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Opinión 8 de octubre de 2026

El votar y la sublimación condenan el sistema democrático

Opinión.

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Escribe Leonardo Z. L. Tasca *

Sublimar o romantizar (1) el sistema de votar cada dos años es caer en la trampa que le tiende la burocracia partidaria al habitante, y la engañifa consiste en hacerle practicar una parte del todo. Votar es importante, pero no es suficiente, porque crea una falsa conciencia sobre la democracia, ya que el individuo solo ejerce algo que termina siendo superficial. Democracia sin base material para respaldar las demandas sociales de vida digna, es la trampa. El habitante vota, pero vota la vida mejor de los dirigentes, que son los que consiguen en el actual esquema ascender.

Prorrogar en el tiempo el sistema de votar cada dos años, es comenzar al revés de las soluciones que espera la gente, sobre todo cuando votar no trae resultados sociales y eso sucede porque la burocracia establece las prioridades, que es agotar el sistema en el sufragio solamente. Vivir en democracia debe significar ascenso social, mayor bienestar para la mayoría; sin embargo, el hombre argentino es votante antes que democrático y la sublimación le hace perder el rumbo porque queda satisfecho con solo votar.

Esta ilusión de vivir en democracia cimentada sobre la base de que se vota, se puede elegir, convive dentro del sistema con una clase política que no está dispuesta a dar la lucha por un país industrial, ocupa su tiempo en alimentar la peculiar posición del habitante que por medio de la imitación se ilusiona porque a igual que en Europa y los Estados Unidos, a los que toma como modelo, el argentino vota similar que el europeo y el estadounidense. Sin saber que allá se vota en medio de un modelo económico de desarrollo, aquí en medio de la indigencia. Y la otra parte de la trampa consiste en hacerle creer que algún día si sigue votando llegará a ser como ellos. En verdad se trata de una ilusión porque el sistema de votación crea una atmósfera psicológica de que se vive en democracia en medio de una generalizada pobreza.

“Democracia sin base material para respaldar las demandas sociales de vida digna, es la trampa. El habitante vota, pero vota la vida mejor de los dirigentes”.

Todo esto no es gratuito, tiene costos para la sociedad; es decir, en “el mientras tanto”, el padecimiento diario es soportado porque a la larga aparecerá la democracia, esto es lo que le dice la burocracia partidaria a la gente. “¿Acaso los europeos y los estadounidenses no empezaron igual que nosotros?”, repiten como verde psittacus y por supuesto, no dejan de agitar fantasmas, ¿qué dictadura dio bienestar a la población? Tenemos que imitar a los países que viven bien. Claro, la imitación consiste en una parte, la de votar solamente, no en la de hacer el desarrollo y la auténtica democracia. La producción de riquezas no es la prioridad, es la “libertad” de votar, queda demostrado que la clase dirigente local hace prevalecer las cosas al revés. Genera una conciencia de vivir en democracia sin que haya ningún cambio económico; por lo primero la gente adhiere al sistema; por lo segundo vive en el atraso y en la indigencia. A este subjetivismo la clase dirigente lo apuntala porque es la única que saca beneficios; le engorda esos criterios a la gente y no le ofrece ninguna alternativa.

Podría decirse que la clase dirigente le da a la gente lo que pide, no lo que necesita. Porque votar no es una aspiración trascendental, lo es en la medida que permita el acceso a la libertad, a la vida digna. Ningún ciudadano en su sano juicio podría tener como objetivo el votar solamente, parece más una meta apetecible de la partidocracia que es la que saca objetivamente beneficios concretos, caso contrario no defendería el sistema con uñas y dientes. Esa falsa democracia gana en salud en la misma medida que los actores funcionales, los dirigentes, no la gente, saca dividendos. ¿Es posible alcanzar la verdadera democracia con las herramientas diseñadas por la propia partidocracia? Hasta ahora la afirmación es negativa porque a la burocracia de los partidos políticos solo le interesa este tipo de formato: mientras vote cada dos años la situación de posibles beneficios para el ciudadano no cambiará.

Por momentos parece que este principio de democracia es una concesión que le hace la partidocracia a la población; a cambio, sin establecerlo tácitamente, le pide que no se rebele, que cumpla con su deber cívico, que vote convencido que el sistema adquiere robustez por la participación ciudadana. El contrato es más o menos así: se vota cada dos años y el ciudadano se excita con los supuestos deberes cívicos, y la corporación mantiene sus privilegios personales y familiares, esto es buenos salarios y ascenso social.

