Opinión

Hay que ver la muestra de Milo Lockett

Artistas y críticos hacen fila para desacreditarlo. Tal vez sea una postura a la moda del bienpensante. O tal vez sea una postura bien fundamentada. “Le hice muy bien al arte argentino”, dice él. Bienvenida la discusión.

por Agustín Marangoni

Existen procedimientos para determinar si una obra vale la pena. Son formas polémicas, falsables, complejas, son los engranajes de un discurso crítico que muestran los paradigmas de pensamiento de un época y abren el recorrido a nuevas interpretaciones. Por eso es sano que el arte despierte una discusión.

Hay pocos artistas que lo logran. En el escenario del arte plástico argentino, Milo Lockett es el ejemplo supremo. Es uno de los artistas más prolíficos, seguramente el más exitoso y sin duda el más popular. Tiene una imagen propia y una extensión de catálogo impactante. Produce, en promedio, dos mil obras al año. Trabaja con tres ayudantes estables que conocen al detalle cada recurso en los trazos y en el color. Su imagen se catapultó a la fama en  2006 cuando rompió todos los récords de venta en ArteBA. En esa misma época aparecieron sus detractores; críticos y artistas que envueltos en la bandera del arte verdadero lo tildaron de fenómeno comercial sin futuro. Pero pifiaron. Hace once años que la demanda de obra de Milo Lockett sigue creciendo, en Argentina y en el exterior. Entonces apuntaron los piedrazos donde más duelen: a la obra. Hubo críticos que en un ataque de elegancia punk usaron la palabra mierda como adjetivo para referirse a sus creaciones. Hasta se burlaron del grado de maduración intelectual de aquellos que disfrutan con sus cuadros.

La llegada de Milo Lockett al Museo MAR con la muestra Rotonda –que se puede ver hasta el 30 de julio con entrada libre y gratuita– también despertó críticas. Las de siempre, junto a otras de acento político. Como se pronunció crítico del kirchnerismo hay quienes le bajaron la persiana. En ese sentido, la batalla no tiene ningún sentido. Cualquier postura política personal puede quedar a un lado al momento de acercarse a una obra de arte. Borges era un gorila, sin embargo sería muy poco inteligente no leer a Borges. Juan Filloy era un homofóbico confeso. Astor Piazzolla cenó con Videla mientras su hija estaba exiliada en México. Voltaire era un defensor enfático de la esclavitud. Le Corbusier era pro fascista y antisemita. Y así la lista puede seguir por horas. Hay muchos genios que sostenían ideas políticas espantosas. El punto sensible, siempre, tiene que ser la obra. Le guste o no a sus detractores, Milo Lockett con sus cuadros logró ubicarse en el centro de la escena. Punto a favor. Hace largas décadas que no pasaba algo similar en la plástica argentina.

Son las doce del mediodía. El equipo de montaje del MAR trabaja en las últimas cuestiones técnicas. Faltan dos días para la inauguración y Milo camina a paso lento las dos salas donde expone cien obras recientes. El curador le explica el diseño conceptual del recorrido. “Me gusta que alguien defina un criterio. Yo escucho y dejo trabajar con total libertad”, dice sin perderle atención a cada detalle.

– ¿Cómo te ves?

– Estoy muy contento. La muestra quedó muy bien y este museo es increíble. Es la segunda vez que me ofrecen un museo completo para mostrar tanta obra.

Milo se detiene enfrente de dos cuadros trabajados en colores tierra y negro. En el centro de la composición están sus personajes de siempre, realizados en trazos crudos. “En esto estoy, en la brutalidad. Entro y salgo de los temas y de las búsquedas todo el tiempo. Después vuelvo. O tal vez no. Antes había periodos, estaba bien que los artistas tuvieran etapas. Hoy cambió todo. Trabajo con collage, saturo, saco material. En ese entrar y salir aparecen cosas y las dejo estar”, dice.

– ¿Qué sentís cuando te que dicen que sólo pintás para vender?

– Es una acusación ridícula. No me fijo en lo que hay que hacer o lo que se viene. Esta es mi obra. Esto es lo que me sale. No tengo una estrategia que me permita vender. Eso no existe, es una fantasía. Yo no descubrí nada. Vender es una cosa que sucede después. Primero llega la obra. No pinto pensando en lo que es comercial o no es comercial. Eso sucede y te excede.

