociales ofrecen promoción constante. El fútbol aporta audiencias masivas. Y la promesa de ganar dinero rápido completa el círculo.

La lógica resulta especialmente seductora en un contexto económico complejo, en el cual muchos jóvenes perciben que el trabajo, el estudio o el ahorro ofrecen recompensas lejanas, mientras las apuestas prometen resultados inmediatos. Sin embargo, detrás de cada ganancia ocasional existe un negocio construido sobre las pérdidas de miles de usuarios. Las consultas vinculadas al juego problemático crecieron de manera exponencial durante los últimos años. Las familias comienzan a detectar señales que van desde el aislamiento y la ansiedad hasta deudas inesperadas y dificultades económicas cada vez más difíciles de controlar. Martello sostiene que no se trata de una moda pasajera ni de un problema atribuible únicamente a decisiones individuales. “Estamos frente a un fenómeno social complejo que involucra factores tecnológicos, económicos, culturales y regulatorios”, señala. Y allí aparece la discusión de fondo. Mientras las campañas públicas alertan sobre distintas adicciones, las plataformas de apuestas continúan ocupando espacios centrales en camisetas deportivas, transmisiones televisivas, redes sociales y contenidos consumidos masivamente por adolescentes. La regulación avanza mucho más lento que el negocio. Los controles para impedir el acceso de menores siguen mostrando fisuras evidentes. Los proyectos legislativos para restringir la publicidad avanzan con dificultad. Y la prevención todavía parece correr detrás de los acontecimientos.

Por eso la discusión excede largamente al Mundial. “No estoy en contra del entretenimiento ni de la fiesta del fútbol. Estoy en contra de que esa fiesta se convierta, sin que nadie lo note, en la puerta de entrada a una adicción que puede arruinarle la vida a nuestros hijos, nietos y sobrinos”, revelaba el diputado provincial Diego Garciarena, en una columna publicada en LA CAPITAL. El legislador marplatense, autor de un proyecto de ley que propone tres ejes concretos contra este nuevo flagelo, insiste en que las propuestas están. Lo que falta es la decisión política de convertirla en ley y, después, la voluntad de hacerlas cumplir. No hay tiempo que perder –resaltó–, ya que cada día sin una regulación efectiva es un día más de chicos expuestos a un riesgo que ya está documentado y que todavía estamos a tiempo de evitar”. El Mundial y la Scaloneta convocan a todos. Dentro de algunas semanas habrá un campeón. La Copa cambiará de manos y la atención pública se desplazará hacia otro tema. Lo que permanecerá será una realidad mucho menos visible: miles de adolescentes expuestos diariamente a una industria que convierte el juego en hábito y el riesgo en entretenimiento. La pelota dejará de rodar. La pregunta es si la sociedad llegará a tiempo para reaccionar antes de que las apuestas terminen ocupando un lugar tan natural en la vida de los jóvenes como hoy ocupa el fútbol.

Se quejaba el más veterano del grupo, mientras el vermouth y la picada reavivaban el encuentro de cada domingo al mediodía, de la nueva modalidad de festejo en el monumento a San Martín cada vez que gana la Scaloneta. “Es una locura. Te aparecen cien motos con los escapes libres y parece que van a explotar. No se escucha otra cosa. Parece que estuvieras en Irán. No voy más”, se lamentó casi en el cierre de la reunión, cuando obviamente la charla giró en torno a los triunfos y sufrimientos de la selección, y lo que viene este miércoles en la semifinal ante Inglaterra. “Era mi partido soñado. Vendería el auto para poder ir, pero no quiero ser mufa. Ya veo que voy y perdemos. Me quedaré pariendo frente a la tele”, reveló el periodista. Coincidió el político, quien prefirió no ir, no por cábala, sino para evitar cualquier tipo de escrache, según reconoció. “El horno no está para bollos y si aparecés en una foto en un estadio de Estados Unidos, te prestás a que te fusilen en redes sociales. No da para ir”, se sinceró antes de comentar los resultados de una encuesta recién salida del horno, de Giacobbe y asociados. El informe nacional realizado entre el 30 de junio y el 6 de julio sobre 2.500 casos deja varias conclusiones que seguramente ya están siendo analizadas tanto en la Casa Rosada como en los despachos de la oposición…