URNAS OCTUBRE 03

La clase partidaria tiene necesidad de desarmar cualquier crítica o posible negación a votar y para ello también tiene respuestas. En tal sentido ha disciplinado a la comunidad con sucedáneos, con una encubierta “ideología”; en todo momento le vocifera que el propio votante pone en riesgo el sistema si no vota cada dos años. Le traslada la responsabilidad para hacerlo sentir culpable en caso de dudar de su tarea “cívica”. Un modo de asegurar la continuidad de los beneficios para los burócratas es poner toda la responsabilidad en los sectores comunitarios que no tienen acceso al poder político, porque, aunque puedan mostrar algún grado de rebelión, como nunca llegarán a manejar las riendas del poder, no son peligrosos. Si la responsabilidad estuviera en la clase política, peligraría, como peligra todo lo que maneja; su inepcia llevaría las cosas al desastre. La clave de todo es que quien defiende el proyecto de votar cada dos años son los propios sectores que reciben las migajas de un sistema que no asegura progreso social. Insólito por donde se lo mire, aunque es un manejo cuasi perfecto, hasta ahora.

“El contrato es más o menos así: se vota cada dos años y el ciudadano se excita con los supuestos deberes cívicos, mientras la corporación mantiene sus privilegios personales y familiares”.

El votar cada dos años y hacer que todo sea deliberativo es una dosis que la burocracia sabe que sirve como anzuelo para mantener el sistema de privilegios; cuanto más discuten las cosas menores de la vida diaria, y cuanto más se vota, más resulta deletéreo para las aspiraciones de vida digna. El establecimiento de una conciencia que no va más allá del voto y del discurso de las formas para que todo siga como está, es lo que ha hecho desaparecer del escenario político la lucha por el auténtico ascenso social. La propia comunidad en su extravío cambió las prioridades: es más importante votar que acceder a la verdadera democracia donde haya desarrollo económico para respaldar las demandas materiales de la familia. Esa noción de democracia sin desarrollo es un invento argentino, es a su vez un “sistema” impuesto a los países latinoamericanos, algo así como que el papel institucional de votar podría ser una fuente de recursos imprescindible para llegar a la verdadera democracia; termina por acción de la burocracia en un régimen superfluo, incapaz de dar resultados satisfactorios sociales porque no tiene con qué: no tiene respuestas económicas para la salud, la educación, la vivienda, para toda la infraestructura social, etcétera.

Sin embargo, nadie podría asegurar de manera tajante que no hay quien accede a todo lo anterior; claro que hay un sector de privilegio, es la clase política que maneja los partidos y las agrupaciones, y para ello, como ya lo hemos afirmado, ha logrado extirpar por completo con su inepcia las posibilidades de que a través del voto se llegue a la democracia. En una democracia bien establecida los dirigentes argentinos desaparecerían por ineptos. En un estado de votación viciado como el que opera, no hay ninguna posibilidad de que el propio sistema a su vez no sea también un freno para la auténtica democracia. En definitiva, votar es una preparación para que las cosas sigan como están. En una democracia que no es, votar termina siendo un conformismo que manejan los sectores que tienen acceso al reparto de los cargos rentados, y esta supuesta orientación de “status quo” en realidad esconde el absurdo de las frustraciones nacionales comunitarias.

Queremos insistir con la falsa conciencia democrática porque es el modo de desvirtuación clásica que germina en nuestro país. Los supuestos impulsos de civismo no tendrán porvenir en la medida que esto último persista. Sin embargo, lo señalado no sería negativo sino la falta de alternativas. Una comunidad que se encuentra sujetada en el actual esquema porque los sanos impulsos de mejoramiento que anidan en la población han sido desviados hacia el redil pernicioso de la partidocracia. Así este bosquejo de seudodemocracia no parece tener contradicciones, la complementación es acondicionada por una cultura que también es alimentada por la burocracia partidaria; de ahí que la creencia de que vamos hacia las formas más buenas de la democracia goce de buena salud, cuando la realidad es que el país se encuentra estancado en un estado de decadencia institucional.