Milo se para a un costado del mural que pintó para la muestra y que al finalizar será donado al Hospital Materno Infantil. Lo desarrolló en menos de una semana, con uno de sus ayudantes. Lo mira por fragmentos y me comenta algunas ideas que analizó durante el desarrollo.

– Hace diez años que estás en un auge comercial. ¿Creés que eso cambió tu obra de alguna forma?

– Cambió un montón de cosas, sí. La obra de un artista se modifica, y mucho, cuando aparece la tranquilidad económica. Pueden pasar dos cosas. Que la comodidad te lleve a una mejor obra o que dejes de trabajar. En mi caso, siempre tuve hambre, soy un artista productivo. Nunca dejo de pintar. En el quilombo que hago aparecen todo el tiempo cosas. Pinto todos los días como si me faltase el pan.

– ¿Qué hay de bueno y qué hay de malo en esa superproducción?

– En la superproducción no hay nada de malo. Por el contrario. Cuánto más trabajás, más posibilidad tenés de crecer. Existe la fantasía de que si hacés mucho es malo. Pero creo que ese es un concepto de otra época. Un artista necesita producir mucho para vivir del arte, no todo el tiempo hacés un dibujo que funcione plásticamente.

– ¿Y qué hay de malo?

– Creo que lo malo es el vicio de repetir y repetir. También es malo creer que uno tiene razón en la que hace y no querer crecer. Yo soy un artista que produce. No creo en la inspiración, soy un animal de trabajo. Entonces, en el trabajo aparezco todo el tiempo. En la investigación aparecen las obras. Y en algún momento la pegás con algo. La obra se va para muchos lados.

Milo avanza hacia la otra sala, donde está la obra gráfica y sus trabajos con los relieves, el monocromo y las citas a la figuración. Me hace un comentario sobre el uso del plano y los colores, algo sobre un azul tenue. Aprovecho el momento de confianza para hablar de sus sensaciones más allá de la obra.

– ¿Cómo te llevás con las críticas violentas? Hay gente que dice y escribe conceptos muy hirientes sobre tu obra.

– La verdad es que no les llevo el apunte. Sería mirar la parte vacía del vaso. No tiene sentido. A diferencia de esos que me atacan, yo tengo algo que es bueno: no tengo conflicto con ellos. Son ellos lo que tienen conflicto conmigo. A muchos artistas que me atacan no los conozco, no sé qué hacen, pero los respeto. Esa es la diferencia que tenemos. Yo no voy a discutir en las redes sociales ni a decir ni a escribir barbaridades sobre nadie. Y mirá que han dicho barbaridades sobre mi obra.

– ¿Y en lo personal te afecta? ¿Te duele?

– No. Porque sé quién soy y qué hago y cómo vivo. Cuando te lavás la cara a la mañana y sabés quién sos es muy difícil que te duela lo que te pueden decir algunos. Aparte son acusaciones que se caen porque no tienen consistencia. Yo acepto cuando alguien me dice que una obra mía no le gusta. Ahora, que me digan que hago reverendas mierdas y que soy un hijo de puta ya va por otro lado. Esos ataques se caen por sí solos. Eso no es ni discutible. Me interesa cuando alguien me dice que no le gusta cómo uso el color o las figuras. O que tengo influencias de tal. Esas críticas las tomo. Hasta ahí genial. Pero entrar en discusiones porque otro quiere tener conflictos, no. Yo me corro. Me encanta discutir, pero no en terrenos donde no se puede avanzar.   

Antes de subir a ver su muestra, Milo se debe haber sacado por lo menos diez fotos. Cada persona que lo veía se acercaba a saludarlo. Llama la atención que un hombre que pinta cuadros sea un fenómeno tan popular. Se puede entender de un músico, de un actor de cine, de una estrella de la televisión. Para un artista plástico es una excepción de las más excepcionales. Le pregunto cómo se lleva con esa masividad. Sonríe y me aclara que no quiere sonar soberbio. “Ser popular no es fácil. Hay que sostenerlo con obra, con carácter, con tiempo. Es fuerte. Yo viajo mucho, trato de estar en todos lados, entro y salgo de realidades distintas, voy de Miami al Impenetrable. Además tengo una familia, juego con mis hijos. No estoy disfrazado de artista, no me meto a mis muestras por la ventana para hacerme el loco. No. Me saco fotos con la gente, charlo, escucho a todo el mundo. Pero eso lo tenés que sostener emocionalmente”.

El ruido de un taladro lo obliga a hacer silencio. Le cambio la pregunta drásticamente.

– ¿Sos ambicioso?

