En plena gira por la Argentina con su nuevo disco “Taracá”, el uruguayo Jorge Drexler reflexiona sobre el candombe como forma de vida, el impacto de la inteligencia artificial, la polarización global y el sentido de lo humano. “La música es una herramienta de empatía en un mundo que tiende a desfasarnos”, dice.
Hay algo del orden del regreso en cada visita de Jorge Drexler a la Argentina, pero también algo del estreno. Esta vez, las dos cosas conviven: vuelve a escenarios conocidos, pero lo hace con un disco nuevo, “Taracá”, y con una banda completamente renovada. “Hay adrenalina y hay ansiedad. No se vive con más calma”, admite, sin rodeos.
La gira –que lo llevará por Mendoza, Córdoba, Buenos Aires y Mar del Plata, donde se presentará el 21 de abril en el Radio City– es, según cuenta, un punto de partida en varios sentidos. “Es un estreno de repertorio, un estreno de disco y también de banda. Los músicos con los que venía trabajando desarrollaron proyectos propios y armé un grupo nuevo, joven, maravilloso, de altísimo nivel”.
“Soy muy fan de lo que hacen Ca7riel y Paco Amoroso. Hay un trabajo conceptual”
En ese nuevo universo sonoro, el candombe ocupa el centro. No como un recurso estilístico, sino como una matriz más profunda. “El candombe es mucho más que música. Es una forma de vida, un evento comunitario de enorme trascendencia. Quien lo vive sale transformado”, define.
Y aclara su lugar: “Yo siempre estuve vinculado, pero no lo vivo en el día a día como quienes lo tocan. Por eso trabajé con músicos de primerísimo nivel, con la rueda de candombe de Montevideo, con gente del barrio Sur”, reflexionó durante una entrevista concedida a Agenda Real, el programa de streaming de LA CAPITAL y Canal 8.
Esa raíz, tan anclada en la historia uruguaya, convive en “Taracá” con un elemento que parece, a priori, en las antípodas: la inteligencia artificial. Para Drexler, sin embargo, no hay contradicción. “La música es una herramienta abierta. Podés hacer un candombe sobre cualquier tema. No me interesa cerrar los géneros, sino usarlos para hablar de la realidad”, apuntó.
Y la realidad, hoy, también es la de algoritmos que escriben, responden y simulan. “Lo primero que te pasa cuando hablás con un sistema de inteligencia artificial es que sentís que hay alguien ahí. Pero no hay nadie”, dice. Esa ilusión, más que inquietarlo, lo lleva a un terreno que le resulta más fértil: el de las preguntas.
“Lo más interesante no es lo que la inteligencia artificial puede hacer, sino lo que nos obliga a preguntarnos. ¿Qué significa ser humano? No tengo respuestas, pero sí muchas preguntas”.
En ese clima de incertidumbre, identifica un rasgo de época: la velocidad y la obsesión por llegar primero. “Vivimos en una lógica donde importa más la foto del momento que el resultado final. Se ve claramente en las empresas de inteligencia artificial: están más preocupadas por ganar la carrera que por entender adónde conduce”, señala.
“La música sincroniza”
La reflexión se amplía hacia un plano más general. Desde España, donde vive hace décadas, Drexler observa un mundo “mucho más polarizado que hace diez o quince años”. Y aunque reconoce que hubo avances en la ampliación de la empatía social, advierte un retroceso reciente. “Parece que ese proceso se revirtió. Se fomenta la idea de que yo soy yo y el otro es el otro, en lugar de intentar entendernos”, sugiere.
En ese contexto, ubica el rol del arte –y en particular de la música– en un lugar modesto pero necesario. “Mi trabajo no es dar una opinión política ni hacer un análisis de la realidad. Es generar empatía. La música sincroniza, pone en fase a las personas. Es una herramienta que te permite sentir que el otro también sos vos”.
La idea de “defender lo propio” desde el arte tampoco lo convence. “No tengo intención de defender mis creencias. Me interesa más intentar entender las del otro”, señala, marcando distancia de cualquier lógica identitaria rígida.
Esa apertura también atraviesa su vínculo con nuevas generaciones de músicos. Recuerda, por ejemplo, el impacto que le provocó ver en vivo a Ca7riel y Paco Amoroso en una sala pequeña de Madrid. “El potencial escénico que tenían era brutal. Me gusta estar cerca de la gente que hace cosas que me gustan, sin importar la edad o el nivel de difusión”, cuenta, y añade que los invitó a cenar a su casa. “Charlamos, compartimos, soy muy fan de lo que hacen. Hay un trabajo conceptual, un proyecto a largo plazo, que me parece de lo más interesante que hay hoy”, considera.
El tramo final del disco lo lleva a un territorio más íntimo. Una canción dedicada a su padre Gunther, fallecido en 2024, lo empujó a revisar viejas filmaciones familiares. Material visto una y otra vez, en distintos formatos, durante décadas. Pero esta vez fue distinto. “Me di cuenta del amor con el que estaban filmadas. Y también de esa especie de burbuja que mis padres construyeron en medio de la dictadura”, señala con cierta emoción.
Las imágenes muestran juegos, playa, infancia. Pero detrás de esa escena había miedo, exilio, persecución. Y recuerda que “la mitad de la familia se tuvo que ir del país. Y sin embargo, ellos lograron sostener ese espacio de protección. Eso me conmovió mucho”. Sin embargo, en el cierre de su charla con Agenda Real, elige quedarse con otra herencia.
“Lo que más extraño de mi padre es su forma de amar. Era alguien que amaba a los demás de manera incondicional, aceptando las imperfecciones”, añade.
En tiempos de respuestas rápidas y certezas enfáticas, Drexler parece moverse en otra frecuencia. Una en la que las preguntas importan más que las definiciones y donde la música –todavía– puede ser un modo de encuentro. Como el que tendrá con su público marplatense dentro de algunos días.