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Opinión 1 de febrero de 2020

Impulso y pasión, claves para la docencia

por Hernán Toso

Desde el Siglo XIX hasta la actualidad, lejos de haberse llegado a un acuerdo acerca de cuál es la clave para el éxito en materia educativa, aún siguen existiendo intensos debates, alentados principalmente, en el caso de nuestro país, por los flojos resultados arrojados por las evaluaciones a docentes, alumnos e instituciones educativas. Y esto lleva a interrogarse, inexorablemente, si existirá en verdad alguna clave que garantice la eficacia de un proceso educativo, porque parece no haber sido hallada todavía y dónde habría que buscarla.

Por empezar, ¿qué hace realmente bueno a un docente? ¿Cuál es ese ingrediente especial, si es que existe, que hace que un docente alcance la excelencia? ¿Cuál es la clave, si es que la hay, de la profesión docente? Si se llevara a cabo esta breve encuesta entre los integrantes de una comunidad educativa, seguramente habría casi tantas respuestas diferentes como encuestados.

Quizás entonces deberían plantearse de antemano otras preguntas con las que se pueda interrogar a los interrogantes… Por ejemplo: ¿es correcto decir “profesión docente”? ¿Es la docencia una profesión? Si fuese así, ¿por qué aún no se ha podido hallar una fórmula infalible para que cualquier docente de cualquier lugar del mundo tenga éxito al enseñar determinado contenido, de la misma forma que, por ejemplo, cualquier médico de cualquier lugar del mundo puede valerse de una técnica determinada para operar a alguien del corazón?
Es cierto que algunas variables que intervienen en el acto de enseñanza-aprendizaje pueden programarse, cuantificarse, objetivarse y evaluarse, pero… ¿garantizan por sí mismas que un docente capaz de operar exitosamente con ellas sea lo suficientemente bueno? Si lo hiciesen, sería mucho más sencillo responder a todas estas preguntas. Entonces, ¿esto quiere decir que hay otras variables, no medibles ni cuantificables, que sí tienen un peso decisivo en el proceso de enseñanza-aprendizaje?

En 1667 el físico alemán Johann Becher postuló por primera vez la teoría del flogisto, una sustancia cuya propiedad principal era la de propiciar la combustión de los cuerpos. Según él y su discípulo Georg Stahl se hallaba en los metales y en el carbón, y se desprendía en el momento en que se calcinaban.

Sin embargo, los estudios posteriores de Antoine Lavoisier terminaron por descartar su existencia, ya que ese material misterioso no era otro que el oxígeno -confirmaba Lavoisier-, que intervenía activamente en la combustión, pero no se encontraba en los cuerpos, sino que participaba del proceso como agente externo.

En materia educativa, todas las investigaciones efectivamente han parecido seguir el derrotero alquímico de Becher y Stahl y empeñarse en desentrañar ese “flogisto escolar” imprescindible para el encendido de la chispa del conocimiento, pero ninguna ha podido señalarlo con certeza.

Para diagnosticar una dolencia basta con una serie de estudios; para hacer una copia de una llave basta con saber operar correctamente una máquina… pero para enseñar es necesario mucho más. Y la pregunta es justamente dónde está ese “mucho más”.

Supongamos que hemos hallado una página de un diccionario que tiene todas las entradas borroneadas y no llegan a leerse, pero que sí pueden vislumbrarse partes de los significados, y debemos leer cada uno de ellos para reponer esas entradas. Tomamos uno de ellos y leemos: “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. ¿Qué palabra podríamos colocar delante de esta definición?

Pensemos en la transposición didáctica, ese procedimiento por el cual un docente adapta el contenido para que sea reconstruido por el alumno, y notaremos que podemos asociarla con la interpretación y la plasmación de lo real. La gama de recursos también nos dará una pista: las estrategias didácticas están estrechamente vinculadas a ellos. Y las palabras “manifestación”, “actividad” y “humana” podrían conectarse perfectamente con el accionar que despliega el docente.

Entonces, ¿podría reponerse “docencia” como entrada de ese significado? Sin dudas habría pocas definiciones que abarcaran este concepto con tanta claridad y tanto poder de síntesis. Pues bien, sucede que esa definición pertenece efectivamente a la Real Academia Española, pero no es el significado de “docencia”. Es el de “arte”.

Es necesario ser un profesional, pero no es suficiente. No alcanza con eso. Para llegar realmente al otro se requiere de un plus, de un condimento extra. Y ese condimento es un compuesto bastante simple, conformado por dos elementos vitales, que están en el verdadero artista y que deben estar también, por ende, en el verdadero docente: el impulso y la pasión.

¿Podría uno imaginarse a Picasso pintando por compromiso, o a Prévert escribiendo simplemente porque tiene que presentar un escrito para tal o cual diario o porque tiene que cumplir un contrato con una editorial? ¿Podría uno imaginar a Mozart componiendo desapasionadamente? Es imprescindible para el desarrollo de toda manifestación artística, incluida la docencia, apasionarse por ella y apoyar esa pasión en los cimientos de los saberes y de las habilidades indispensables en toda profesión.

Hubo un factor que fue determinante para que Lavoisier diera por tierra con la teoría del flogisto: después de la calcinación, lo que quedaba de los metales no era más liviano que el fragmento original, sino más pesado. Su conclusión: la teoría correcta no era que hubiese flogisto en los metales y lo perdieran al calcinarse, sino que el metal, al arder, tomaba del aire el oxígeno que participaba de la combustión y lo incorporaba a él. Algo similar sucede con este escurridizo flogisto (oxígeno) escolar. Esté donde esté, después de arder durante la clase quedará adherido irremediablemente a los cuerpos que participaron de la combustión del conocimiento. Y un buen docente podrá reconocerse a sí mismo como tal cuando sienta que, como el artista que es, además de su destreza, tiene al alcance de su mano la chispa capaz de encender el fuego en el interior de los otros.

(*): Profesor de la Tecnicatura en Salud Mental de UADE Costa Argentina.



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