Policiales

El secreto que todos conocían de los animales salvajes en Balcarce

Roberto Flores el dueño del campo Los Aromos de Balcarce donde el martes la policía descubrió 301 animales salvajes, entre ellos tigres de bengala, pumas, búfalos, muflones y ciervos. La increíble historia de un lugar y una situación que no eran ignorados por mucha gente en la zona.

Por Fernando del Rio

BALCARCE.- “Al tigre le puse ‘Miau’ y ahora tiene las garras grandes, pero de cachorro se me subía a la falda y al pecho mientras yo tomaba mate. ¡Mire que no lo voy a querer! ¿Cómo son capaces de decir que los maltrato?”

Roberto Flores es el Viejo Flores y habla así, con el desparpajo ingenuo de los hombres de tierra. Tiene 67 años, una discapacidad motriz y esa angustia que lo atraviesa por estos días. “Usted no sabe el dolor que siento en el pecho. A mí me conocen todos acá en Balcarce. Desde los allanamientos que me siento mal y ahora me enteré que algunos quieren hacer una marcha a favor mío”, aclara en su charla con LA CAPITAL.

Su campo Los Aromos, a 10 kilómetros de Balcarce, se llenó de patrulleros el miércoles. Pensó que era una de las tantas visitas que le hacían para ver sus animales, aunque sospechó de algo peor por la cantidad de policías y otros móviles. “Te venimos a allanar Flores te hicieron una denuncia y perdiste”, dice que le dijo uno de los policías que conocía.

Cuando el personal de Patrulla Rural, Control Ambiental del Ministerio y la Policía Federal ingresó unos pocos metros por el camino de tierra vio lo que todos desde lejos veían: muflones, ciervos, antílopes, pavos reales. Pero ya en el montecito, al reparo de cañas y dentro de jaulas, el tesoro oculto en la figura de una pareja de tigres de bengala y una familia de pumas.

Flores con su tigre.

“Me gustan los bichos, es mi hobby como se dice. Yo no escuendo nada”, recuerda Flores que les dijo a los policías que empezaban con el allanamiento y que al final reveló la presencia de más de 300 animales salvajes en clara infracción a la ley de fauna silvestre. “Estoy jodido –se resigna- y sé que perdí. Siempre hice esto por amor a los animales y no hay documentación porque cuando quise hacerlo todo bien me salía un platal. Y la verdad es que yo no tengo. Yo vivo de mis lechones, de los huevos, no ando comerciando con los bichos”.

Cuando se le pregunta por el control veterinario de los animales, Flores rechista y expone: “Estos animales tienen que estar desparasitados y bien alimentados. Yo mismo les doy las pastillas y si se me agusana alguno, yo soy también el que los cura”.

La historia del ciervo dama

El Viejo Flores vivió siempre en Colonia Balcarce y formó familia en el campo Los Aromos. Cierta tarde de fines de los ’80 un paisano de la zona de Vela le regaló un ejemplar de macho de ciervo dama. Lo cuidó hasta que creció y se lo pidieron para hacer servir a una cierva. A cambio de ese favor le regalaron una yunta de muflones. Y ahí comenzó todo.

“Los muflones se reproducen como ovejas y por eso hoy tengo 150. Son bravos, se matan entre ellos a los topetazos, te tiranos los postes de los alambrados. Con los ciervos pasó algo así. Me dieron tres hembritas, las empecé a criar, después las hice servir y son animales que me gustan. Tengo 48 y muchos pichones. Tengo que tener cuidado con los zorros. Esos son unos malditos”, describe Flores.

Flores cuando todo recién comenzaba. Con una cría de ciervo.

Durante los años en los que los animales fueron ocupando una parte de las 68 hectáreas la familia solo accedía a los animales. “Los hijos y después los nietos los disfrutaron mucho. Porque ¿vio que hay algunos que tienen emoción para ir a pescar?, bueno yo tengo emoción para criar estos animales”, dice Flores mientras se escucha de fondo a su esposa que le ayuda con la memoria.

“Estoy usando el teléfono de ella porque el mío se lo llevaron en el allanamiento. Fue jodido que los policías me preguntaran por qué tenía tantos perros. Uno me dijo que yo engordaba a los perros para darle de comer al tigre y a los pumas. Me calenté más que la mierda. Yo a los perros los quiero. No me ensucien al pedo, les dije, mire que le voy a dar de comida perro. Todos los días voy al frigorífico, porque los pumas y los tigres necesitan comer hueso y carne. Ellos me dan todo el desperdicio”, señala.

En el Frigorífico Municipal el Viejo Flores es conocido. Llega todos los días o como mucho cada dos. Entonces se lleva las vísceras, la pajarilla y los fetos. “Es que a veces llegan vacas preñadas –explica Flores-. Todo eso me sirve. ¿Cómo le voy a dar perro? Tengo 17 perros en mi campo”.

