La obra tiene dirección de Oscar Barney Finn y actuación de Paulo Brunetti. El intérprete lleva adelante una compleja transformación actoral. Sube a escena todos los sábados y domingos del verano en Cuatro Elementos.
Una casa de campo en el interior del país funciona como un universo cerrado. El tiempo, más o menos actual. Una radio marca la rutina interior de la casona, en la que un grupo de personajes parecen obligados a convivir. Cada uno de ellos carga un mundo de complejidades y crisis.
Parecen obligados a permanecer, aunque las chances de salir están a la mano, con solo cruzar la puerta y el jardín que se adivina desde adentro, a través de un bonito juego de sombras que emergen desde los ventanales y que simulan ser frondosos árboles.
El conflicto o los conflictos de “Vanya” no suceden en la Rusia del siglo XIX, en ese espacio imaginado por el gran Antón Chéjov en la obra “Tío Vania”. En esta potente versión que lleva adelante el director Oscar Barney Finn, el descalabro de las relaciones humanas y de la ecología suceden en Argentina. Sella así la multiculturalidad de los eventos de la existencia humana.
Otro momento de la interpretación.
Que el público no espere -en esta versión que se puede ver este verano en el escenario de Cuatro Elementos- un elenco numeroso y un gran despliegue de actores y actrices. Por el contrario, el acento está puesto en un solo actor: Paulo Brunetti.
El intérprete es el responsable de dar vida a cada uno de los personajes de la obra: la soñadora Sonia, la altiva y deseada Helena, el poderoso y enfermo Alejandro, el idealista Miguel y el conflictivo tío Iván, entre otros roles que también aparecen y dan vitalidad al entramado de personajes.
El ojo inteligente y criterioso de Barney Finn pule la destreza de Brunetti -una dupla que ya se lució en otras oportunidades-. Así, el actor toma pequeños elementos de la vida cotidiana para entrar y salir de cada personaje y dotar de características precisas a cada identidad. No solo es la voz la que cambia ante cada parlamento, sino la postura corporal del actor más esos objetos de los que se vale para contar quién es la/el que habla, si Sonia o Helena, si Iván o Miguel. Un trapo, una pelota, un vaso, una chalina se transforman en la puerta de entrada a esas identidades.
Milagro o magia del teatro, están todos y solo hay un mismo actor vestido de varón que invita al juego de la multiplicidad de personalidades y a la interacción entre ellas. Gran vuelo alcanza la obra cuando dos de esos personajes se funden en una escena amorosa y el actor desajusta posiciones y hace las veces de ella o de él, quizá el momento más alto de la “Vanya” argentina, que es una de las propuestas teatrales de este verano en Mar del Plata.
Paola Galano