CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
Interés general 16 de junio de 2026

En busca de la cuarta con Messi y el Dibu, el Mundialista como caja de Pandora y los goles en contra de Adorni

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata

El Mundial tiene esa capacidad de suspender por un rato las discusiones de todos los días. La selección vuelve a la cancha, Lionel Messi sigue siendo el gran imán de la escena y los marplatenses tienen un motivo adicional para mirar cada partido: bajo los tres palos estará otra vez Emiliano “Dibu” Martínez. Entre la ilusión de una nueva aventura mundialista y el orgullo local por uno de los grandes símbolos deportivos de la ciudad, el fútbol vuelve a ocupar el centro de la conversación. Pero mientras las miradas apuntan a Estados Unidos, México y Canadá, en Mar del Plata hay otro Mundial que se juega en paralelo. Y no precisamente dentro de una cancha. La concesión del estadio José María Minella, presentada como la llave para recuperar un gigante dormido y proyectarlo hacia futuras competencias internacionales, comenzó a mostrar una letra chica que incomoda.

 

Las cláusulas reveladas en los últimos días abrieron interrogantes sobre responsabilidades, garantías, plazos y beneficios incluidos en el contrato firmado entre el municipio y la empresa adjudicataria. Lo que hasta hace poco era exhibido como una oportunidad histórica empieza a parecerse a una caja de Pandora: cada documento que se abre deja al descubierto una nueva discusión. En el oficialismo intentan sostener el relato del estadio recuperado, los recitales multitudinarios y la eventual candidatura mundialista. Sin embargo, la polémica ya se instaló. Y cuando la discusión pasa de las maquetas a los contratos, las preguntas suelen ser más difíciles de responder que los renders de exhibir. En tanto, como lo adelantó esta sección el 19 de mayo pasado, el empresario Marcelo Fígoli (CEO de Fenix Entertainment) será el máximo exponente del paquete accionario de Minella Stadium SA, la empresa concesionaria del Estadio Mundialista José María Minella y el Polideportivo Islas Malvinas en Mar del Plata. Su inminente desembarco busca oxigenar la concesión local tras los conflictos judiciales y financieros que atraviesan los inversores brasileños originales de la firma, con el objetivo principal de destrabar el plan de obras postergadas y recuperar la organización de eventos y fútbol de verano en la ciudad. La operación se da en momentos en que grandes grupos económicos invierten en el rubro diversión. En las últimas horas se estableció que un gigante del entretenimiento, Live Nation, compró la mayoría del Movistar Arena. El Grupo La Nación pasa a ser socio minoritario de ese escenario donde se concretan cerca de 250 recitales por año.

 

Y como si faltara algún ingrediente para completar el menú, desde el propio universo libertario se agrava un problema para el Gobierno que ya lleva tres meses con el lógico desgaste para la figura presidencial. Manuel Adorni, el Jefe de Gabinete, volvió a quedar en el centro de la escena por cuestiones que exceden largamente su rol. Las explicaciones sobre fondos no declarados, la admisión de maniobras para evitar cargas impositivas y la controversia alrededor de una tenencia de unos 500 mil dólares terminaron generando un ruido político ensordecedor. En cualquier otro gobierno, una situación semejante habría desatado pedidos de explicaciones, investigaciones internas o al menos una discusión sobre responsabilidades políticas. En la Argentina de Javier Milei ocurre algo distinto: quienes hicieron de la crítica a “la casta” una bandera parecen convencidos de que ciertas conductas resultan menos graves cuando las protagonizan los propios. La contradicción es evidente. Mientras se exige ejemplaridad a los adversarios, se relativizan comportamientos que chocan con el discurso oficial sobre mérito, transparencia y respeto por las reglas. Así transcurre la semana. Messi y el Dibu convocan multitudes frente al televisor. El Minella abre interrogantes cada vez más incómodos. Y en pleno Mundial, Adorni sigue convirtiendo goles en contra -mucho más suave que la calificación de “indigencia cognitiva” que le propinó el columnista político Carlos Pagni- para un gobierno que ya bastante trabajo tiene con los rivales como para sumar problemas desde el propio vestuario.

 

 

Durante décadas la política argentina convivió con una convicción difícil de erradicar: que los grandes triunfos deportivos podían derramar prestigio sobre los gobiernos de turno. Pasó en 1978, volvió a discutirse en México 86, reapareció en Qatar 2022 y ahora vuelve a escena con el Mundial 2026. Sin embargo, una encuesta nacional de Giacobbe Consultores parece estar diciendo algo distinto: los argentinos aman a la Selección como nunca antes, pero ya no creen que los goles tengan efectos electorales. La investigación, realizada entre el 5 y el 10 de junio sobre 2.500 casos en todo el país, muestra un optimismo extraordinario respecto del equipo de Lionel Scaloni. El 71,5% cree que Argentina volverá a ser campeona del mundo. Apenas el 3,8% imagina una derrota en la final, el 5,4% la ubica en semifinales y menos del 1% cree que quedará eliminada en fase de grupos. Es decir: para casi ocho de cada diez argentinos, la Selección llegará al menos a la final. La confianza popular en la Scaloneta parece estar en niveles inéditos.