La primera tiene que ver con el bolsillo. Más de la mitad de los argentinos, el 54,7%, considera que la economía está empeorando. Apenas un 16,6% asegura sentir una mejora concreta y otro 19% cree que la situación está mejorando, aunque todavía no la percibe en su vida cotidiana. Es decir, el optimismo económico existe, pero sigue siendo minoritario y, sobre todo, no termina de llegar al bolsillo de la mayoría. Ese dato explica buena parte del clima social. Después de más de dos años y medio de gestión libertaria, la economía continúa siendo el principal examen del Gobierno. Los números macroeconómicos pueden mostrar señales alentadoras, pero la percepción cotidiana sigue siendo mucho más dura. Sin embargo, aparece una paradoja interesante. Aunque la evaluación económica continúa siendo negativa, Javier Milei mantiene un núcleo importante de respaldo político. Según el estudio, el Presidente registra una imagen positiva del 37,5%, mientras que la negativa alcanza el 56,9%. No son números cómodos, pero tampoco representan un derrumbe para un gobierno que continúa aplicando un fuerte ajuste y que sostiene buena parte de su capital político en la expectativa de que la recuperación económica termine llegando.

El otro dato político que sobresale es la incorporación de Diego Santilli como jefe de Gabinete. La decisión, que modificó el tablero político nacional y profundizó el acercamiento entre La Libertad Avanza y un sector del PRO, parece haber sido bien recibida o, al menos, no despertó rechazo social. El 37,6% considera que su nombramiento es positivo para el Gobierno, mientras que el 43,9% cree que no cambia demasiado. Apenas el 17,4% entiende que perjudica a la administración nacional. Traducido al lenguaje político, la jugada no tuvo costo. Y eso ya representa una buena noticia para un Gobierno que necesitaba mostrar amplitud y capacidad de sumar dirigentes con experiencia de gestión. El informe también deja una fotografía interesante sobre los principales dirigentes nacionales. Patricia Bullrich continúa siendo una de las figuras con mejor desempeño dentro del oficialismo ampliado, mientras que Mauricio Macri mantiene niveles elevados de rechazo, aunque conserva un núcleo importante de imagen positiva. Cristina Kirchner, Axel Kicillof, Victoria Villarruel y Máximo Kirchner presentan, con distintos matices, saldos negativos de imagen.

Pero probablemente la pregunta más curiosa del trabajo sea otra, completamente alejada de la coyuntura política. Y fue lo que más polémica generó en la mesa. Cuando Giacobbe preguntó a quién se parecen más los argentinos en cuanto a sus valores y forma de ser, el resultado sorprendió: el 57,4% respondió que a Diego Maradona y el 39,4% eligió a Lionel Messi. La respuesta parece esconder mucho más que una preferencia futbolística. Maradona continúa representando, para buena parte de los argentinos, la rebeldía, la pasión, la improvisación y la intensidad. Messi, en cambio, simboliza el esfuerzo silencioso, la disciplina y el trabajo sostenido. En otras palabras, aun después de la conquista de dos Copas América y un Mundial bajo el liderazgo de Messi, los argentinos siguen creyendo que, en el fondo, se parecen más a Maradona que al capitán de la Scaloneta. Una definición que, quizás, también ayude a explicar por qué la política argentina sigue siendo tan imprevisible.

Siguiendo con las “comilonas”, dicen que una de las mesas más concurridas de las últimas semanas no está en ningún comité ni despacho. Está en Parrilla Jorgito, un clásico marplatense donde el fútbol, la política y las historias de la ciudad suelen compartir mantel. Allí, convocados por la familia Salvador y el exconcejal radical José Conte, vienen coincidiendo dirigentes, exfuncionarios, militantes y viejos referentes boina blanca de distintas generaciones. El menú cambia poco. Asado, sobremesa larga y mucha charla sobre el presente y el futuro de Mar del Plata. En varias de esas reuniones también participó el senador nacional Maximiliano Abad, que se presta al intercambio sin demasiados protocolos y escucha anécdotas de quienes conocen la historia política local desde hace décadas. Entre café y café, aseguran algunos ‘habitués’, apareció más de una vez la pregunta sobre quiénes estarán en la conversación grande de cara a 2027. Y no fueron pocos los que mencionaron a Abad. “Tiene experiencia, conoce la ciudad y hoy si bien juega en otra liga, siempre trabajó pensando en Mar del Plata”, resumió uno de los comensales, mientras otro recordaba su recorrido desde la militancia universitaria hasta el Senado de la Nación. Nadie habló de candidaturas. O, al menos, nadie lo hizo en voz alta. Pero quienes frecuentan esa mesa aseguran que hacía tiempo no veían coincidir a tantos radicales de distintas épocas alrededor de un mismo nombre. Y en política, muchas veces, las conversaciones empiezan bastante antes que las campañas.

