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Opinión 25 de agosto de 2026

Historicidio simple: Los propósitos políticos de la historia.

Opinión.

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Escribe Leonardo Z. L. Tasca *

 Hay un propósito político o partidario en distorsionar la historia y hacerla aparecer con una narrativa sesgada y servil como que solo los grandes hombres lo construyeron todo. Es por ello en Argentina se estudia el pasado abroquelándose con exclusividad en las meras biografías laudatorias y no en historia comunitaria y social. Interesa más el hombre San Martín, que averiguar en esencia el significado profundo y social del cruce de Los Andes para liberar a Chile y al Perú. Esto está conduciendo al historicidio simple, es decir, la muerte de la historia como maestra de la vida.

Una de las carencias de los historiadores ha sido no analizar los procesos pretéritos desde una mirada política. Se ha insistido mucho en la mera descripción, en las biografías, las anécdotas, las fechas y una interpretación partidaria. Ello ha despertado ingente admiración en los seguidores de determinados intelectuales, pero ha sido un drama para el país. ¿Han fallado los historiadores o ha fallado el método de análisis? Creo en esto último

Una corriente política como el liberalismo ha introducido “un método” de inquirir el pasado, para imponerlo como contrapartida documental a la sujeción del país a un proceso imperial de expoliación de sus riquezas, y para que ello sucediera ha sido perfecto como actúo la versión que tenemos de la historia. No todos han actuado como lo afirmado, pero la batalla intelectual fue ganada por el liberalismo, y la ganancia la obtuvo al consagrar y naturalizar el método de análisis histórico que se utiliza en casi todos los niveles.

El pasado siempre está en estado crítico por ello requiere un método científico para analizarlo, requiere un sistema que sea un gestor activo y transformador, capaz de agregar y dar valor a los elementos que investiga. Poner valor la memoria integral, es fundamental para asumir una dinámica de investigación e interpretación totalitario del proceso de registro y narrativa de la memoria. ¿Por qué? porque, solamente por el estudio de la historia se revela la ignorancia política y se logra superarla.

El timo a la historia por medio de la hipocresía fue y es potenciando únicamente los vicios por medio de la afectación supuestamente de los tantos y tantos beneficios del conocimiento del pasado. Así, las memorias personales y los homenajes en las estatuas en las plazas públicas consagran a la villanía batiendo loas a la virtud. Esta situación palmariamente vil, se convierte en dolo; y todo lo que contiene dolo debe ser anulado. ¿Anular la historia?, no, investigar con espíritu y tesis nacional y corregir todo aquello que desvían a una persona en sociedad de su humanidad, de su promoción o de su naturaleza.

Si el historiador no analiza las contradicciones políticas, sociales e intelectuales y se aleja de las sublimaciones del proceso anecdótico o los calendarios de fechas, nunca podrá hacer una síntesis vernácula del pasado, tan necesaria como el conocimiento mismo. Mucho menos advertirá a través de su narrativa que las minorías seudo aristocratizantes se nutren y pretenden consagrase como clase exclusiva por el subdesarrollo económico y la cultura penetrada por acciones disgregadoras; es decir, atraso y dependencia son congruentes para estaquear el país, y son para aquel una responsabilidad inexcusable, y una materia concreta de estudio.  

La oligarquía se fortalece en la creación permanente de antinomias para forjar fracturas políticas e institucionales, porque sabe que la cohesión o unidad de la población barrena sus intereses. ¿Quién puede mostrar pasión y reflexión por lo nuestro si no es la historia?    

El estrago intelectual de la fullería ha generado desolación en los necesarios saberes, siendo más aun dañoso por la modificación de los comportamientos de la sociedad política porque cree que el pasado estudiado le va a dar conocimientos y virtudes y lo que le da es solo impotencia y resignación sobre los problemas comunitarios sin resolver. Efímera expectativa, quizás sin la suficiente advertencia que la ignorancia no tiene fronteras y el olvido de la pretensión que las acciones mundanas no distraigan de la imprescindible enseñanza y propender a la quita de la ansiedad, porque con ansiedad y depresión no se aprende ni se construye.    

