CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
La Ciudad 21 de junio de 2026

Huyeron de Cabo Verde hace más de cien años y echaron raíz en Mar del Plata

Escaparon de su tierra hambreada a principios del siglo XX. Muchos viajaron como polizones en barcos que los alejaron de sus islas del archipiélago de Cabo Verde, África. Un grupo llegó a Mar del Plata y echó raíces. Sus descendientes viven en la ciudad.

Agregar La Capital en

El bañero caboverdiano Sosa en la antigua Playa de los Ingleses junto a integrantes de la familia Durrosier, que xplotaban un hotel en ese sector.

La historia oficial nos dice que José Coelho de Meyrelles –aquel que sembró el embrión de Mar del Plata con su saladero– era portugués, cuestión cierta. Tan cierta como que era africano. De hecho, nació en el archipiélago de Cabo Verde, frente a las costas de Senegal, donde la bandera lusitana flameó hasta 1975.

El padre de José se llamaba Antonio, era capitán de navío y ejerció la gobernación militar de esas islas cuando eran un eslabón importante en la ruta del tráfico de esclavos. Vueltas de la historia: nuestras costas, donde Coelho de Meyrelles producía tasajo –carne disecada a sal y sol para alimento de los esclavos de Brasil y Cuba– recibiría medio siglo después a un grupo de caboverdianos que ya no escapaban de la esclavitud, sino del hambre.

En febrero de 1910, la Revista Caras y Caretas dio cuenta de un grupo de caboverdianos que trabajaban en el cuerpo de rescate de la Prefectura de Mar del Plata. “Son 24 de color ébano, lustrado a muñeca”, reza el texto. Luego, el subprefecto Juan Carlos Balda informa que llegaron a Mar del Plata en 1905 cuando “el contralmirante Blanco, a raíz de la reorganización de la subprefectura, mandó a traer dos docenas de negros nadadores de San Vicente”, una de las islas del archipiélago.

En febrero de 1913 la misma revista dedicó otro artículo a “Los famosos negros nadadores de Mar del Plata” e insistió en que fueron “contratados ex profeso en el país donde mejores nadadores existen”.

 

Artículo de Caras y Caretas editado en febrero de 1913. Se refiere a la contratación de expertos nadadores de Cabo Verde, Africa, para su incorporación a la Prefectura

Artículo de Caras y Caretas editado en febrero de 1913. Se refiere a la contratación de expertos nadadores de Cabo Verde, Africa, para su incorporación a la Prefectura

 

Solo un mes más tarde, una crónica de LA CAPITAL dio cuenta del rescate de un joven que se estaba ahogando frente a Playa Bristol. Quienes lo sacaron de las aguas fueron dos caboverdianos: el cabo Luis Alfonso, de Prefectura y el bañero Antonio Monteiro. Gracias a ellos, el joven Florencio Molina Campos pudo seguir con vida y convertirse en el famoso pintor cuya obra todos conocemos.

La diáspora de los caboverdianos, impulsada por sequías y hambre, comenzó a fines del siglo XIX y se prolongó en sucesivas oleadas hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Se esparcieron por todo el planeta y, en el caso de Argentina, eligieron destinos portuarios.

Quienes han investigado esta corriente inmigratoria no mencionan la contratación “de dos docenas de negros”, pero relatan sucesivas huidas de caboverdianos como polizones en barcos que atracaban en sus islas.

En Mar del Plata, así como en otros destinos, hicieron valer sus dotes de nadadores y encontraron trabajo como rescatistas de la Prefectura o como bañeros. Muchos de ellos se radicaron en nuestra ciudad, formaron familia y perpetuaron sus apellidos portugueses: Sosa, Monteiro, Ramos, Nereu, Chagas. Martins, Soares, Ribeiro, Duarte, Forte y Pintos, entre otros.

La historia de Manuel Ribeiro

Salir de Cabo Verde no fue fácil para Manuel Ribeiro, nativo de la isla de San Nicolás, una de las 10 que forman el archipiélago. En la colonia “lo hacían trabajar de sol a sol” contó su hijo, Pedro Ribeiro, en una entrevista que LA CAPITAL le hizo en 2013.

En su cuarto intento por escapar, Manuel logró escabullirse a pie, con 15 naranjas y unas pocas monedas, hasta el puerto de Preguiça donde esperó la oportunidad de esconderse en algún barco que pasara por allí.

Lo logró y se escondió en la carbonera de un barco desconocido y, aunque fue descubierto por el maquinista, tuvo suerte y no terminó en el mar. “El maquinista le daba agua diariamente, con eso y las naranjas sobrevivió hasta que pudo escapar -nadando nuevamente- y llegar a las costas de Bahía Blanca”.

 

Manuel Ribeiro, un caso emblemático de la inmigración aboverdiana en Mar del Plata.

Manuel Ribeiro, un caso emblemático de la inmigración aboverdiana en Mar del Plata.

En esa ciudad desconocida alguien le facilitó ropa y calzado. Trabajó colocando postes y comenzó a conocer el idioma, muy diferente de su creol materno. Tras un tiempo en Bahía Blanca, se trasladó a Buenos Aires y de ahí a Mar del Plata, donde llegó en 1925. “Aquí se integró con los caboverdianos que ya había”, relató Ribeiro.

En Mar del Plata, don Manuel se asentó. Comenzó a trabajar en Prefectura primero y luego en la Aduana. Su primera esposa fue de origen portugués, Piedad Alves. Al enviudar se casó con Bárbara Toledo, nativa de origen guaraní, madre de Pedro Ribeiro. “Mi padre conoció a todos los bañeros”, recordó, con orgullo, Ribeiro.

También confió que lo trasladaron de la Subprefectura a la Aduana “por un problema con un intendente. Se dice que lo tiró al mar porque lo encontró sacando una botella de whisky de contrabando y le dijeron que no servía para ese trabajo. Terminó sus días siendo funcionario de la Aduana”.

Pedro Ribeiro asegura que a pesar de haber compartido pocos años con su padre, guarda muchas anécdotas y recuerdos. “Siempre hablaba de su Cabo Verde y me pidió que, si alguna vez yo podía ir a su tierra, devuelva aquellas monedas con las que llegó en algún lugar de su tierra natal. Pude hacerlo en en 1996, cuando participé de un encuentro de inmigrantes e hijos de inmigrantes y hasta conocí la casa de mis tatarabuelos. Fue conmovedor”.

No solo relatos de la vida en Cabo Verde guarda de su Padre. La katxupa es una comida que sigue preparando y además escucha y ejecuta música caboverdiana. “Mi papá y otros inmigrantes tocaban en las fiestas de campo de la zona su música”, aseveró. También Pedro es muy buen jugador de Udil, “una especie de ajedrez africano, que mi padre me enseñó a jugar de chico. Cuando fui a cabo verde, después de 50 años, no entendía el idioma pero pude jugar y hasta ganar algunas partidas”, contó.

Pero una de las costumbres que no ha perdido Pedro es la de la tradición caboverdiana que su padre le inculcó de “correr la nube”. “Se dice que cuando pasa una nube solitaria hay que seguirla tratando de permanecer bajo su sombra. La leyenda dice que así se tiene una larga vida. Desde chiquito corrí siguiendo la nube, por eso hay tantos africanos que corren”.