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Salud 3 de marzo de 2020

Erradicar el sarampión, una meta lejana

por Osvaldo F. Teglia

El sarampión es todavía común en muchas partes del mundo en donde el nivel de vacunación no es el adecuado; se estima que causa 100.000 muertes por año. Los viajeros, por su parte, hacen circular el virus introduciéndolo -cual caballo de Troya- en países en donde la enfermedad estaba totalmente controlada o en vías de control.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre enero y marzo de 2019, los casos de sarampión aumentaron a nivel mundial en un 300% con respecto a 2018.

En Argentina, el sarampión se consideraba eliminado y, el último caso autóctono, se había registrado en 2000. Sin embargo, en 2018 comenzaron a registrarse casos importados o en relación con personas provenientes del exterior, y a partir de ese año, se originaron los primeros casos autóctonos –no importados- en menores de un año, en clara relación con la circulación endémica del virus. El pasado 13 de febrero se registró un caso fatal por sarampión en una paciente de 50 años. Desde el año 1998 no ocurrían fallecimientos por causa de esta enfermedad.

Si bien el sarampión es una enfermedad leve -la gran mayoría de los afectados se recupera sin secuelas- es potencialmente seria. Se estima que 1 de cada 4 personas que la contraen pueden ser hospitalizadas y que 1 o 2 de cada mil personas morirán, incluso recibiendo la mejor atención; datos que deberían comprometer a la población a la hora de decidir la vacunación de los más pequeños.

El virus del sarampión no solo afecta al organismo, sino que tiene un impacto en el sistema inmunitario que puede dificultar las defensas contra otras infecciones comunes en el niño. Estudios recientes revelan que los niños que han sufrido sarampión pueden perder en promedio entre un 11% y un 73% de los anticuerpos protectores, haciéndolos más propensos a infecciones que ya han padecido o contra las cuales estaban inmunes por vacunas.

Se dispone de una efectiva vacuna contra el sarampión desde 1963. Anteriormente, cada 2 o 3 años se registraban epidemias que causaban alrededor de 2 millones de muertes al año. Desde que existe la vacuna, el sarampión se transformó en un indicador de fortaleza del sistema de salud. Según la OMS, entre los años 2000 y 2017 la vacuna evitó 21,1 millones de muertes. Además, se estima que las defunciones han descendido un 80% a nivel mundial, pasando de 545.000 muertes en 2000 a 110.000 en 2017.

Si se cuenta con una vacuna segura y efectiva desde hace más de 40 años, accesible en la mayoría de los países, cabe preguntarse: ¿por qué no ha sido posible erradicar esta enfermedad del planeta y por qué se han producido estos alarmantes aumentos recientes?

La eliminación absoluta de esta enfermedad requeriría mantener coberturas de vacunación superiores al 95% con dos dosis de vacuna Triple Viral, y una efectiva vigilancia epidemiológica. Si bien muchos países han cumplido o van camino a cumplir esta meta -la Argentina es uno de ellos-, otros la incumplen exhibiendo paupérrimas tasas de vacunación de entre 30% al 60%.

Asimismo, las razones de una interrupción de la inmunización sistemática son distintas según los países y abarcan, tanto las crisis -guerras, conflictos sociales y/o políticos, catástrofes naturales-, como también los movimientos antivacunas, que cuestionan la seguridad de las vacunas y han hecho disminuir ostensiblemente los niveles de protección como en los Estados Unidos y en Europa.

En este sentido, los Estados deben reconocer a la vacunación como la primera línea de defensa efectiva de la salud pública, y como una intervención con impacto positivo en la seguridad sanitaria de sus habitantes. Esto parece aún una asignatura pendiente en algunas regiones del mundo.

(*): Médico. MP 8247. Profesor a cargo de Enfermedades Infecciosas de la Facultad Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.