por Juan Salas
El juicio contra Mario Populin por el femicidio de Juana Gladys Peralta pasó prácticamente inadvertido. No hubo banderas con reclamos, ni pedidos de justicia, ni convocatorias en la vereda de Tribunales, ni nada que se le parezca como suele haber en casos de esta magnitud.
El femicidio de Peralta, una mujer de 86 años sin hijos, familia o amigos, no generó conmoción en una sociedad acostumbrada a los escándalos, a pesar de la violencia, a pesar del sufrimiento de la víctima.
Las audiencias durante el debate fueron siempre tranquilas en una sala prácticamente vacía. El imputado nunca fue insultado ni cuestionado por nadie, ya que nunca nadie se hizo presente más allá de los abogados, el fiscal, testigos ocasionales y algún que otro periodista.
El Tribunal Oral en lo Criminal N°1, tan cuestionado en fallos recientes como los de Lucía Pérez o Lucía Bernaola, otorgó la única pena imaginable para un femicida: la de prisión perpetua.
No importó la avanzada edad del imputado -la condena casi significa que Populin morirá en prisión antes de que pueda pedir el arresto domiciliario- ni tampoco que nadie hubiera reclamado ruidosamente por la víctima en la puerta de Tribunales.
El femicidio de Gladys Peralta parece que no le importó ni le dolió a la sociedad, pero a pesar de eso -al menos esta vez- la Justicia actuó, aunque nadie se lo haya pedido.
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