Huber Calderón, una vida para el boxeo
Púgil en su juventud, eterno “laburante” de los gimnasios de esta ciudad y reconocido promotor. Atesora más de cinco décadas de historias junto a púgiles famosos y anónimos, entre sogas, bolsas, manoplas y encordados. Y sigue tan enamorado de este deporte como el primer día.
Huber Calderón recibe una plaqueta sobre el ring en el Club Quilmes. Fue en una de las temporadas boxísticas veraniegas que organizaba junto a la FAB.
Por Sebastián Arana
El hombre ya pasó los setenta, no importa cuánto. La vida dejó huellas en su cuerpo, pero no se rinde. La voz gruesa se impone en el patio de la casa. No falta tanto para que oscurezca. Sin embargo, lejos está de buscar el abrigo de la cocina y de un mate reparador. Tiene compañía. Un aprendiz de boxeador, con los guantes calzados, se mueve en torno suyo. Él se apoya firme sobre el bastón que aferra su mano derecha y extiende la otra hacia adelante. Esa mano izquierda, siempre inclinada hacia abajo, atrae al otro como un imán. Hacia ella va un aluvión de golpes, aunque no de cualquier manera. Todos a pedido. “Derecha en punta, vamos, cintura y gancho, ahí va, no se quede viejo, salga para el otro lado, vamos, tire con bronca, deme una izquierda, ¿qué le está pasando nene?, vamos, siga, muy bien”, lo dirige.
Huber Calderón, de él se trata, no permite que el boxeo salga de su vida. Su trayectoria como promotor es bien conocida en el medio marplatense y bonaerense desde comienzos de los años ‘90. Sin embargo, no tantos saben que fue púgil durante su adolescencia, en su Colón natal. Eterno “laburante” de los gimnasios, tampoco son tantos los que conocen a fondo su foja de servicios. Con él, en algún momento, entrenaron Luis Lazarte –uno de los dos campeones mundiales que dio el boxeo de esta ciudad-, César Leiva, Omar González, Rubén ‘Siru’ Acosta, Raúl Chamorro, Héctor Patri, el “Tigre” José Aguirre, el “Gordo” Daniel Neto…Y no fueron pocos los ex campeones mundiales que requirieron su gran habilidad para trabajar con la “manopla” antes de alguna pelea en esta ciudad. ¿Le suenan los nombres de Jorge “Locomotora” Castro, el “Zurdo” Julio César Vásquez, Rodrigo “La Hiena” Barrios, Juan Martín “Látigo” Coggi o Pablo Chacón, por mencionar a algunos?
Huber Calderón, siete décadas y un poquito (no importa) más, el boxeo en el alma pic.twitter.com/AyowS972fd
— Sebastian Arana (@sebarana71) June 16, 2026
“Ojo, no estoy retirado, eh… Como entrenador, sí, abandoné. Como promotor, no. Vinieron muchos chicos a verme, boxeadores profesionales, para entrenar. Pero, por mi salud, no me siento en condiciones. Sí puedo charlar, tirar ideas. Pero no entrenar. Una vez vinieron a verme dos y les hice tirar manos entre ellos. Enseguida les marqué un par de cosas y me respondieron: ‘Esto nunca me lo habían dicho’. Faltan buenos docentes. Puedo dar una mano, pero no entrenar de firme. Ya me duelen las manos, uso bastón. Así y todo me las ingenio para laburarlos solo con la izquierda. El contacto con el boxeo me hace sentir bien”, tira Huber.
Mano a mano, en la mesa de su cocina, mientras intenta dominar una memoria que por momentos lo traiciona y en otros reaparece vigorosa, se entusiasma si el boxeo es el tema dominante.
