El verdadero drama de la pesca en torno a Malvinas, cada vez más marplatenses con deudas y pensar en la ciudad del futuro
Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.
¿Y si el verdadero saqueo no es chino? Hay una discusión que vuelve una y otra vez cuando se habla de la pesca argentina: los barcos chinos, la famosa milla 201, la depredación y el control de nuestro mar. Todo eso existe y merece atención. Pero ahora aparece una mirada que obliga, por lo menos, a hacerse otra pregunta: ¿estamos mirando solamente al lugar equivocado? El especialista en temas pesqueros César Augusto Lerena plantea una hipótesis fuerte: que el mayor saqueo de los recursos pesqueros argentinos no estaría protagonizado por los barcos chinos, sino por la explotación que se realiza alrededor de las Islas Malvinas bajo licencias otorgadas por las autoridades isleñas. Y ahí la discusión deja de ser solamente geopolítica y vuelve a tocar directamente a Mar del Plata. Porque mientras hablamos de China, de la milla 201 y de los barcos que esperan afuera de nuestra zona económica exclusiva, hay una enorme riqueza pesquera que se extrae alrededor de Malvinas y que, según Lerena, representa desde hace décadas un negocio multimillonario para empresas extranjeras. ¿Hará mención a este tema el presidente Javier Milei en su mensaje por cadena nacional anunciado para este jueves a la noche?

El dato es brutal: el especialista calcula que desde 1976 se habrían capturado alrededor de 12,5 millones de toneladas de recursos pesqueros en aguas de Malvinas, por un valor cercano a los 50.000 millones de dólares. Y mientras tanto, acá, en Mar del Plata, seguimos discutiendo cómo sostener el trabajo, cómo mantener los barcos activos, cómo hacer para que el pescado genere más empleo y más valor agregado en tierra. Hay además otra paradoja: Mar del Plata es el principal puerto argentino para el desembarque de calamar, pero una porción importante de la actividad pesquera que se desarrolla en el Atlántico Sur termina beneficiando a empresas y puertos que están fuera de nuestro país. Entonces, quizás haya que ampliar la discusión. No se trata de defender a los chinos ni de negar el problema de la pesca ilegal. Se trata de preguntarnos si estamos poniendo el mismo nivel de atención sobre todos los que explotan los recursos pesqueros del Atlántico Sur. Porque si hablamos de soberanía, hablamos de soberanía completa. Y si hablamos de saqueo, habrá que mirar todos los barcos. Los chinos, sí. Pero también los que pescan con licencia británica alrededor de Malvinas.

La pregunta queda flotando en el aire: ¿cuánto vale para la Argentina el pescado que se llevan de un mar que consideramos propio? Y otro interrogante, todavía más incómodo para Mar del Plata: ¿cuánto trabajo, cuánto movimiento portuario y cuántos dólares podrían quedar en nuestra ciudad si una mayor parte de esa riqueza se pescara, procesara y comercializara desde acá? Quizás el verdadero debate no sea solamente quién pesca ilegalmente. Quizás sea quién se queda con la riqueza de nuestro mar.

Hay una Mar del Plata que no aparece en las postales, ni en las estadísticas de turismo, ni en los grandes anuncios de inversiones. Es la Mar del Plata de todos los días. La de los comercios que venden menos, la de los trabajadores que hacen cuentas antes de llegar a la caja del supermercado y la de las familias que cada mes tienen que decidir qué pagar y qué puede esperar. Y aparece un dato que debería preocuparnos: 329.531 personas figuran como deudoras en General Pueyrredon y 72.778 están en situaciones graves de morosidad. Para ponerlo en términos sencillos: cientos de miles de marplatenses tienen algún nivel de deuda y decenas de miles ya no pueden cumplir normalmente con sus obligaciones. Pero detrás de esos números hay una realidad social mucho más profunda. Mar del Plata viene atravesando desde hace tiempo problemas estructurales de empleo, salarios que pierden contra el costo de vida y una economía muy marcada por la estacionalidad. Una ciudad que durante el verano puede mostrar otra cara, pero que durante buena parte del año tiene que convivir con la informalidad, el trabajo temporario y una enorme cantidad de familias que viven haciendo equilibrio.