Lo anterior debe llevar a la población a revisar la cultura cívica que impera, porque si no fuera por la presencia de una cultura hueca de civismo hubiera sido imposible su imposición y permanencia en el tiempo. Entonces, la partidocracia vende un sistema con amplias ventajas para ella y con muy pocas para quien compra, y hasta ahora cuesta advertir que en realidad es “la cultura cívica” la que ha permitido el fraude. Solo el cambio de los actuales dirigentes y la abolición de varios componentes del sistema de votación permitirá recuperar valores genuinos de la democracia para poder avanzar por el camino del desarrollo.

La presencia de una partidocracia hesitada por las formas y una población autoconforme por falta de alternativas, que a su vez parece que esa propia comunidad defiende el sistema, pero lo hace porque carece de nociones y conocimientos sobre la verdadera democracia; entonces, adhiere a lo que le ofrece la burocracia. Además, solo la inepcia o la miopía puede querer hacer convivir el actual sistema de votación sin destino con el subdesarrollo; en todo caso se podría agregar: “dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana, de la segunda no estoy seguro”.

La masa crítica dirigencial e institutional se encuentra cómoda, por ello no busca alterar nada. Trabaja sobre el error sin querer modificarlo, porque para ese sector, en definitiva, no hay error, si fue ella, la burocracia, quien lo diseñó. Podría tratarse de un error si no sacara beneficios; como hay beneficios concretos, el esquema funciona bien, para la partidocracia; el resto seguirá votando cada dos años. Las posibilidades de evadirse del sistema que con los años se ha vuelto más oligárquico y recalcitrante, hoy son pocas. Es difícil encontrar actores dispuestos y comprometidos con el cambio de verdad; en el discurso por ahí aparece alguien, pero la ausencia de método y conocimiento asustan al más preparado. Por momentos se tiene la sensación de que los responsables políticos hacen expediciones hacia la nada, y esa percepción surge nítidamente de la falta de preocupación diaria por la resolución de los asuntos complicados del pueblo.

“Si el gobierno debe ser ejecutado por los más aptos y decentes, es clave saber de dónde proviene tal o cual hombre que administrará los bienes de terceros”.

La cuestión a resolver es el tiempo, porque evadirse mentalmente, pero a su vez tener la realidad diaria representada por los problemas que laceran, tarde o temprano tiene que hacer eclosión social. Esa es la cuestión infranqueable de la comunidad: ¿hasta cuándo? es la pregunta. Sin embargo, por momentos existe una alianza anómala, dado que el vecino de a pie ante las dificultades también huye, obligado por las circunstancias avanza sin saber a dónde. Por momentos aparece una escena, la del incendiado: cuando más corre, más arde el fuego (2).

“El problema del desarrollo económico es, según una opinión ampliamente difundida, el problema más agudo e importante del mundo actual. En una época en que la igualdad de los hombres es el elemento central de las ideologías nacionales e internacionales, el subdesarrollo expresa desigualdades intolerables en el plano moral y político”, escribió Barre en 1957 (3).

Para ello necesita mejorar la representatividad de las agrupaciones partidarias. Esas mismas parcialidades están llenas de buenos sentimientos sobre la población; no obstante, sabemos que los buenos sentimientos jamás han bastado para producir el desarrollo ni una ciencia económica. Como que “la tontería es la más extraña de las enfermedades. El enfermo nunca sufre, los que de verdad la padecen son los demás”, y aquí estaríamos; sin embargo, también podemos parafrasear: “hay personas que empiezan a hablar un momento antes de haber pensado”, ni piensan ni obran en consecuencia para que exista el desarrollo.

Expresa Heinz Eulau: “…la política eminentemente está relacionada con las consecuencias de la conducta”, concepto esclarecedor en demasía, y la conducta es que “el hombre es un voto”, y esa miserabilidad es sustantivada por los dirigentes ineptos locales cuando solo utilizan el proyecto de votar para satisfacer sus intereses mezquinos de sector. Esto quiere decir que el votar, si no tiene un horizonte de desarrollo económico para dignificar la vida del hombre, solo sirve para la burocracia partidaria.

