Por Stella Barbuzzi de Suarez y Marcela Stewart de Tovo*
Vivimos un momento de transformación extraordinaria. La Inteligencia Artificial avanza a una velocidad que desafía muchas de nuestras certezas. Cambian las profesiones, las formas de comunicarnos, de producir conocimiento y de resolver problemas.
Frente a esta realidad, quienes nos dedicamos a la educación debemos volver a una pregunta esencial: ¿cuál es hoy el verdadero propósito de educar?
Durante mucho tiempo, educar estuvo asociado fundamentalmente con transmitir conocimientos. Hoy eso ya no alcanza. El conocimiento sigue siendo indispensable y una sólida formación académica continúa siendo una responsabilidad irrenunciable.
Pero, cuando la información está disponible de manera casi instantánea y una herramienta de Inteligencia Artificial puede procesarla, organizarla y generar respuestas en segundos, cobra aún más importancia aquello que una persona es capaz de hacer con ese conocimiento: comprenderlo, cuestionarlo, relacionarlo, aplicarlo y utilizarlo con criterio y propósito.
Por eso, además de preguntarnos qué necesitan saber nuestros alumnos, debemos preguntarnos qué clase de personas queremos ayudarlos a ser.
Pilares
En Holy Trinity College definimos la educación apoyada en tres grandes pilares: el desarrollo personal, una formación académica sólida y el compromiso con los demás y con el mundo.
El primer pilar supone ayudar a cada chico a conocerse, descubrir sus talentos e intereses y desarrollar curiosidad, creatividad, iniciativa, capacidad de reflexión e integridad. También implica aprender a asumir desafíos, equivocarse, revisar una idea y volver a intentarlo.
La educación debería abrir caminos para que cada joven pueda descubrir qué lo apasiona y dónde puede desplegar mejor sus capacidades.
El segundo pilar es académico. Lejos de perder importancia frente a la Inteligencia Artificial, el conocimiento riguroso se vuelve todavía más necesario. Para formular buenas preguntas, interpretar una respuesta o detectar un error, primero hay que saber.
Necesitamos una educación amplia, que integre idiomas, ciencias, tecnología, arte, diseño, debate, deporte y bienestar, y que enseñe a establecer conexiones entre disciplinas.
El tercer pilar es formar ciudadanos abiertos al mundo y comprometidos con los demás. Jóvenes empáticos, responsables, generosos y conscientes de que forman parte de una comunidad local y, al mismo tiempo, de un mundo profundamente interdependiente.
En definitiva, estos tres pilares deberían ayudarlos a responder preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿qué puedo aprender y crear?, ¿qué puedo aportar a los demás?
Pero estos propósitos no pueden quedar solamente expresados en un ideario. Tienen que vivirse a través de experiencias día a día.

Problemas reales
Educar para un mundo incierto significa exponer a los chicos a problemas reales, invitarlos a debatir los grandes temas de su tiempo y sumarlos a la búsqueda de posibles soluciones, como el cambio climático, la desigualdad, la convivencia, el impacto de la tecnología o las necesidades de su propia comunidad pueden transformarse en verdaderos escenarios de aprendizaje.
Frente a esos desafíos, los alumnos deben aprender a investigar antes de opinar, escuchar perspectivas diferentes, argumentar, trabajar colaborativamente, diseñar propuestas y llevar sus ideas a la acción.
Así, los conocimientos dejan de ser compartimentos aislados y se convierten en herramientas para comprender e intervenir responsablemente en la realidad.
En este contexto, hay una capacidad que se vuelve esencial: aprender a pensar. Cuanto más poderosas sean las herramientas a nuestra disposición, más importante será desarrollar pensamiento propio.
Nuestros chicos necesitan aprender a analizar la información que reciben, contrastar fuentes, reconocer sesgos, distinguir hechos de opiniones, evaluar evidencias y construir sus propias conclusiones.
En una época en la que la IA puede producir una respuesta convincente en segundos, los maestros y profesores tenemos la responsabilidad de enseñarles a los chicos a no aceptar una respuesta simplemente porque parece correcta.
Quizás el desafío ya no sea solamente enseñar a encontrar respuestas, sino también enseñar a formular mejores preguntas.
El pensamiento crítico, sin embargo, no es suficiente por sí solo. Debe estar acompañado por una sólida formación ética que permita preguntarse no solamente qué puedo hacer, sino también qué debo hacer, para qué y a quiénes afectan mis decisiones.
Y junto con esa dimensión ética necesitamos cultivar una profunda conciencia solidaria y generosa: jóvenes sensibles a los problemas de los demás y dispuestos a comprometer su tiempo, sus talentos y su energía para mejorar la vida de otros. La solidaridad no debería enseñarse únicamente como un concepto; necesita experimentarse.
Esta manera de entender la educación tendrá una expresión concreta en Mar del Plata en abril de 2027. Alrededor de 150 estudiantes de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Rumania, Alemania, Australia, Colombia y Buenos Aires se reunirán durante una semana en la “Round Square Conference Leaders for Change”.
Jóvenes de diferentes culturas compartirán experiencias, debatirán desafíos actuales y participarán en proyectos de servicio. Habrá espacios para escuchar, debatir, trabajar en equipo, enfrentar desafíos y transformar ideas en acciones concretas.
También será una oportunidad para aprender haciendo y aprender del otro, comprendiendo que liderar no consiste solamente en dirigir, sino también en involucrarse, colaborar, servir y asumir responsabilidad por el mundo que compartimos.
Ese es, precisamente, uno de los objetivos de “Leaders for Change”: que los jóvenes comprendan que los grandes desafíos de nuestro tiempo no se resuelven desde una sola mirada ni desde un aula aislada sino que requieren pensamiento crítico, creatividad, empatía, capacidad de diálogo y, sobre todo, disposición para actuar.
Así, la conferencia refleja también el desafío que tenemos hoy como educadores frente a la IA: desarrollar aquello que nos hace esencialmente humanos para pensar con criterio, crear con imaginación, elegir con conciencia, relacionarnos con empatía y poner nuestros talentos al servicio de los demás.
No sabemos exactamente cómo será el mundo en el que vivirán estas nuevas generaciones, cuáles serán muchas de sus profesiones, ni qué nuevos desafíos deberán enfrentar. Pero podemos, sin dudas, vislumbrar qué clase de personas queremos ayudarlos a ser.
*Directoras Generales de Holy Trinity College
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