 

 

 

Pero cuando el fútbol se cruza con la política, la historia cambia. Ante la pregunta de si un eventual campeonato favorecería electoralmente a Javier Milei, el 85,5% responde que no. Apenas un 10,1% cree que sí podría beneficiarlo. Y cuando la consulta deja de ser abstracta para volverse personal, la respuesta es todavía más demoledora para cualquier teoría sobre el “efecto Mundial”: el 93,4% asegura que el resultado de la Selección no modificaría su voto. Solamente el 3,9% afirma que votaría a Milei si Argentina sale campeona. Hay un dato adicional que vuelve más interesante el fenómeno. La misma consultora había realizado una medición similar durante Qatar 2022. Entonces, el 19,9% creía que un título podía favorecer electoralmente a Alberto Fernández. Hoy esa cifra cae al 10,1%. Es decir, prácticamente se reduce a la mitad. Algo cambió. La sociedad parece haber decidido separar definitivamente la pasión futbolera de las evaluaciones políticas. Y quizá eso tenga relación con otro número que atraviesa todo el estudio…

 

 

Cuando se les plantea a los argentinos una elección brutalmente simple —otro Mundial o una mejora económica— el resultado es mucho más ajustado de lo que cabría imaginar en el país más futbolero del planeta. El 48,8% prefiere que la economía mejore aunque a la Selección le vaya mal. El 44,2% elige otro campeonato del mundo aunque la situación económica siga deteriorada. La diferencia es pequeña, pero políticamente enorme. Porque revela que incluso en medio de la fiebre mundialista la principal preocupación sigue estando en el bolsillo. Los argentinos quieren ganar. Pero antes quieren vivir mejor. Además, la encuesta también aporta elementos para entender por qué la Selección conserva una legitimidad social que ninguna fuerza política logra alcanzar. Las imágenes positivas son abrumadoras. Julián Álvarez encabeza el ranking con 93,2% de valoración positiva. Lo siguen Lionel Scaloni con 92,3%, el marplatense Emiliano “Dibu” Martínez con 92,2% y Lionel Messi con 90,9%. Son números que cualquier dirigente político firmaría con sangre. La contracara es Claudio “Chiqui” Tapia. El presidente de la AFA apenas registra 14,2% de imagen positiva y acumula 42,7% de negativa. La conclusión es llamativa: los argentinos aman a los protagonistas del éxito, pero no necesariamente a quienes administran la estructura.

 

 

Algo parecido sucede cuando se les pregunta por la historia. Messi parece haber ganado definitivamente la disputa simbólica más importante del fútbol argentino. El 73% ya lo considera el mejor jugador de todos los tiempos frente a un 22,8% que sigue eligiendo a Diego Maradona. El corte generacional es todavía más revelador. Entre los jóvenes de 16 a 30 años, Messi alcanza el 80,2%, mientras Maradona cae al 10,8%. Entre los mayores de 51 años la diferencia se reduce, aunque sigue siendo favorable al capitán campeón del mundo. La misma lógica aparece en la valoración de los entrenadores. Scaloni obtiene 81,7% cuando se consulta quién es el técnico con más mérito en la historia de la Selección. Carlos Bilardo reúne 11,5% y César Luis Menotti apenas 3,9%. La Scaloneta ya dejó de ser un equipo para convertirse en una referencia histórica. ¿Hasta qué punto el Mundial modifica el estado de ánimo colectivo? La encuesta ofrece una respuesta interesante. El 14,5% admite que durante el Mundial se olvida completamente de los problemas del país. Otro 46,9% dice que logra distraerse un poco. Pero el 37,9% sostiene que no deja de pensar en los problemas de ninguna manera. Es decir, el fútbol funciona como recreo emocional, no como anestesia social. Y quizás por eso tampoco logra alterar las preferencias políticas.

 

 

Otro dato que seguramente observarán con atención tanto el oficialismo como la oposición es la relación entre Selección y grieta. Más de la mitad de los argentinos (51,8%) considera que el equipo nacional no está vinculado a ningún espacio político. Un 32% directamente no sabe o no tiene una posición formada. Apenas el 6,3% la relaciona con el kirchnerismo, el 5,8% con La Libertad Avanza, el 1,8% con el peronismo y menos del 1% con el PRO. La sociedad parece haber blindado a la Selección de la pelea partidaria. Y allí probablemente radique una parte importante de su éxito. Mientras la política divide, la Selección une, mientras los dirigentes disputan relatos, Messi y Scaloni construyen consensos.  Mientras los gobiernos cambian, la camiseta sigue funcionando como uno de los pocos símbolos capaces de generar identificación transversal. Por eso el hallazgo más relevante del estudio no es que los argentinos crean que van a ganar el Mundial. La verdadera noticia es que ya no esperan que un Mundial cambie nada. Ni el voto. Ni la economía. Ni la política. La Selección sigue siendo una fuente extraordinaria de orgullo colectivo. Pero los argentinos parecen haber aprendido que una cosa es levantar la Copa del Mundo y otra muy distinta resolver los problemas del país.