Parafrasear a Edward H. Carr es aceptar que, si bien la historia está basada en los hechos, más bien se trata de un conjunto de juicios aceptados, como que la historia es lo que se admite en determinado tiempo y en determinadas circunstancias. En consecuencia, es imposible aceptar la conducta de los dirigentes vernáculos; además de no aceptarse, forma parte de una instancia histórica imposible de eludir. Si la comunidad sigue cobijando esta conducta como parte de la política, tiene un futuro demasiado incierto como para no corregirlo rápidamente. Se podrá argumentar que no es sencillo trabajar sobre el porvenir para modificarlo, claro que no lo es. Sin embargo, hay algo que resulta más fácil de lo que se cree. Si la conducta actual lleva las cosas a la mediocridad tal como está sucediendo, quiere decir que modificando este accionar pernicioso es posible un mundo mejor, donde parte de muchos de los problemas sean resueltos. Entonces, este es el desafío, cambiar la conducta, el primer paso a seguir; segundo, en caso de persistir el proceder erróneo, activar para el cambio no votando ineptos.

Una de las variantes sería, para perfeccionar el sistema, saber la procedencia de los dirigentes antes de proceder a reclutar para un determinado cargo. Si el gobierno debe ser ejecutado por los más aptos y decentes, es clave saber de dónde proviene tal o cual hombre que administrará los bienes de terceros. Cuando un dirigente tiene un pasado de estudio de los problemas sociales y de la formación intelectual como herramientas para la resolución, además de la imprescindible probidad y decencia como resultado de un pasado de trabajo, de una familia que también haya hecho del trabajo y de la honestidad su horizonte de vida… Cuando esto último acontece, el dirigente toma el cargo como un servicio a la comunidad y se siente obligado a responder aceptando la carga pública de ocupar un lugar para satisfacer con soluciones a las demandas de la población.

El tomar la función pública como “un trabajo”, el dirigente en vez de servir, se sirve de los bienes que le ha confiado el sistema estructural; además demanda que la propia comunidad le dé respuestas, cuando fue a ocupar un cargo rentado justamente para responder a las peticiones y necesidades comunitarias. Sin embargo, creer que se trata de “un trabajo” es parte de la ignorancia, de ahí que toma, entre otras cuestiones, a la retribución como un salario y su única preocupación antes de aceptar el cargo es “cuánto voy a ganar”, y si gana poco igual acepta con la idea fija de que algo se podrá rapiñar. Si no es así, véase cómo la política partidaria les resuelve la vida económica a los dirigentes y a los familiares, les da ascenso social y los eyecta del ostracismo o proscripción comunitaria. Debe aclararse lo siguiente: los dirigentes no es que no tengan destino fuera de la política partidaria; debe observarse bien, todos logran alguna ubicación después de haber dejado el cargo rentado. Eso sucede porque lo abandonan con una base económica importante que les permite hacer otros negocios; antes, como no tenían ni para andar en bicicleta, vivían sin destino, por ello es que la actividad partidaria actual como un trabajo viene a darles solución personal y material al dirigente, cuando debería ser al revés: es el dirigente quien debe dar soluciones.

El análisis cultural y filosófico sobre el actual sistema democrático puede servir como un poderoso instrumento de diagnóstico de la conducta partidaria, pues el diagnóstico es anterior al pronóstico y a los resultados lamentables que deja la dirigencia cuando no resuelve nada y se adhiere con fuerza frenética a la mera votación.

Notas:

  1. En literatura, la sublimación es el proceso estético y estilístico mediante el cual un autor eleva un tema cotidiano, vulgar, doloroso o incluso abyecto hacia una categoría de belleza, nobleza o profundidad trascendente.

  2. Ahí al hombre le quedan dos caminos: consumirse y ser cenizas, o recordar las palabras de Paul Valéry: “La política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que le atañe”.

  3. “El Desarrollo Económico”, Raymond Barre, página 9, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1977.

  4. Suele afirmarse: podrá equivocarse, pero es decente no porque no roba, aunque “decente” es ser como uno. Parecería encontrarse una contradicción. Según la definición, también ser decente es “actuar como uno es”; si se es como uno, no hay problemas cuando el dirigente es realmente honesto, ¿qué pasa cuando no lo es? Correspondiente, conforme al estado o calidad de la persona; si “la calidad” es de inepto, obrará como un inepto, de ahí la necesidad de la preparación o el reemplazo.

* El autor es historiador, filólogo y ensayista. Su último libro es “Preceptiva sobre San Martín y el libre cambio pirático”, publicado por la editorial Editores de América Latina.