Opinión

Indio, pará la mano

por Juan Pablo Neyret

Sin compararme en absoluto con los dos muertos, la veintena de heridos y otros tantos desaparecidos en el trágico recital de Carlos Solari y su banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado el sábado en Olavarría, debo decir que el Indio me forzó. Hay frases que detesto particularmente, como por ejemplo “no esperaba menos de vos”, una supuesta ponderación que deviene demérito (“apenas hiciste lo que debías, y da gracias que lo hiciste bien”). Otra es, notoriamente, la primera que le envié a un amigo luego de enterarme de la masacre -no dudo en llamarla así porque hubo víctimas y victimarios- en mi despertar de domingo: “un día esto iba a pasar”·. El Indio lo hizo.

Mar del Plata también sufrió las consecuencias de su inacabable afán de lucro cuando, en 1999 en el Patinódromo Municipal, mientras tocaban los todavía Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en el Parque Municipal de los Deportes la policía cumplía con su función de moler a palos a “las bandas” que no habían accedido al recital. Solari no podía ignorar que eso estaba ocurriendo, y aquellos jóvenes de los que se proclama sacerdote -más bien, pastor- no le importaron. Ya había cobrado su siempre suculento cachet y los demás podían morirse. La escena era macabra. Sonaban los Redondos mientras los agentes realizaban su propia masacre. Escribí entonces, ironizando con el título de una canción de Sui Generis, una nota en la sección Espectáculos que se tituló “Música de fondo para cualquier fiesta animada“. Sostuve hace 18 años y sigo sosteniendo que Solari, el “frontman” de la banda, la voz cantante en todos los sentidos, debió haber suspendido el recital y solidarizarse con la que supuestamente era su gente. Se me refutó que eso podría haber llevado a una catástrofe mayor, pero me mantuve y mantengo firme en que hay ocasiones que no otorgan lugar a la tibieza. Fue sin duda un anticipo de Olavarría 2017. Un día esto iba a ocurrir. (Maldición, lo hizo de nuevo).

Fundamento esta concepción sobre el Indio en que los Redondos construyeron buena parte de aquello que se da en llamar “mística” en base al silencio, la reserva, la evasiva, el misterio. No otorgaban entrevistas, no ofrecían conferencias de prensa hasta que -aquí mi argumento- en 1997 el entonces intendente de la misma Olavarría prohibió uno de sus conciertos. Desde luego, deploro toda prohibición. Pero no hace falta escarbar mucho para entender por qué entonces sí la banda llamó a una rueda de prensa: bajo la máscara de repudiar la censura, drenó su bilis de haber perdido los millones de pesos = dólares en esa época que ya creían embolsados.

Es imprescindible a esta altura tocar una nota musical. Los Redonditos de Ricota nunca fueron solamente el Indio, pero éste devoró a sus compañeros. De hecho, una habitual confusión llevaba a creer que Solari era “Patricio Rey” -y permítase un mínimo análisis textual: un nombre muy del patriciado, muy de la realeza para una banda que fue durante mucho tiempo marginal- y ponía el cenital sobre él. Aunque aplaudido, un guitarrista y compositor formidable como Skay Beilinson quedó en segundo plano. Las letras se comieron a la música (también a Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti y Sergio Dawi, además de eventuales acompañantes de lujo como Lito Vitale) y ello quedó demostrado con la separación de la banda y el encumbramiento soli(psis)sta de Solari.

Sólo entonces se hizo evidente que la viola de Skay, en sus intros, en sus solos, en sus finales, era por lo menos la mitad de los Redondos, el lado oscuro de su luna. Los acontecimientos se precipitaron: la música de Los Fundamentalistas… (otro nombre para leer detenidamente) corrió pareja en su decadencia con las letras del Indio, que, como si su inconsciente lo persiguiera, denunció a Beilinson y la mujer de éste y exrepresentante de la banda, La “Negra Poli”, por un video que no se le cedía al Rey Patricio y, del silencio ficticio (cuántas palabras de Carlos Balá son aplicables a tantas cosas), el Indio pasó a la incontinencia verbal y escrita con solicitadas y diversas expresiones que se fueron superando en estulticia.

Los dos ausentes

Todo esto y mucho más fue lo que explotó en Olavarría. Ese “mucho más” incluye una constante en los recitales solistas del Indio: los defectos inadmisibles en la organización, preocupada en recaudar y despreocupada de las condiciones físicas en que se desarrollarían las llamadas “misas”, por ende descuidando al público y el propio espectáculo. Ya había ocurrido en otras localidades donde el vocalista se presentó y, sobre todo, se ausentó velozmente con su cuenta bancaria más rellena.

El gran debate hoy por hoy es el deslinde de las (ir)responsabilidades por la tragedia del sábado. En ese sentido, no tengo poco que decir acerca de Solari pero sí palabras muy concretas para dar mi opinión. Su producción no fue la única causante de la masacre pero sí la principal. En una pirámide jerárquica, quien se encuentra en la cima tiene el deber de estar enterado de los detalles esenciales; si alega desconocimiento, eso no lo exculpa. El Indio no puede ignorar que hubo sobreventa de entradas, desdecirse de su expresión de que el público que arrastra no tendría por qué necesitarlas, que el predio “La Colmena” estaba excedido casi en el doble de su capacidad. Pero las cifras gritan: entre honorarios, merchandising, venta de alimentos y otros rubros, Carlos Alberto Solari facturó el sábado unos veinte millones de dólares. Suficientes como para que para él y su empinado ego capitalista se montaran sobre humillaciones de las peores contra quienes lo vivaban, por ejemplo tratar de “borrachitos” a los más cercanos al escenario cuando éstos en realidad no podían respirar por la presión de las avalanchas que terminaron causando las muertes y heridas.

