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Opinión 15 de agosto de 2021

Entre “Desde el Jardín” y “La Fiesta Inolvidable”

Alberto Fernández.

Por Jorge Raventos

El eclipse de la autoridad de Alberto Fernández -y la crisis de gobernabilidad que esta circunstancia engendra- no es un hecho novedoso y ha sido registrado reiteradamente en esta columna. Los efectos retardados del penúltimo festejo de cumpleaños de la primera dama, ocurrido un año atrás en la quinta presidencial de Olivos, han venido a agravar ese opacamiento de la figura del presidente. Y esto ha ocurrido, irónicamente, en un momento en que Fernández parecía recuperar reflejos y grados de protagonismo, merced a la influencia de otros sistemas gravitatorios.

El amigo americano

La visita al país de Jake Sullivan, Consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, ocurrida a fines de la semana última, constituyó el nivel más alto de interlocución de la Casa Rosada con la administración de Joe Biden hasta el día de hoy y mostró a Fernández intentando un acercamiento más estrecho con los Estados Unidos, y trabajando inclusive para concretar (en lo posible antes de noviembre) un encuentro cara a cara con su colega norteamericano.

Ya la conexión con Sullivan implica una instancia de mucha influencia: el funcionario ocupa un cargo estratégico que abarca competencias de seguridad nacional y relaciones internacionales, es hombre de confianza de Biden, fue colaborador estrecho del expresidente Barack Obama, tiene experiencia en funciones de poder y no procede de la burocracia estatal, sino del sistema de cuadros políticos más experimentados del partido Demócrata.

La interlocución preparatoria con Sullivan, que condujo a su extenso encuentro con Alberto Fernández, había estado a cargo de dos jugadores de jerarquía del equipo presidencial, el embajador en Washington, Jorge Argüello, y el secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Béliz. El alto funcionario estadounidense llegó a Buenos Aires con la impresión clara de que se puede abrir una rica etapa de colaboración entre los dos países, es decir, relativizando los diagnósticos opositores que describen al gobierno como criptochavista tanto como el peso de ciertas voces oficialistas exasperadas contra “la influencia del Norte”.

Washington está interesado en recuperar iniciativa y neutralizar los avances de China en la región. Esto implica revisar la línea áspera que impuso en su momento Donald Trump y buscar en la caja de herramientas una estrategia más suave. Si Trump, por ejemplo, impulsaba iniciativas fuertemente confrontativas y potencialmente intervencionistas en el caso Venezuela (que se mostraron infructuosas y se desgastaron sosteniendo la figura del opositor Juan Gualdó como presidente virtual), hoy Washington parece inclinarse por alentar una salida negociada de la tiranía de Maduro. El último viernes se iniciaron en México negociaciones entre el régimen venezolano y la oposición, en las que participa Henrique Capriles, uno de los líderes opositores más respetados. Entre otros objetivos, se busca allí alcanzar los acuerdos que permitan dotar de la máxima transparencia a las elecciones regionales que ocurrirán el 21 de noviembre, un primer paso en la búsqueda de una solución democrática a la crisis política, económica y humanitaria en la que se encuentra Venezuela. Washington considera que Argentina puede jugar un importante papel mediador en ese proceso y auspicia la participación del país en esa mesa.

La estrategia moderada de la Casa Rosada y la Cancillería (acompañar los reclamos de la ONU por violaciones a los derechos humanos, pero no sumarse a los más aventurados del Grupo de Lima, impregnados en la línea que impulsaba Trump) ha encontrado oídos receptivos en la Casa Blanca, algo que aporta a un mayor brillo relativo de Fernández.

A veces la sobreabundancia de palabras en que incurren tanto el gobierno como los diversos actores del oficialismo induce a errores o a falsas expectativas a propios y extraños. Para no equivocarse hay que recordar el consejo que Kirchner dio a los empresarios españoles en su primera gira por la madre patria: “No se fijen en lo que digo, sino en lo que hago”. La realidad impone su lógica a las ideologías.

La visita de Sullivan confirmó esa tendencia. Estados Unidos no sólo aportará más vacunas para que Argentina combata la pandemia, sino que ofreció apoyo tecnológico para que el país las produzca; también hubo propuestas de ayuda para fortalecer la custodia del litoral marítimo y para conversar sobre material de defensa. Lo que más le interesaba a Fernández: Washington apoyará en el FMI un acuerdo razonable para Argentina.
Cuando una de las partes acude con los brazos abiertos sería necio responder con los puños apretados.

Los motivos de Taiana

Hasta mediados de semana, la figura presidencial, sin cambiar sustancialmente la marginalidad relativa en la que cayó después de las primeras semanas de la pandemia, parecía recuperar irradiación potencial. Resolvió, por ejemplo, con habilidad el reemplazo de Agustín Rossi en el ministerio de Defensa con la designación de Jorge Taiana.

Este nombramiento quiso ser interpretado desde usinas opositoras como un nuevo gesto de diciplinamiento presidencial ante la vicepresidenta Cristina de Kirchner y como un hecho que alarma a las fuerzas armadas. Se trata de una puerilidad. Agustín Rossi, el ministro de Defensa anterior, era, si se quiere, más cristinista que Taiana (que estuvo largamente alejado de la vicepresidenta); Rossi, pese a que hoy la desobedece y sufre su desdén, sigue enarbolando su compromiso con ella; eso no impidió que dejara la cartera respetado por los militares ni que en su último acto público, el 29 de julio, como describió un cronista, “en un hecho altamente inusual para el mundo castrense, el cierre del discurso del Ministro fue coronado con un cerrado aplauso de pie por parte de los altos mandos presentes”.