Según el filósofo y profesor estadounidense Noam Chomsky: “Nadie pondrá la verdad en tu mente, es algo que tienes que descubrir por ti mismo”, distribuyó este mensaje; sin embargo, parece demasiada responsabilidad reflexiva transferir al hombre tamaña tarea. Poner la culpa al no aprendizaje de la historia por parte del hombre de la calle, es un asalto cruento a las estructuras axiomáticas, porque solo un sentido de investigación trascendente permite descubrir el auténtico valor social, dado que nadie fabrica un zapato sin saber cómo es un pie.

Por las dos variantes y en la creencia que el conocimiento proviene de “la razón” o de “la experiencia”, comprender estos puntos de vista puede abrir nuevos horizontes en el pensamiento político e institucional. Por medio del entendimiento que emerge de la investigación el pasado se convierte en historia y la narrativa puede sentirse como realidad, porque los hechos puede que se olviden, pero nunca desaparecieron.

El cerebro es un órgano social, y el aprendizaje científico puede revelar el método de exposición de la realidad social circundante que rechace las influencias externas y los intereses de las minorías reaccionarias oligárquicas que han conquistado y colonizado vastos territorios mentales de incautas mujeres y hombres de Argentina, impávidos y sorprendidos, porque los intelectuales y los historiadores coaligados le murmuran, “hágase cargo del pasado”. Esta forma idiomática o locución causativa, esto es, con el sentido de obligar a alguien a hacer algo o ser la causa de que alguien haga algo, va seguido, bien de una oración subordinada introducida desde la narración sesgada y politizada que los historiadores, sin ninguna materia preventiva, “le preparan” al hombre de hoy.

Solo los historiadores tienen la capacidad de constituir una plataforma intelectual de sabiduría sobre lo acontecido en el pasado que sirva para restituir la memoria colectiva como narración y cognición. Y solo los necios niegan la estrecha relación de los pensamientos, la memoria y los acontecimientos, es decir, la experiencia social; aunque el pasado no es sinónimo de historia, y lo luminoso y junto a la cognición aparece si es investigado e interpretado, ¿por quién?, por el historiador.     

Pero este mensaje que puede aparecer como un buen consejo e insistir con las responsabilidades colectivas también, pierde legitimidad no solo porque de quien proviene – historiadores liberales, coaligados al factor económico externo -, sino que es un memorándum sutil pero avieso, dado que nunca se aboga por la capacidad del juicio político crítico, que debería ser un mensaje antecesor a la transferencia de que el pasado es responsabilidad de ciudadano. 

“Debido al enfrentamiento de diversas ideologías, surgen las corrientes historiográficas”. Son diferentes interpretaciones del pasado y no se debe denostar a los historiadores por parciales o tendenciosos por ello; pero sí éstos deben reconocerlo. El engaño no consiste en que Bartolomé Mitre o Tulio Halperín Donghi interpreten la historia desde su concepción liberal, o de la “historia Social”, sino que lo hagan pretendiendo que sus visiones son neutras, no obedecen a ideología alguna. Y en estos casos tienen la ventaja que sus visiones se enseñan en las escuelas como la única y verdadera historia. 

El estudiante y el ciudadano deben tener bien claro que no hay una historia objetiva y que detrás de cada versión histórica y de cada ideología se encuentran grupos sociales con intereses enfrentados. Por ende, no hay una historia neutra, así como tampoco hay un periodismo objetivo. Son diversas interpretaciones, las que a su vez responden a distintas ideologías o corrientes historiográficas” (1). 