Y hay otra particularidad que tampoco debería perderse de vista: Mar del Plata es una ciudad con una población cada vez más envejecida, con una proporción importante de adultos mayores que también enfrentan el aumento de alimentos, medicamentos, servicios y alquileres. Entonces, aparece la deuda. Primero, la tarjeta para llegar al supermercado. Después, las cuotas. Más tarde, un préstamo. Y cuando eso tampoco alcanza, aparece la billetera virtual. El problema es que la urgencia tiene un precio: desde la CGT advierten sobre créditos con tasas que pueden llegar al 400% o 500%. Ahí es donde la cuestión deja de ser financiera. Porque cuando alguien se endeuda para comprar una casa, un auto o hacer una inversión, estamos hablando de crédito. Cuando necesita endeudarse para comprar comida, pagar la luz, el alquiler o los medicamentos, estamos hablando de supervivencia. Y hay otro dato que debería encender las alarmas: la cantidad de personas en situación de morosidad aumentó 10% en apenas un mes. Por eso la CGT habla de un problema social y laboral. Y cuesta discutirlo. Porque, detrás de cada moroso, hay una historia: un salario que no alcanza, una familia que recortó todo lo posible, una tarjeta que se transformó en salario complementario y un sistema de crédito que cobra más caro justamente a quien más necesita dinero. Lo cierto es que hay una discusión económica nacional, una realidad laboral, un costo de vida que golpea fuerte y una situación particular de Mar del Plata que exige respuestas concretas.

Hay noticias que parecen hablar de un futuro tan lejano que invitan a cambiar de página rápidamente. El año 2100, por ejemplo. Falta una vida entera. Pero cuando en esos mapas aparece Mar del Plata, quizá convenga detenerse un rato. En las últimas horas se conoció una información que vuelve a poner sobre la mesa un tema que, en nuestra ciudad, no siempre ocupa el lugar que debería: el aumento del nivel del mar y las consecuencias que el cambio climático puede tener sobre las ciudades costeras. La noticia publicada por distintos medios se apoya en las proyecciones de Climate Central, una organización independiente dedicada a comunicar y analizar información científica sobre el cambio climático. Entre sus herramientas más conocidas, están los mapas que permiten proyectar los riesgos del aumento del nivel del mar y las inundaciones costeras en distintas partes del mundo. Sus modelos combinan datos de elevación, proyecciones climáticas y distintos escenarios vinculados con el calentamiento global y la evolución de las capas de hielo. Estos mapas no dicen que una ciudad va a desaparecer inevitablemente bajo el agua en una fecha determinada. Son herramientas de proyección y de evaluación de riesgos. Dependen de distintos escenarios: cuánto siga aumentando la temperatura, cuánto suba el nivel del mar, cómo evolucionen los hielos de la Antártida y Groenlandia y, también, de las medidas que adopten los países y las ciudades.

Incluso Climate Central advierte que sus mapas son una evaluación de riesgo a escala general y no reemplazan los estudios específicos que requiere cada territorio. Pero dicho esto, la advertencia existe. En el mapa de las ciudades y regiones que podrían verse afectadas por el aumento del nivel del mar aparecen distintas localidades argentinas. En la provincia de Buenos Aires, según la información difundida, figuran Mar del Plata, Pinamar, Villa Gesell, Bahía Blanca y sectores de otras ciudades del área metropolitana y costera. Y ahí la cuestión empieza a sonar un poco más cerca. Porque Mar del Plata no es cualquier ciudad frente al mar. Mar del Plata vive mirando al mar. El mar es su identidad, su paisaje, su motor turístico, su puerto y buena parte de su razón de ser. Pero también puede convertirse, con el paso de los años, en una fuente creciente de vulnerabilidad. En nuestra ciudad ya conocemos las consecuencias de los temporales, las sudestadas y los problemas de erosión en distintos sectores de la costa. Es decir: no estamos hablando de ciencia ficción ni de un planeta imaginario. Estamos hablando de una realidad que, en distintas escalas, ya forma parte de la agenda costera.

¿Estamos pensando realmente en la Mar del Plata del futuro? Porque el año 2100 puede quedar lejos, sí. Pero las decisiones urbanísticas y las obras de infraestructura que se hacen hoy pueden durar décadas. Lo que se construye sobre la costa, cómo se protege el frente marítimo, qué obras se priorizan y cómo se planifica el crecimiento de la ciudad son decisiones que no se toman pensando solamente en el verano que viene. Y Argentina tiene un problema bastante conocido: nos cuesta pensar a largo plazo. La política vive atrapada en la urgencia. En la elección que viene. En la próxima temporada. En el anuncio de la semana. En el conflicto del día. Y los grandes temas que no explotan inmediatamente quedan muchas veces para después. El cambio climático es uno de ellos. Porque mientras el mundo discute cómo proteger sus ciudades costeras, en Mar del Plata todavía cuesta instalar una discusión profunda sobre qué puede pasar con nuestro litoral dentro de 30, 50 o 70 años. Y atención: esto no significa que haya que generar miedo ni anunciar que la ciudad quedará sumergida. Al contrario. La ciencia trabaja con escenarios precisamente para que las sociedades tengan tiempo de anticiparse. La pregunta no es si mañana el agua va a llegar a la plaza San Martín. La pregunta es si estamos utilizando el tiempo que tenemos para estudiar, planificar y adaptarnos. Los problemas del futuro no empiezan el día en que se convierten en una emergencia. Empiezan mucho antes, cuando aparecen las primeras advertencias.