Lo que hoy se señala en Taiana pudo haberse aducido un año y medio atrás de su antecesor. Y los hechos se han encargado de poner las cosas en su lugar. La foja militante del nuevo ministro no parece, por otra parte, una anteojera que lo haya enclaustrado en visiones anacrónicas. En una reciente nota sobre el centenario del Partido Comunista Chino el nuevo titular de Defensa se mostró muy elogioso con el introductor de las reformas de mercado que transformaron la República Popular: “Deng Xiaoping, dotó a la economía de un enorme dinamismo. Fue este modelo el que le permitió a sacar a 800 millones de personas de la pobreza en apenas 40 años. Sin duda un logro sin parangón que contribuyó de manera muy importante a la reducción de pobreza global”.

El nombramiento en Defensa de un ex canciller como Taiana subraya en todo caso un asunto más profundo: la ineludible imbricación de las cuestiones de defensa en las estrategias de política exterior (y viceversa), como lo muestra, si es preciso ejemplificar, la función que cumple el reciente visitante Sullivan en la administración estadounidense.

La vida de un lirio

Hasta esa designación, Fernández venía recuperando espacio político -así fuera milimétricamente y en un marco general de bajísima autoridad presidencial-, con la expectativa de que vientos favorables -una elección a la medida de sus necesidades, el arreglo con el Fondo, un mejoramiento rotundo de la inmunización ante la pandemia- inflaran sus velas y le abrieran el horizonte.

La difusión de las fotografías de aquel festejo de cumpleaños de su mujer (ocurrido cuando Fernández reclamaba el máximo apego a la cuarentena y el distanciamiento) y, sobre todo, la pésima respuesta política y comunicacional ofrecida al alboroto que se generó marchitaron vertiginosamente aquellas esperanzas, devoraron porciones mayores de la consumida autoridad del Presidente y volvieron a alentar los temores a la ingobernabilidad. Las ilusiones duraron lo que un lirio.

Alberto Fernández no sólo recibió el obvio cuestionamiento de quienes resisten a todas o a alguna de las partes del combo oficialista, sino que sufrió fuego amigo, expresión activa del distanciamiento más discreto pero igualmente notorio que adoptó el sector dominante del Frente de Todos. Los primeros sondeos de opinión pública ratificaron que el episodio golpea principalmente al sector de votantes que pendulan en el centro del espectro político que, en 2019, atraídos ante todo por las candidaturas de Fernández y de Sergio Massa, determinaron la ventaja final a favor del Frente de Todos. Traducción: este incidente tendría consecuencias en el capítulo electoral e incidiría sobre el desarrollo restante de la gestión de Fernández.

Mi querida Fabiola

El Presidente, después de algunas gambetas, pidió disculpas por su descuido, ocasionado por el amor a su querida Fabiola. Le respondieron con palabras duras (“Caradura”, le dijo Elisa Carrió) y con pedidos de juicio político. Estos son más que nada simbólicos. Algunos constituyen gestos previsibles del sector más intemperante de la oposición (Fernando Iglesias, Waldo Wolf et al.), que, después de desbarrar con una denuncia rociada de misoginia, no iba a desperdiciar esta oportunidad regalada de tomarse la revancha (“Esta vez la oposición tiene razón”, admitió Víctor Hugo Morales).

Lo que parece otorgarle más envergadura a la amenaza de juicio político proviene de otra fuente: los jefes parlamentarios de Cambiemos, el radical Mario Negri y, por el Pro, Christian Ritondo, decidieron no dejarse superar por sus halcones. Negri, que deja el recinto de Diputados para optar por una banca senatorial, está viéndose en problemas con Luis Juez en la primaria de su provincia y tiene que mostrarse duro ante un mercado electoral que, supone, no le perdonaría una actitud cautelosa. Ritondo, con aspiraciones a la gobernación bonaerense dentro de dos años, tiene que mantener protagonismo político si va a competir con Diego Santilli, que ya hace campaña en todo el distrito. La circunstancia electoral elige por ellos.

Tanto Negri como Ritondo saben que el juicio político que exigen no tiene chance de prosperar, ya que su bloque no cuenta con fuerza suficiente ni en la Cámara de Diputados (cámara acusadora en un impeachment) ni, mucho menos, en Senadores, la instancia juzgadora. Para avanzar necesitarían el respaldo del kirchnerismo: improbable que lo soliciten, improbable que lo lograsen.
El reclamo de juicio otorga, eso sí, la chance de mantenerse en el candelero (junto con un tema que paga bien a los opositores).

En Juntos por el Cambio, hay, sin embargo, gente que mira el asunto más a largo plazo y teme que el suceso que debilita al Presidente y aflige al oficialismo en conjunto, termine alimentando cierto hastío antipolítico que detectan en la sociedad y, por esa vía, también dañe a la oposición. Esos sectores -que pivotan alrededor de Horacio Rodríguez Larreta- aconsejan no sobreactuar la reacción y dejar que Fernández se cocine en su propia salsa, sin agregar sal y pimienta.

“Un presidente que miente ostensiblemente y, cuando lo descubren, responsabiliza a su mujer, ya está muy complicado por mérito propio”. Martín Tetaz, segundo de María Eugenia Vidal en la lista larretista para las PASO porteñas, advirtió: “Tampoco nos pasemos de rosca pidiéndole la renuncia o el juicio político a Fernández, porque atrás viene Cristina”.

Este recordatorio es, en rigor, una clave sobre la ingobernabilidad latente. Diluida la autoridad del Presidente, el país tiene como primera alternativa institucional a una vicepresidenta que, por decisión propia (por comprensión de su debilidad ante las reacciones que genera) ya optó en su momento por dar un paso atrás.

Una situación que transcurre en paralelo con los puentes tendidos desde Washington, los precios excepcionales que alcanzan las exportaciones agroindustriales, los avances en la vacunación y las asignaturas pendientes en el conurbano.