Los demás animales son herbívoros y lo que sobra en Los Aromos es pastura. El Viejo Flores los ve pastar todo el tiempo como también pueden verlos los que pasen por el camino de tierra. Están a 200 metros y eso es una tentación para algunos. “Sabe la de animales que me han baleado, que me han matado? La otra vez me mataron un ciervo y le cortaron la cabeza y me dejaron el resto del cadáver”, remarca con enojo.

Un tigre, una puma y la imprudencia

Cuando se naturaliza tener animales salvajes criados en una casa particular, todo lo demás se torna afectivo y la noción de ilegalidad se pierde. Eso es lo que da a entender en otras palabras el Viejo Flores cuando cuenta todo eso como cualquier mortal contaría la compra de un nuevo televisor.

“Hace unos años atrás –dice― apareció una cachorrita de puma. Creo que la llevaron a un par de lugares y terminó en el zoológico de Sierra de los Padres, donde no la podían tener. Como yo soy conocido en la zona me dijeron si la podía cuidar y yo me la quedé.  Cuando se alzó me prestaron un puma macho y la hice servir. Parió a cuatro, mató a uno y me quedé con los demás. Al año los hijos ya estaban pariendo. Por eso llegué a diez ya. Son animales delicados”.

El tigre Miau jugando con los perros en Los Aromos.

La historia de “Miau”, el tigre de bengala conocido desde hace un par de días porque su imagen durante el allanamiento recorrió todo el país, es, sobre todo, clandestina. Cuenta Flores que por el camino de tierra cierto día se detuvo un camión que solía ir a un campo cercano. Al camionero le gustaba ver los animales y un día se animó a hablarle al Viejo Flores: “Me dijo, Veo que tiene animales. Sí, yo andaba a caballo y con dos búfalos, ¿vio? Resulta que me dijo si no quería un tigre. ¿Un tigre?, le dije yo medio asombrado y pensando que me estaba tomando el pelo. Sí, me respondió y luego me dijo que le habían dado uno y que su señora no lo quería criar. Me dijo que había que darle leche, yema de huevo, ponerle manteca, todo eso para suplantar la grasa que viene en la leche de la tigresa”.

El camionero era de Córdoba y como el Viejo Flores se había entusiasmado con la idea del tigre, a los veinte días regresó. “Ahí estaba el enano ese, todo chueco, peludo y que hacía un ruido raro. Yo le dije, este se me muere. Y él me dijo, no, dele la leche como yo le digo. Y creció sano. Se recuperó y vivió en la cocina con nosotros. Cuando tomaba mate, se subía arriba de la falda y el pecho. Venían los nietos, jugaban con él. Le pusimos Miau. Después se hizo grande y lo tuve que sacar y atar. El lo que quiere es jugar. Le digo más, duerme con los perros, los lambe, los tumba. Tiene dos años y medio y pesa 170 kilos. Eso sí, el único que lo toco soy yo, aunque si tiene comida, no lo molestes”.

Del otro tigre solo cuenta que apareció un hombre de Buenos Aires y se lo ofertó. Y él se lo quedó.

La denuncia

Cerca de la Navidad pasada el Viejo Flores vio que un auto estaba en el camino y que un hombre estaba mirando con largavistas. Entonces se subió a la camioneta, cargo la escopeta y salió a ver qué querían. “Me molestó lo de los largavistas porque yo no tengo problemas en que la gente pase a ver los animales. Viene todo el mundo, ¡hasta la policía! Les regalo perritos, porque acá yo a las perras las hago tener. Una policía en el allanamiento me preguntó por qué no las castraba. ¿Y a vos te gustaría que te castren?, le pregunté. Y ella me dijo que era una mujer. Y yo le dije que las mías eran perras. ¿Y qué?”, cuenta.

Dice el Viejo Flores que, cansado de andar corriendo cazadores, salió a buscarlos. “Cuando vieron la chata se cagaron todo y se fueron. Yo los corrí. Íbamos casi a 140 por el camino y yo casi volqué la chata. Los alcancé en una calle cortada”, recuerda. “Ellos paran y yo me bajo. Ahí me mandé la cagada. Porque bajé con la escopeta. La que manejaba era una mujer y el tipo del largavistas estaba adentro del auto. Me dijeron que estaban buscando un perro y les pregunté cómo era y no me quisieron decir. Yo les dije que si querían ver a los animales que entraran, si yo no cobro un peso. Dicen que eran gente de un campo cercano, pero yo no quiero decir más sobre eso. Antes de irme les dije que si encontraba un perro parecido al que ellos no saben ni como es se los daba. Esos son los que me denunciaron”, calcula.

Dos ejemplares de puma embarrados el día del allanamiento.

Roberto Flores quedó imputado en una causa que tramita en el Juzgado Federal de Santiago Inchausti por infracción a la ley 22.421 que penaliza la conservación de fauna silvestre. La denuncia fue radicada, en realidad, por la Brigada de Control Ambiental del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación tras tomar conocimiento de lo que había en el interior de Los Aromos.

El Viejo Flores se lamenta de todo, pide que no digan cosas que no son cosas en Facebook y anhela solo una cosa: “Lo que quiero es que no me saquen los animales, y estén hasta que dure yo. Después, hagan lo que quieran”.

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