La historia argentina deliberadamente amnésica, permitió y permite una fuga hacia adelante, casi no se sabe a dónde, nunca en las cuestiones fundamentales del país (2). Sin embargo, estamos obligados por la sanidad mental de la comunidad obligados a pensar, buenos pensamientos que se alojan en el corazón y atraviesen nuestro cerebro, sin que a veces consigamos sacarlas de ahí para convertirlas en emociones porque las emociones de nutren de una historia no solo diáfana, sino autentica. Solo los pueblos que son capaces de soñar llegan al futuro, en cambio al mañana se llega por el trabajo fecundo, proyectos serios y la capacidad de soñar. La historia crea conciencia y consolidando el pasado desde el estudio y con conocimientos, se puede enfrentar el futuro sin la carga del fracaso. La energía producida por los hechos del pasado crea una línea que atraviesa la inmensidad, que se hace más infinita aun del tiempo pretérito, solo por el conocimiento. Sin la perspectiva de indagar y conocer no hay triunfos sobre el fracaso. El conocimiento histórico protege al hombre, le da sabiduría y lo aleja de la mediocridad.

Solo el conocimiento del pasado pulveriza los fracasos políticos, a la vez también libera de la eterna esclavitud de ir de fracaso en fracaso. El conocimiento también aniquila la conclusión de que lo que se vive socialmente es así y nadie lo puede cambiar. La ignorancia hace naturalizar la inepcia, normaliza lo anómalo. El método analítico de consignar fechas y lugares en vez comportamiento, experiencia y gestiones políticas, en muchos casos, ha hecho inútil la tarea de la historia cómo compendio de aprendizaje. 

Historiadores que analizan como un gallo picotea el grano de maíz. Este método siempre lleva al fracaso porque parte de premisas analíticas falsas o anecdóticas. Al colocar al principio del análisis errores, se sigue con el arrastre y es similar al de una ecuación matemáticas, lleva indefectiblemente, como emergente de esa concepción primigenia al error. La historia de un país no es un fenómeno de partida, mucho menos de olvido, es una construcción social y de interpretación en el tiempo y así sucede porque el presente merece una pausa de asedio analítico para poner en valor el esfuerzo de las generaciones anteriores. La historia de un país es también la de los errores políticos. Si la sociedad, que vive inmersa en la realidad y las experimentaciones políticas o sociales no son otra cosa que el reflejo de ese pasado narrado falsificado, lo que fluye es el fracaso, así las conexiones no son con la verdad.   

Solo la historia utiliza el recuerdo y lo transforma en conocimiento, porque en todas las sociedades que buscan el desarrollo, el conocimiento del pasado no solo es motivo de orgullo nacional, sino motivo de incentivo de para fortalecer los proyectos que transforman. 

La historia es la conciencia experta de la población, es un espacio donde confluyen las herramientas para construir y sincronizar la inclusión. Es un universo social confiable que allana para gestionar y ayudar a las posibles soluciones en el camino de gestar sólidamente el carácter y el espíritu del país. Cuando la historia pierde el control como ciencia de lo que aconteció, y el cometido de enseñar, las comunidades van al fracaso. Con el legado histórico el hombre puede ser víctima de ello, si lo niega o no lo estudia, o ser un heredero que recibe los beneficios.  

Inmutable, el pasado revelado por la tarea del historiador espera al hombre para acusarlo de la falencia falsaria que “el recuerdo no es conocimiento”. La pregunta no es de ¿dónde venimos?, sino que hacemos con el pasado dado que habita en nosotros.

 

Notas bibliográficas: 

  1. Profesor de historia Julio Otaño, conferencia en el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, CABA año 2023.
  2. El reconocido historiador y ensayista Norberto Galasso en su trabajo sobre las corrientes historiográficas argentinas, realiza una clasificación en la que destaca “La historia oficial, liberal o mitrista”. Es oficial porque se enseña desde hace décadas en distintos niveles de enseñanza, predomina en la mayoría de los medios de comunicación, se yergue en las estatuas de la plazas y denominaciones de calles y localidades.

*El autor es historiador y ensayista, su último libro es “Preceptiva sobre San Martin y libre cambio pirático”, publicado por la editorial Editores de América Latina.