Los comienzos
“Empecé en Colón, mi pueblo, tendría doce años. Hoy no hay muchos controles sobre menores en el boxeo, pero en aquella época mucho menos. Era fuerte y me gustaban las piñas. En la escuela me peleaba casi todos los días. Un día un hombre me propuso ir a un gimnasio a aprender a boxear. A los quince días ya me llevaron a pelear a un festival en Arrecifes. Empaté y seguí. Hasta que me llevaron a hacer una pelea en Buenos Aires. Me pegaron un ‘roscazo’ del que me acuerdo hasta hoy. Llegué a la esquina y les dije a los de mi rincón que estaba viendo a tres personas. ‘Vos tirale a la del medio’, me dijeron. Todavía no me explico cómo llegué al final de la pelea. No recuerdo si lo agarré o disparé. Por supuesto, perdí ampliamente”, rememora sobre su poca conocida etapa de púgil.
Calderón no sólo recibió “roscazos” en Buenos Aires. Ahí empezó a conocer más en profundidad a un deporte que quiere casi tanto como a Elena, “Paquita”, su compañera de vida desde hace más de cinco décadas. El eximio “manoplero” nació en un gimnasio porteño. “En Buenos Aires había un gimnasio que se llamaba ‘Mister Chile’, era de un fisicoculturista. Ahí me hice amigo de un boxeador de Tandil y empecé a entrenar con él. Su entrenador me enseñó muchas cosas. Sobre todo a ‘hacer manos’. ‘Nunca la pongas derecha, te la pueden romper. Siempre inclinada hacia abajo y con los dedos bien apretados’, me explicaba. Esas primeras enseñanzas me acompañaron toda la vida”, apunta.
Huber, sin embargo, no se quedaría mucho tiempo en la metrópoli. “Me vine a Mar del Plata con mi mujer en 1972. Todavía no tenía veinte años, ni nos habíamos casado. Mi mamá vivía sola acá y la quería acompañar. Enseguida empecé a ir al Piso de Deportes a ver cómo entrenaban los boxeadores. Sin saber que era promotor, me hice muy amigo de Roberto Barrionuevo. Todos los sábados había boxeo y se llenaba”, rememora años felices para el boxeo de la ciudad.
Calderón iba a encontrar campo fértil en Mar del Plata para seguir ligado al deporte que lo apasionaba. La compañía de Roberto Barrionuevo, histórico promotor de esta ciudad, le iba a mostrar otros caminos. Cuando lo recuerda, la cara se le ilumina.
“El ‘Gordo’ tenía varios trucos. Uno de ellos era mojar las tribunas de madera para que el público no se siente y siguiera las peleas parado. Así podía meter más personas y mejorar las recaudaciones. Un día me mandó a mojar esas gradas con una manguera y empezó la relación. Ahí conocí también a Carlos Livera, cuñado de ‘Tito’ Lectoure, que era su socio. ‘Vos algún días vas a ser promotor’, me decía el Gordo. Yo no entendía nada, de boxeo algo sabía, pero de organizar peleas no tenía ni idea”, confiesa.
El gimnasio, sin embargo, le tiraba más. “Barrionuevo me puso en contacto con un entrenador chileno, de apellido Roca, que vivía en Mar del Plata y andaba en bicicleta para todos lados. Nos hicimos muy compinches. Sabía mucho el viejito, me enseñó un montón de cosas. Pero un día cerró su gimnasio y fuimos todos a parar al de la UTA. En un momento coincidieron ahí casi todos los entrenadores de Mar del Plata. Sacco tenía un sector para trabajar, Dipilato otro y este hombre también tenía su lugar. Ahí comenzó mi relación con Dipilato, quien me convenció de ir con él cuando se fue al gimnasio de Jara y San Martín para entrenar a sus boxeadores. En tanto, seguía aprendiendo. Antes no había videos, ni muchas facilidades para aprender de los mejores. De vez en cuando aparecía algún libro, como el de Angelo Dundee, el entrenador de Cassius Clay”, recuerda.

Calderón se dio el gusto de trabajar en el gimnasio con varios boxeadores de fuste. Uno de ellos, en una temporada de verano, fue el “Zurdo” Julio César Vázquez.
