Por Paola Galano
“El secreto” (Teatro Atlas) es la obra que lo tiene como protagonista durante todo el mes de marzo: Gerardo Romano encarna a un fiscal retirado y padre de familia que guarda verdades ocultas que, cuando salen a la luz, explotan en el seno del hogar. Y ahí se las tiene que ver con los prejuicios, los reclamos y los secretos entrecruzados con su esposa, rol que lleva adelante Ana María Picchio, con su hijo y hasta con su nuera.
“La pulsión es promiscua, el deseo es promiscuo”, aseguró Romano en una entrevista con LA CAPITAL. Es que el espectáculo sobrevuela la vidriosa cuestión de la fidelidad e infidelidad en una pareja madura.
“No sé si fui infiel porque no tuve la hipocresía de callarlo, pero es un tema que vivo con cierta inquietud”
Dueño de una frontalidad admirable, Romano es el actor de éxitos como la noventosa serie “La marca del deseo” y de actuales como “El marginal” y su continuidad “En el barro”. En estas dos últimas, interpreta a Sergio Antín, un corrupto director de una cárcel de varones, famoso por los abultados insultos que pronuncia, y luego el personaje asciende a Secretario de Seguridad.
Esa manera directa de relacionarse con su vida y con el presente lo lleva a contar sobre la enfermedad que padece, el Mal de Parkinson: “Es cruento, pero trato de entenderlo y huyo hacia adelante”, contó. Y no elude hablar del país de Milei y de su propia historia, por qué dejó un puesto de fiscal y concentró sus energías en la actuación.
“No es la misma ética la de los abogados que la de los actores, no es la misma ingenuidad. La actuación me permitió mantenerme del bando de los buenos”, comparó las dos actividades.

Noya, Picchio, Romano y Sari, en “El secreto”, obra que sigue durante el mes de marzo en Mar del Plata.
-En la pieza se subraya la diferencia que existe entre la infidelidad que cometen los varones, que es vista como un desliz, con la que cometen las mujeres, que tiene una carga culposa más pesada.
-Me he encargado de subrayar claramente eso porque siempre padezco, no porque sea mujer, sino porque tengo una hija. Lo aprendí, no me daba cuenta cuando era hijo de que la víctima de la sociedad patriarcal era mi madre. Me di cuenta cuando fui padre. Y al personaje lo hago bien hijo de puta, adrede, era mucho menos hijo de puta el personaje y yo me ocupé de subrayarlo, de que quedara bien claro. Es un éxito la pieza, la gente se ríe muchísimo como nunca he visto ni como espectador ni como actor. Se ríe en los mismos lugares en todas las funciones.
-¿Y siendo pareja, no lo advertías, cuando eras novio o esposo?
-Era egoísta. No me daba cuenta, hasta que tuve una hija mujer. En el momento que ayudé a sacarla del útero de la madre me abrazó ella y dije “uy pobrecita, nace en este mundo”. Con lo fácil que es tener un hijo varón en la sociedad machista y patriarcal.
“No se si hay algún actor que lo hayan contratado para la calle Corrientes o en Mar del Plata teniendo Parkinson”
-¿Vos fuiste fiel?
-No. No sé si fui infiel porque no tuve la hipocresía de callarlo, pero es un tema que vivo con cierta inquietud.
-Hablaste del personaje de la obra que es muy hijo de puta ¿te gusta hacer esa clase de personajes? Te lo pregunto por el éxito que tuvo Sergio Antín en “El Marginal” y “En el barro”.
-Sí, es que el juego de actuar está relacionado con eso. A las actrices les gusta actuar porque pueden hacer una puta con entera libertad. Cuando éramos chicos, en mi generación, jugábamos al poliladron. Para mí no tenía ninguna gracia ser poli, después fui policía en la vida.
-Qué éxito el de Antín.
-Sí, es impresionante, ahora se estrena en Chile “En el barro”. Me asombra que alguien tan corrupto, tan inmoral… Es malo, tiene la misma matriz del presidente (Milei) y de los funcionarios actuales.
-¿Ves una vinculación?
-En esto de la maldad, porque he visto gente en la vida tomar medidas que no propenden a la felicidad de los destinatarios, pero no he visto eso de relamerse gozosamente. Eso no lo había visto nunca, ni en un gobernante ni en la vida, porque la gente que lo ejerce lo ocultaba, lo disimulaba y acá se vanaglorian, se enorgullecen.
