Opinión

Hay que poner orden en la casa

Por Jorge Raventos

Con el final de la Semana Santa se inicia para la Casa Rosada un período de definiciones impostergables. Desde el momento en que quedó constatado sin temor a equívocos que el sector que se referencia en la vicepresidenta se ha sublevado contra el rumbo que, mal que bien, el gobierno adoptó al consumar el acuerdo con el FMI, el círculo más próximo a Alberto Fernández le reclamó al Presidente actos de autoridad que pongan en caja la indisciplina.

Fernández, un experto en diferimientos, ha venido esquivando esa presión con distintas excusas, pero esa actitud conciliadora, lejos de ser retribuida por el cristino-camporismo, fue cascoteada con actitudes más desafiantes. La propia vice intervino en ese coro con su discurso ante la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana, en un espacio -el Centro Kirchner- copado por militantes de su tendencia, que la ovacionaron como solían hacerlo en el

Patio de las Palmeras. “Que te pongan una banda y te den el bastón un poquito es importante pero no todo el poder, créanme, créanme, créanme, lo digo por experiencia… Ni te cuento si además no se hacen las cosas que hay que hacer…”, lanzó la señora con un destinatario inconfundible.

“La otra mejilla”

Los amigos próximos de Fernández están más que fastidiados: “Alberto está dando mucho más que la otra mejilla -resume uno de ellos-; está permitiendo que le destruyan lo que queda de autoridad para intentar reconstruir el poder político”.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, es el segundo blanco elegido por los rebeldes, que lo ven como el nexo entre Fernández y el Fondo y por eso aspiran a voltearlo. Ha sufrido la desobediencia del subsecretario de Energía, Federico Basualdo, a quien le pidió sin éxito la renuncia, y las críticas abiertas del secretario de Comercio, Roberto Feletti, que le endosa a su superior su fracaso en el manejo de la inflación.

La reacción de Guzmán a principios de esta semana parece insinuar un cambio de actitud de la Rosada: “Seguiremos con aquellos que estén alineados con el plan”, se despachó el ministro con una frase que -vox populi- fue dictada por el Presidente.

¿Una amenaza de purga en las filas del gobierno? Conviene no anticiparse, porque se sabe que para Fernández, como para Zenón de Elea, el espacio es infinitamente divisible, por lo que para llegar de un punto a otro puede haber innumerables estaciones. Por ejemplo: quizás no es preciso echar a los desobedientes, quizás alcanza con ignorarlos o pedirles que “no estorben”, como hizo el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, vocero de hecho de la Presidencia.

El secretario de Energía, Darío Martínez, por ejemplo, se allanó dos días atrás a convocar a las audiencias públicas necesarias para encarar los aumentos de tarifas previstos en el plan. Martínez formaba parte de los retobados -había cuestionado públicamente los riesgos de escasez de gas para producir electricidad- pero este gesto lo muestra dispuesto a “no estorbar”. Basualdo, por su lado, sigue pataleando contra los incrementos que se prevén en las tarifas. ¿Uno seguirá en su lugar y el otro se irá?

El tema de las tarifas no sólo incide sobre la inflación -que, con 6,7 por ciento de incremento en marzo es el foco de las preocupaciones-, sino en una cuestión de mayor alcance: la perspectiva de que la producción nacional se vea paralizada por carencia de energía. El gobierno cordobés ya ha alzado la voz de alarma haciéndose eco de la preocupación de los productores de esa provincia, que han sido advertidos de ese riesgo por sus proveedores habituales.

Precios en ascenso y producción en declive son factores que anuncian problemas. “Esto se va a poner feo”, amenazó el cristinista Feletti.

¿Cuanto peor, mejor?

El núcleo que rechaza el acuerdo con el Fondo -una política que contó con respaldo de la mayoría de las fuerzas políticas- es partidario del “cuanto peor, mejor”: aspiran a que el rumbo que insinúa el acuerdo con el FMI fracase más temprano que tarde, con la expectativa de provocar cambios en el gobierno que permitan cumplir con los cantos que se escucharon en el CCK subrayando el discurso de la señora de Kirchner: “Vamos a volver”.

El riesgo de ese retorno es de baja probabilidad. Lo que no lo es, es que se afirme la situación de ingobernabilidad subrayada por el esmerilamiento de la autoridad presidencial y la falta de reacción del Gobierno.

En rigor, asistimos a una desintegración del poder político que, tanto en sus expresiones oficialistas como en sus manifestaciones opositoras, no consiguen soldar un núcleo que exhiba ante la sociedad musculatura y eficiencia para sostener una prueba de largo alcance.

Los montoncitos de poder dispersos entre líneas, facciones, candidaturas y ornitologías varias abonan con su impotencia la insatisfacción social y, como consecuencia, la prédica de la antipolítica.

Los sectores realistas y moderados de las distintas fuerzas que empiezan a tejer redes de convergencia tienen una tarea prometedora entre manos: el poder político necesita ser reconstruido y ese es un objetivo que excede a las facciones o coaliciones individuales.

El gobierno, entretanto, tendrá que hacerse cargo de sostenerse tomando decisiones impostergables para poner la casa medianamente en orden. ¡Felices Pascuas!

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