Historias de campeones
Calderón, entonces, encontró con los boxeadores del “Raúl Santos Villalba” el espacio para desarrollar sus habilidades para trabajarlos. Y así nacieron muchas historias. Luis Lazarte es el protagonista de una de las mejores. “Lo llevé a debutar como amateur a Benito Juárez. A Luis había que hablarle para convencerlo de lo fuerte que metía las manos. Pegaba como una mula. Aquella vez le tocó uno bastante alto como rival. ‘No le dispare. Acérquese y trabaje abajo. Usted ya sabe, busque el hígado y la panza. Lo va a aflojar como un queso. No me recule’. Lo tocó en el hígado en el primer round y lo tiró. Cuando volvió al rincón, lo volví a animar para que siga buscando el hígado, para que meta ganchos….Fue una carnicería, el chico cayó y no se levantó. El referí detuvo el combate. Ese pibe era el crédito local, de lo mejorcito de Juárez. No sabés la que se armó, nos acusaron de llevarle a un profesional. Empezaron a volar sillas y se armó una de trompadas infernal. Lo abracé a Luis, lo bajé del ring y lo llevé al camarín. Nos encerramos por adentro y amontonamos sillas en la puerta. Hasta que llegaron dos policías y nos recomendaron que nos escapáramos. Yo tenía un Torino que volaba. Lo había estacionado en un patio y le dije a mi hijo mayor, que recién empezaba a manejar, que lo sacara y que estacionara donde la policía le indicara. Hicimos como nos dijeron. Leo estacionó, nos subimos al auto, aceleramos y dejamos atrás a todos los que nos estaban esperando en la esquina. Después, con el tiempo, también subí con Lazarte a la esquina cuando debutó como profesional”, cuenta.
Huber trabajó junto a varios de los mejores púgiles que se formaron en esta ciudad en las décadas de 1980 y 1990. “Los mejores recuerdos los tengo de Héctor Patri, Daniel Neto y José Aguirre. Del ‘Tigre’ puedo decir que era un amigo. Cuando le ganó al colombiano Mena en el Súper Domo, me invitó a comer, siempre me respetó. Los tres eran muy obedientes en el gimnasio. Pero los quise a todos. A Aguirre lo aconsejé mucho. ‘Cómprese materiales para hacerse su casa’, le solía decir. Siempre decía que sí, pobre Negro. Patri y Neto eran dos muy buenos pibes. El ‘Gordo’ me invitó varias veces a su casa, cerca del bar ‘La Fusta’. Yo siempre llevaba algún churrasquito…”, señala.
Otra de las grandes historias Calderón la tiene con Jorge “Locomotora” Castro, otro de los campeones que pasaron por el “Raúl Santos Villalba” cuando se presentaba en Mar del Plata. “Bisbal nos lo mandó cuando hizo una de sus últimas peleas acá, la de Miguel Robledo. ‘Tyson –así me llamaba él por el apodo de mi hijo más chico-, vengo a que me entrene usted’, me dijo. ‘Usted sabe lo que hay que hacer’, le dije. Pero era rebelde, hacía lo que quería. Lo mandé a saltar media hora la soga y me dijo que con un rato estaba bien. Después hizo unos abdominales, se puso los guantes y me dijo: ‘Vamos a hacer manos’. ¡Cómo pegaba ese animal! Yo para hacerlo engranar, me le acercaba y le preguntaba: ‘¿Usted se siente mal?, ¿por qué no pega más fuerte?’. Y se volvía loco, no sabés cómo me dejaba las manos. Me temblaban, me tenía que ir a echar agua fría a la cocina del gimnasio. Hicimos tan buenas migas que, cuando llegó la hora de la pelea, me pidió que subiera al rincón con él. Me acuerdo que le dije que él era el campeón y que le iba a arrancar la cabeza a Robledo. Pero fue una pelea bravísima, le terminaron dando un empate. Tan complicada estaba que, antes del final, les dije a los de su comitiva que cuando terminara empezaran a gritar ‘Dale campeón’ y a festejar para impresionar al jurado. Y así la zafamos”, rememora.

Huber Calderón y Jorge Castro posan junto a la bolsa en el “Raul Santos Villalba”. Buenos tiempos.