Bochornoso: aquel “héroe del whisky” de la canción de los Redondos se había vuelto un “embriagadito” (“Times Are A’Changing” dice el actual Premio Nobel de Literatura). El pibe de los astilleros se hacía astillas. Los vencedores eran vencidos. El futuro había llegado hace rato, todo un palo. Y el sacerdote supremo era un amo que jugaba al esclavo empuñando la Parabellum del buen psicópata.

Pero lo peor de su verborragia escénica fue insultar una acción hace 40 décadas mucho más sagrada que la de sus misas: la de las Abuelas de Plaza de Mayo, las Antígonas contemporáneas que están recuperando a los desaparecidos privados de su identidad -el primer Derecho Humano de la Declaración Universal-, e intentó matizar su perversidad con el llamado a quienes tuvieran alrededor de 40 años a acudir al organismo. Mientras desataba su pulsión de muerte, se apropiaba -el verbo no es inocente- de una consigna que enaltece la pulsión de vida. Más macabramente, valga reiterar que la “misa” terminó con veinte personas “presas en su ciudad”, los Desaparecidos de Olavarría que deambulaban mientras eran, y aún son, desesperadamente buscados por quienes sí se ocupan de ellos.

Ahora bien, si a la producción del propio “artisacerdote” le importa un bledo que la gente termine muerta, herida o desaparecida, ¿quién debe ocupar ese rol vacante? Sin duda, el Estado, el otro gran ir-responsable de la masacre y del cuidado de los ciudadanos (de todo el país, además) asistentes. El Intendente de Olavarría hizo lo imposible por hacer lo imposible: desligarse. Apenas salió a decir públicamente que lo sucedido lo había desbordado, los medios se encargaron de recopilar sus tweets previos en los que invitaba a la fiesta, aseguraba que todo sería formidable, incluso participaba en la organización anunciando la hora de apertura de la entrada el predio, la misma por donde al final no se podía salir. Pero ello no es nada al lado de su comprobada calidad jurídica de “fiador” del recital. Curiosa forma de verse desbordado.

Las otras instancias estatales no le fueron en zaga. En el diario La Nación del domingo, sus redactores cometieron el error -o el exceso-de apresurarse a decir que el presidente Mauricio Macri y la gobernadora María Eugenia Vidal ya estaban enviando ayuda logística a Olavarría. Los escracharon con nombre y apellido cuando o bien (mal) no se estaba enviando nada ni a nadie o bien (mal nuevamente) esa ayuda iba tal vez a la velocidad del tanque del general Alais hacia Campo de Mayo durante el levantamiento carapintada de 1987. El Estado, en sus tres niveles, no estuvo. Si esta cárcel sigue así, todo preso es político.

¿Algo quedará?

Me remito finalmente a mi experiencia a fines de los 1980, cuando aún no me había espabilado de que precisamente el tipo que había escrito”violencia es mentir” estaba mintiendo y dejara de creer en él. Fue para las “Columnas de la Juventud” cuando, gracias a los oficios de mi colega Daniel Sanguineri y la generosidad de la Negra Poli, me encontré como muy pocos enfrente de Carlos Alberto Solari, en la mesa de un hotel céntrico, realizándole una entrevista exclusiva. Éramos cuatro a la mesa: el Indio y yo y, acompañándonos, “Cocucha” Sanguineri y el “recitante” de tantos conciertos ricoteros, hoy habitante de Mar del Plata: el escritor y periodista Enrique Symns.

Anochecía. El Indio saboreaba un whisky, yo un Gancia y Symns un Gancia con vodka. En un momento, Solari miró por el ventanal, vio a un chico de la calle y dijo con voz queda: “Mientras exista ese chico, mientras no podamos cambiar la realidad, este whisky va a ser para mí siempre un trago amargo“.

Sin embargo, ese señor que hizo lo peor que me pueden hacer, mentirme, en Olavarría y como siempre, se aseguró el dinero y huyó. Los primeros tweets que hizo púbicos el domingo ni siquiera reflejaban su palabra sino la de su mujer, encargada de la cuenta (o sea, bajo cuya falda el Rey Patricio se cubre), que lanzó a diestra y sobre todo siniestra mentiras que en principio minimizaban lo ocurrido y lo atribuían a una campaña armada por los medios, luego descendía a una realidad sesgada -reconocer que había dos muertos pero evitar la difusión de que Carlos Alberto Solari estaba siendo interrogado por la Fiscalía- y terminó expresándoles a los familiares de los muertos, a los heridos y a los desaparecidos que “queremos hacer llegar nuestro acompañamiento”. Que se sepa, de los veinte millones de dólares Solari no aportó uno solo a los damnificados. El mismo del cacareo de ese whisky siempre amargo, el Indio de ojos ciegos bien abiertos que va corriendo a la deriva.

Y no lo soñé.

(*): Especial para LA CAPITAL

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