Por Diego Garciarena
Empezó el Mundial. En millones de hogares argentinos, la pelota vuelve a unir generaciones frente a la pantalla disfrutando de las proezas de Leo Messi y el liderazgo de Lionel Scaloni. Pero junto con la alegría del fútbol que se respira en muchos ambitos, crece en silencio un fenómeno que ya no podemos seguir mirando de costado: la exposición cada vez mayor de niños, niñas y adolescentes a las apuestas online. En efecto, gol tras gol, partido tras partido, hay una problemática que crece y se cierne sobre cada vez más familias.
Los datos no dejan margen para la liviandad. La investigación “Apostar no es un juego”, dirigida por el docente universitario Martín Romeo, relevó más de nueve mil casos en todo el país y encontró que cuatro de cada diez jóvenes de entre 15 y 29 años ya apostaron online o lo hicieron recientemente. El propio Romeo describió la situación como una “bomba de tiempo”, porque las apuestas tienen un impacto directo sobre la salud mental de los chicos.
A nivel general, el Observatorio de Adicciones y Consumos Problemáticos señala que el 30% de la población argentina tiene algún vínculo con las apuestas, y que 7 de cada 100 personas ya son consideradas adictas. Pero hay un dato que debería encender todas las alarmas: mientras a un adulto le puede tomar hasta siete años convertir el hábito de apostar en una adicción, a un adolescente le alcanza con dos. La ventana de exposición es corta, y la velocidad con la que un chico puede caer en un consumo problemático es enorme.
A esto se le suma un problema estructural: el 80% de las apuestas en la Argentina son ilegales, y apenas el 20% se realiza en plataformas reguladas. Eso significa que la inmensa mayoría de los chicos y chicas que apuestan lo hacen sin ningún control real de edad ni verificación de identidad, muchas veces desde la misma billetera virtual donde sus padres les transfieren la plata del colectivo o la merienda.
El fútbol, lamentablemente, es la principal puerta de entrada. Cada partido transmitido viene acompañado de publicidades de casas de apuestas, cuotas en vivo y promociones de “plata gratis” para el primer registro. Un Mundial multiplica esa exposición: más partidos, más pantallas encendidas, más chicos mirando televisión o el celular durante horas. No estoy en contra del entretenimiento ni de la fiesta del fútbol. Estoy en contra de que esa fiesta se convierta, sin que nadie lo note, en la puerta de entrada a una adicción que puede arruinarle la vida a nuestros hijos, nietos y sobrinos.
Por eso, el año pasado presenté un proyecto de ley que propone tres ejes concretos. Primero, verificación biométrica obligatoria para acceder a cualquier plataforma de apuestas, de manera que tildar “tengo más de 18 años” con un clic deje de ser suficiente. Segundo, controles reales y efectivos para impedir el acceso de menores, incluyendo la interconexión entre plataformas y billeteras virtuales. Tercero, regulación estricta de la publicidad de apuestas en medios y redes sociales, siguiendo el camino que ya recorrió España, que prohibió el sponsoreo en clubes y eventos deportivos y la difusión de mensajes de influencers dirigidos a menores, con resultados concretos.
Las propuestas están. Lo que falta es la decisión política de convertirlas en ley y, después, la voluntad de hacerlas cumplir. Hoy hay más de una decena de proyectos distintos dando vueltas en la Cámara de Diputados sobre este mismo tema. Esa dispersión también es parte del problema: mientras discutimos en compartimentos separados y no somos escuchados por las autoridades gubernamentales, los chicos siguen apostando todos los días.
Pero ninguna ley, por más completa que sea, alcanza si no la acompaña el otro pilar de esta lucha: la familia. El Estado puede y debe regular, controlar y sancionar. Pero el primer control, el más cercano, lo ejercen los padres, las madres, los hermanos mayores, los abuelos, los tíos y los primos. Esa red afectiva que rodea a cada chico es insustituible. Hace falta hablar del tema en casa, prestar atención a qué aplicaciones tiene el celular, no naturalizar que “es solo un juego”. La salud y la perspectiva de crecimiento sano de toda una generación están en juego, literalmente.
Que el Mundial sea lo que tiene que ser: un fenómeno deportivo que nos une como país. Y que la lucha contra la ludopatía infantil sea, también, un partido que juguemos en equipo entre el Estado en todos sus niveles y cada familia bonaerense y cada familia argentina. No hay tiempo que perder: cada día sin una regulación efectiva es un día más de chicos expuestos a un riesgo que ya está documentado y que todavía estamos a tiempo de evitar.
El autor es el presidente del bloque de diputados UCR + Cambio Federal de la Provincia de Buenos Aires
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