Sosa y Brusa, dos maestros
Aprendía en el duro trabajo del día a día con los boxeadores. Y aprovechaba, como un goleador en el área, las ocasiones que se le presentaban para nutrirse. Calderón, por caso, es muy agradecido de Fernando Sosa, aquel boxeador santiagueño que sufrió un desprendimiento de retina cuando estaba por combatir por el título del mundo y que, con los años, eligió Mar del Plata para radicarse definitivamente y hacer docencia con los púgiles de esta ciudad. “Un día se paró delante de la ventana del gimnasio y salí a saludarlo. Recién volvía de Estados Unidos. Lo invité a entrar y se resistió en principio porque había tenido algunas diferencias con Dipilato. Yo lo admiraba mucho porque fue un gran boxeador, lo convencí y entró. Al viejo no le gustó mucho, pero aquella vez me impuse. Me lo debía, si yo le laburaba a todos sus boxeadores… Fernando vio un rato los trabajos. En Estados Unidos, después de su retiro, había estado en el gimnasio de Michael Carbajal, aquel gran campeón estadounidense de las categorías chicas. ‘Si no te ofendés, te voy a decir una cosa’, me dijo. “Cuando el boxeador pasa cintura, hace que corra un piecito más porque se puede comer el cross. Y cuando está ahí, que tire el swing para arriba’, me explicó. Me tiró aquella vez un montón de detalles técnicos porque sabe muchísimo de boxeo. Lo invité y volvió al día siguiente. Me enseñó infinidad de cosas. Cómo tiene que trabajar cada boxeador según su alcance de brazos, el manejo de las distancias. El boxeo no es alentar al boxeador a tirar golpes. Le agradezco todas sus enseñanzas hasta el día de hoy”, valora con emoción.
Un encuentro ocasional, años más tarde, le aportó otro importante caudal de conocimientos. Compartir una cena, mano a mano, con Amílcar Brusa, el manager de Carlos Monzón y de tantos otros campeones, no es cosa de todos los días. “Me dio muy buenos consejos. Hablé con él un rato y me di cuenta de lo atrasado que estábamos. Recuerdo que vino a Mar del Plata junto a un pupilo suyo y Osvaldo Bisbal le dijo que se contactara conmigo. Fuimos a cenar y habló de boxeo toda la noche. Saqué muchas cosas lindas, que me sirvieron. Sobre todo, como tratar a un boxeador. Y me dijo algo muy importante: ‘Si usted a un púgil suyo no le enseña a defenderse, tiene todas las de perder. Es lo primero. Y nunca haga debutar a un aprendiz. Espere ocho o nueve meses, vea si tiene condiciones, y entonces sí’. Era muy pícaro, conocía todas las mañas”, aporta sobre el notable orientador.
“Brusa me dijo algo que tampoco olvidé: ‘Al boxeador hay que tratarlo como un hijo. Pero hay hijos que necesitan más rigor, otros a los que hay que hablarles bien y otros a los que hay frenarlos. Hay algunos que suben al rincón a figurar, pero al boxeador hay que enseñarle. El grito no sirve’”, completa.
Aparece el promotor
El día a día del gimnasio más el aporte de los sabios lo formaron como entrenador. Sin embargo, de buenas a primeras, sin proponérselo, apareció el Calderón promotor. “Ya llevaba un par de años con Dipilato y viajé a Buenos Aires para renovar mi licencia de entrenador en la Federación Argentina. Ahí me encontré con Osvaldo Bisbal, de quien tengo un gran recuerdo. Me preguntó si era cierto que entrenaba y me pidió que lo acompañara a un gimnasio. Con él estaban Luis Romio y Carlos Rodríguez, otros dirigentes importantes de la FAB. Me puso a trabajar junto a distintos entrenadores. Todos iban “haciendo manos” con muchachos que estaban ahí. En un momento, me pusieron las manoplas, mandaron a llamar a un boxeador que sacaba las manos con mucha velocidad, Ariel González se llamaba, y lo pusieron a trabajar conmigo. Le dije que yo le iba a marcar los golpes y que los sacara rápido. ‘Si usted tira los golpes en cámara lenta, es un aprendiz’, lo piqué. Fue un espectáculo, se pusieron todos a aplaudir. Bisbal me llamó a una de las oficinas de la FAB y me dijo que me iba a hacer un regalo. ‘Vos vas a hacer promotor de boxeo’, me tiró. Y me dio la licencia. Fui uno de los promotores más jóvenes del país en ese momento”, recuerda el regalo del entonces presidente de la FAB, que le abrió otro campo para incursionar.