– Sí, muy ambicioso. Ambicioso de tener trabajo y sostenerlo. Ambicioso de buscar y defender una obra. Eso tiene que ver con la ambición. Un artista tiene que ser ambicioso, egocéntrico y egoísta. Si no que se dedique a otra cosa. Porque un artista tiene que estar dispuesto a perder, son muchas más las veces que se pierde. Es una vida muy intensa. No existe la vida light para el artista. Hay mucha renuncia y mucho compromiso. Yo estoy equilibrado porque tengo la familia que armé ahora. Pero en el camino quedaron otras familias. Otras vidas. Entonces, no es un camino liviano. No es para cualquiera.

Mientras recorro la muestra con Milo Lockett no puedo dejar de pensar en las críticas que lo fustigan. Todas parten del mismo sector del arte visual, un grupo minoritario de artistas, tal vez talentosos, que no proyecta su obra más allá de su microsistema de pertenencia: su público de siempre, sus pocos comentadores de siempre, sus pocos compradores de siempre. Por supuesto que la cantidad no hace a la calidad, pero sí hay ahí una señal de endogamia que me cuesta mucho entender. A Milo Lockett se le exige ser un revolucionario, un artista que haga estallar los límites del arte, que se arriesgue a desdibujar las fronteras del universo. Y no tiene por qué ser así. Su obra se puede leer como una puerta de entrada al arte plástico, como un nexo con otras obras, otros creadores, otras ideas. Hasta se puede analizar su sencillez como una virtud. De hecho, está sensacionalmente bien explotada. Los artistas y críticos que lo defenestran podrían ser más audaces, subrayar sus potencialidades y estudiarlas. Milo Lockett tiene lo que tienen pocos: una obra reconocible que lo respalda y astucia comercial. La liturgia del puritanismo es falsa. No conozco artistas que pudiendo vender se nieguen a ingresar en el mercado. Por el contrario, conozco artistas que se salen de la vaina por vivir del arte con su obra y nadie les lleva el apunte.

– ¿Qué lectura hacés del mercado del arte?

– Los artistas tenemos que pensar mejor para el arte. El problema es que el sistema es tan chico y tan mezquino que muchas veces no tolera el éxito y la popularidad. Tampoco la masividad. Ahí es donde se hace un cortocircuito. Yo le he hice muy bien al arte argentino. Acerqué mucha gente al arte y a otros artistas. Mi obra hizo que haya un nuevo coleccionismo y que los nuevos coleccionistas se acercaran a otros artistas. Eso no es fácil de conseguir.

– ¿Y del rol de la galerías?

– Ahí no me tiembla el pulso. Soy muy crítico con las galerías, porque no supieron construir coleccionismo en la última década. Muchas veces ni siquiera saben quiénes son sus clientes o posibles compradores de obra. A las pruebas me remito. En los últimos años cerraron más del 60% de las galerías. Y eso es que no han hecho nada bien las cosas. Hay gente que quiere comprar obra, pero está mal asesorada. Compra obras que no le gustan, compra lo que le dicen que tienen que comprar. Adquirir obra que te gusta te modifica la forma en que tenés de mirar el arte.

Milo es coleccionista. Le compra obra a sus hijos. En diez años adquirió más de 250 cuadros. Destina entre un 10% y un 20% de sus ganancias al coleccionismo, además de lo que canjea con otros artistas. “Me gusta que los chicos crezcan en ese contexto de mirar obra, de disfrutarla. Además, es una manera hermosa de construir un patrimonio cultural”, dice.

Salimos. El viento de mar está frío, pero Milo quiere fumar un cigarrillo. Fuma dos, uno atrás del otro, y pide un café. Cada persona que pasa por la puerta del museo lo saluda y lo felicita. Y yo no dejo de sorprenderme. Es un tipo que pinta cuadros, insisto.

– ¿Por qué creés que a la gente masivamente le gusta tu obra?

– Es una pregunta muy difícil que no sé responder. Se juntan muchas cosas, creo. Le tiene que gustar la imagen, le tenés que agradar como persona, tenés que llegarle con las ideas. Trabajo mucho en la campo social, no acumulo nada, dedico tiempo a muchas fundaciones. Qué sé yo. Creo que es un conjunto de factores que le llega a la gente.

Milo Locket es un artista tan popular, tan discutido, tan criticado, tan exitoso, tan vilipendiado que, creo, es obligatorio ir a ver qué pasa en su obra. Hasta el 30 de julio va a estar en el MAR. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

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