En las últimas semanas, el fenómeno de los Therians ganó visibilidad en redes sociales por sus encuentros y conductas en la cotidianidad. La viralización mundial de las personas que confirman sentirse animales volvió a instalar debate y cuestionamiento sobre la identidad.
El término “Therians” se deriva de Therianthropy, personas que tienen una identidad interna en la que sienten tener una mente o espíritu animal en un cuerpo humano. Adolescentes y adultos comparten la comunidad utilizando diversas máscaras de zorros, perros, lobos o felinos, experimentando exhaustivamente su identificación animal.
Además, en el colectivo se utilizan prácticas y conceptos propios. Uno de ellos es “shift”, sensaciones o conductas asociadas a su teriotipo. También aparece “quadrobics”, movimiento que consiste en desplazarse, correr o saltar en cuatro apoyos.
Para profundizar en el tema, Portal Universidad dialogó con el sociólogo Pablo Molina, quien propuso una mirada distinta sobre las tribus urbanas, su continuidad histórica, el papel de las redes sociales, el rechazo y los límites.
Consultado sobre qué tienen en común los punks, los Floggers o los Therians, Molina señaló que cada grupo responde a su contexto tecnológico y cultural. “La idea de subcultura ya nace con una carga valorativa. Parte de la idea de que es algo minoritario y que su producción estética es intrínsecamente inferior a la cultura dominante”.
Para el sociólogo, los Therians pueden leerse como una derivación de esas culturas: “Es una forma de identificación que va más allá del cosplay. No es que se crean literalmente un animal, lo que expresan es una vinculación espiritual y una dimensión de su identidad que buscan exteriorizar”.
En cambio, consideró que el concepto de “tribus urbanas” resulta más adecuado para pensar el fenómeno. “Son comunidades afectivas o estéticas y que se forman por afinidad, por parecerse entre sí, compartir consumos, modos de vestirse y sensibilidades”, detalló.
En ese sentido, definió que estas comunidades surgen en un contexto donde la juventud fue perdiendo vínculos tradicionales con clubes de barrio, sindicatos u organizaciones políticas: “Empiezan a buscar algo que los una y que les permita construir un ‘nosotros’ frente a un ‘ellos’. Siempre se presentan como discriminados por su elección, pero su lógica de resistencia es principalmente estética”.
Las redes sociales cumplen un rol fundamental y por eso, el sociólogo analizó: “Antes aparecía un episodio violento o un evento masivo y recién ahí los noticieros hablaban de tribus urbanas, hoy no hace falta eso. El algoritmo repite el contenido, lo muestra una y otra vez, y genera la sensación de que hay una invasión, aunque numéricamente no sea así”.
“Ahora puedo vincularme con personas que están en otros países. La pertenencia deja de ser exclusivamente física y pasa a ser digital”, destacó.
Según explicó, parte del rechazo actual se inscribe en un debate más amplio sobre identidad. “Hay sectores que plantean que si se abrió la puerta a reconocer diversas identidades de género, entonces todo es posible. Se construye la idea de que estas expresiones son excesos de la libertad”, objetó Molina.
Sin embargo, el investigador propone otra mirada: “Son una oportunidad para analizar cómo se construye el rechazo. Muchas veces nos preocupamos por estas expresiones y dejamos de mirar problemas estructurales como la inserción laboral juvenil. Aparecen comentarios que piden orden, psiquiatrización o incluso evocan discursos autoritarios. Se activa una reacción conservadora que interpreta estas expresiones como una amenaza al orden social”, señaló.
“El límite depende mucho de la actividad. Si una persona cumple su trabajo, la discusión cambia. El problema es cuando pasamos de decir ‘no me identifico con eso’ a evaluarlo solo desde el daño. Decir ‘no me hacen daño, entonces los tolero’ sigue siendo una posición despectiva”, explicó sobre el debate en torno a los límites.
Para cerrar, dejó una reflexión sobre el fenómeno puntual: “Estas expresiones forman parte de la pluralidad social. Cuando aparecen, generan tensiones porque cuestionan sentidos comunes, pero también nos obligan a revisar cómo convivimos con la diferencia”.