 

 

Hay algo que la política argentina debería mirar con atención. Mientras los dirigentes se esfuerzan por sostener niveles mínimos de credibilidad, las instituciones acumulan récords de desconfianza y los liderazgos tradicionales atraviesan una crisis permanente, existe un argentino que, a los 39 años, sigue monopolizando la atención mundial sin necesidad de hacer campaña, abrir una cuenta nueva en redes o lanzar un spot electoral. Lionel Messi. Un informe regional que analizó más de 22.000 noticias y casi medio millón de publicaciones digitales durante la semana de inicio del Mundial 2026 revela un dato tan futbolero como sociológico: Messi volvió a convertirse en el centro absoluto de la conversación latinoamericana. Más de 4.000 menciones en medios tradicionales lo ubicaron muy por encima de cualquier otra figura del torneo. Ni Mbappé, ni Neymar, ni las potencias europeas lograron acercarse. No es solamente una cuestión deportiva. Lo interesante es observar cómo, en una época donde casi todo se discute, Messi parece haber alcanzado una categoría que la política perdió hace años: la del consenso. Mientras la grieta divide gobiernos, partidos, periodistas, empresarios y hasta sindicatos, el capitán argentino aparece como una de las pocas figuras capaces de atravesar fronteras ideológicas, generacionales y nacionales sin provocar rechazo masivo.

 

 

Los consultores políticos suelen hablar de “liderazgos aspiracionales”. Messi representa algo más complejo. Es un liderazgo legitimado por resultados, sostenido en el tiempo y validado incluso por quienes no comparten camiseta. Por eso tampoco sorprende que Argentina aparezca entre los tres países con mayor volumen de cobertura mediática del Mundial. El interés no pasa únicamente por la Selección. Pasa por él. De hecho, el fenómeno resulta todavía más llamativo si se observa el contexto general que rodea a esta Copa del Mundo. Las redes sociales y los medios registran crecientes cuestionamientos a la organización del torneo, críticas a los precios de las entradas, reclamos por cuestiones migratorias, problemas logísticos y discusiones sobre seguridad. La FIFA vuelve a ser cuestionada. Los gobiernos anfitriones reciben observaciones. Las polémicas abundan. Pero en medio de ese ruido permanente, Messi sigue funcionando como una especie de refugio narrativo. Quizás porque representa exactamente lo contrario a lo que domina el debate público actual. No necesita explicar todos los días lo que hace. No busca instalar una agenda. No libra batallas culturales. No alimenta conflictos para sostener centralidad. Simplemente juega. Y gana.

 

 

En una Argentina donde la confianza pública se derrumba sobre casi todas las instituciones, el Mundial ofrece una postal curiosa. Mientras políticos, empresarios, jueces, periodistas y sindicalistas pelean por conservar algo de legitimidad, un rosarino de perfil bajo continúa siendo el personaje más influyente de la conversación regional. Una paradoja de estos tiempos. El hombre más escuchado del continente es, probablemente, uno de los que menos habla. Y quizás allí radique buena parte de su secreto. Porque en una época saturada de discursos, el prestigio parece construirse cada vez más con hechos que con palabras. Messi lo entendió hace mucho tiempo. La política todavía no.  La Argentina podrá discutir cualquier cosa, menos una certeza: cuando aparece un Mundial, cambia el humor social. Y también cambia el consumo. Los datos que difundió Mercado Libre funcionan como una radiografía de un fenómeno que se reitera cada cuatro años. Mientras la política sigue atrapada en sus peleas cotidianas y la economía obliga a sacar cuentas para llegar a fin de mes, miles de argentinos vuelven a entregarse a un ritual conocido: completar el álbum, cambiar el televisor, comprar un parlante más potente o desempolvar la radio para escuchar los relatos. La fiebre mundialista ya tiene números. Más de 7.700 búsquedas diarias de álbumes y figuritas Panini, casi 78.000 de televisores y una cantidad similar de equipos Starlink. Como si la obsesión nacional fuera asegurarse que, cuando llegue el momento, no falle ni la imagen ni la conexión.

 

 

Hay algo interesante detrás de esas cifras. El Mundial aparece como uno de los pocos acontecimientos capaces de perforar las preocupaciones cotidianas y generar una agenda paralela. Durante algunas semanas, la inflación, las internas partidarias o las discusiones legislativas conviven con preguntas mucho más simples: ¿cuántas figuritas me faltan?, ¿conviene comprar un televisor ahora?, ¿dónde veo el partido? Incluso resurgen costumbres que parecían destinadas al museo. Las ventas de radios AM/FM crecieron más de 150% respecto de Qatar 2022. En la era del streaming, los relatos siguen teniendo hinchas. Y como toda pasión argentina necesita sus personajes inesperados, hasta un futbolista neozelandés como Tim Payne logró colarse en el radar local con miles de búsquedas impulsadas por las redes sociales. Un recordatorio de que, en tiempos de viralización permanente, la fama puede viajar más rápido que una pelota. El Mundial ya está entre nosotros y también se ve en los carritos de compra, en los álbumes recién abiertos y en esa vieja costumbre argentina de organizar la vida alrededor de noventa minutos de fútbol.