“Tuve la posibilidad que no tienen otros actores: yo fui alguien y distinto y los contemplé desde afuera”
-Sabemos de tu mirada aguda, ¿cómo ves el país hoy?
-Y es un momento de desconcierto tremendo, pero qué fácil fue ser joven en los ’70, pareciera que eran épocas violentas o difíciles.
-¿Te parece más fácil que ahora? Pienso en la dictadura…
-Era más fácil, porque existía el socialismo. Ahora el zorro está en el gallinero y nosotros somos las gallinas. La historia no es un tren que va en línea recta sino que tiene vueltas y curvas. Es paradójico, la sensación es que estamos volviendo, que volvimos de un plumazo cien o doscientos años atrás, con la indemnización, el aguinaldo, las vacaciones, la jornada laboral. Si uno mira desde una mirada progresista es un momento difícil de definir.
-Hiciste público el tema de tu enfermedad, del Parkinson, ¿cómo estás?
-En la lucha, no tiene cura, no hay manera de luchar, no es una lucha pareja, con reglas, es cruento, pero trato de entenderlo y huyo hacia adelante, hago todo lo que creo, tengo una obra de teatro que hice 12 años que es “Un judío común y corriente”. La hice varios veranos. Digo el texto de la obra todos los días, es un texto largo y sabés que me lo acuerdo a pesar del Parkinson. Nado, nado tres o cuatro veces por semana, un kilómetro cada vez, hago gimnasia y ando en bicicleta, voy a todas mis actividades en bicicleta. Y confieso mi enfermedad, no lo oculto.
-Eso es muy bueno, poder hablar.
-Sí, no se si hay algún actor que lo hayan contratado para la calle Corrientes o en Mar del Plata teniendo Parkinson, no hay actores con Parkinson.
-Hay, pero se recluyen, no se muestran.
-Dejaron de ser actores, porque se tiene esta mirada pecaminosa, culposa, pero yo creo que es porque la sociedad es gerontofóbica y el Parkinson es una enfermedad de viejos, claramente la gente la oculta.
-Siempre fuiste una persona que no tuvo pelos en la lengua y con el tema de tu enfermedad sos igual…
-Sí, frontal, tuve la suerte de que cuando me detectaron la enfermedad estaba haciendo “Un judío común y corriente” y con esa noticia, que fue un rodillazo en el pecho, me fui a hacer la función de ese día y me di cuenta mientras la hacía que era salutífero hacerla, que era mi salvavidas, mi tabla, mi terapia.
-¿Seguís pensando que el arte tiene que desnudar al poder, como tantas veces defendiste?
-Sí. No hubiera dejado una carrera con un conocimiento tan enciclopédico e interesante como el de la abogacía, fui jefe de sumario del Ministerio de Justicia, fui profesor de la Facultad de (la materia) Economía Política y de Introducción al Derecho en los ’70. Compartía la cátedra de Introducción al Derecho con licenciados de la Sorbona franceses bilingües que venían a dar clases a la Argentina. Yo tenía la sensación de que no podía abrir la boca frente a estos tipos que sabían muchísimo. Era chiquilín, poco menos de 30 años. Me recibí a los 24, debuté como actor a los 30, en ese proceso de los años ’70 en el cual se produjo el golpe de Estado, el genocidio. Si hubiera empezado un poco antes estaría en las listas de desaparecidos, pero como era un don nadie…
-¿Qué encontraste en el teatro tan poderoso para dejar el Derecho?
-El diablo hizo de las suyas, porque yo arranco siendo un chico con muy poca autoestima, muy inseguro. Tenía una biblioteca que era la de mi padre. Había mucha filosofía, de los filósofos densos, Nietzsche, Heidegger, tenía una mirada muy escéptica sobre el sinsentido de la vida. Era muy chico e iba por la calle de la mano de mi padre y de repente vi un gorrión muerto, como mueren los pajaritos y me puse a llorar de una manera tan desconsolada. Estaba avergonzado, no pudiendo decir que descubrí la muerte.
-¿El teatro te permitió matizar esa mirada escéptica?
-Me permitió mantenerme del bando de los buenos, no es la misma ética la de los abogados que la de los actores, no es la misma ingenuidad, jugar como jugábamos al poliladron de chicos, los actores seguimos jugando al poliladron de grandes, para mí es un privilegio sanador y el vínculo que se establece con los actores, con los compañeros, cómo los quiero y los disfruto. Tuve la posibilidad que no tienen otros actores: yo fui alguien y distinto y los contemplé desde afuera.