“Volví a Mar del Plata y empecé a organizar peleas. Mi arreglo con los clubes era sencillo, me lo había enseñado Roberto Barrionuevo. Yo les daba el buffet libre a cambio del alquiler. Él me marcó muchas cosas, cómo ubicar a los periodistas, a los auspiciantes, cómo atender a los invitados. Con el tiempo, Bisbal me mandó la televisión en las temporadas de verano. Yo regalaba doscientas entradas por festival. Cuando peleaba Lazarte, iba a las torres que están cerca de lo que era el viejo estadio San Martín y les llevaba a todos los pibes de Alvarado que se juntaban ahí. Barrionuevo sostenía que los auspiciantes tenían que ver gente y que, entre round y round, hiciera las publicidades. ‘Si no ven gente, no les va a interesar el boxeo’, me decía. Como casi siempre, tenía razón”, apunta Huber.

En un festival en el Polideportivo, junto a Esteban Livera, sobrino de “Tito” Lectoure.
“Con los años, el ‘Flaco’ Bisbal me llamó a Buenos Aires un día y me dijo que se había sentido orgulloso de mí como promotor. Me escribió una nota que me hizo llorar. Nunca le llevé el menor problema a la Federación y, por otro lado, gracias a ella pude conocer lugares y gente de primera. Me mandaban a muchos lugares donde no había promotores para organizar peleas. Conmigo a los boxeadores se les pagaba antes de que subieran al ring. Así me evitaba tenerlos esperando media hora después de haberse cagado a trompadas. Eso también me lo enseñó Roberto Barrionuevo. En un festival mío no iba a faltar médico, ni policías, ni locutor, ni acomodadores, todo como debía estar. Nunca quedé debiendo un mango. Si yo armaba una velada era porque tenía la plata antes. Nunca organicé uno para ver si entraba gente y me salvaba. Que el presidente de la Federación me dijera que era uno de los mejores promotores del país fue un motivo de orgullo”, cierra sobre su otra versión dentro del mundo del boxeo.
Conclusiones
¿Promotor o entrenador? Esa es la cuestión. La respuesta le cuesta porque pasó grandes momentos tanto en una actividad como en otra. “Amo este deporte y yo quiero a los boxeadores, me gusta estar con ellos. Ayudé mucho y a muchos. De corazón, eh, nunca le di ni cinco de bola a la plata. Por nada del mundo quería que se hagan golpear. Nunca me faltaban el respeto y me hacían sentir bien. Yo tampoco, eh, siempre los trataba de usted. Y los ‘mataba’ entrenando, tengo hermosos recuerdos de los gimnasios”, se decide.
Como se apuntó más arriba, Ever, el hijo menor de Uber, a quien todavía hoy llaman Tyson, fue boxeador desde pequeño y llegó a protagonizar exhibiciones con púgiles de fuste. Con los años, como su padre, también fue entrenador. De modo que Calderón no desaconseja practicar este deporte, que es muy duro, desde temprana edad.
Su reflexión sobre el tema, buena forma de cerrar la charla, es muy interesante. “El boxeo tiene un límite. Si un pibe debutaba y perdía tres veces seguidas por nocaut, yo le decía: “Hijo, no venga más”. Después a esos chicos los usan como carne de cañón. Yo le recomendaría a cualquier pibe que se haga boxeador, pero también que conozca sus límites y, fundamentalmente, que no se haga golpear. Le recomendaría que busque a un buen entrenador, que conozca bien el reglamento y que lo cuide. Hay muchos que hacen golpear a los chicos esperanzados en salvarse con una mano que pueda meter, les hacen muy mal a los boxeadores. Asi hicieron con ‘Martillo’ Roldán cuando fue a pelear por el título del mundo y terminó patas para arriba. También se puede practicar este deporte en plan de defensa personal. Conociendo los límites, el boxeo para mí es un deporte muy recomendable. Eso sí, con buena conducta y buenos entrenadores”, finaliza.
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