Para celebrar el medio siglo de actividad, que empezó en 1976 con la obra "Antígona Vélez", la actriz de esta ciudad volverá con la historia de "Estrella negra". La función será este viernes en la sala Nachman del Auditorium.
“¡Tengo un susto!”, confiesa. Lejos de creer que ya transitó todos los laberintos del oficio, Emma Burgos habita el nuevo desafío de regresar sola a escena. Voz áspera, hablar pausado, siempre reflexiva. La actriz cuenta que “estaba sin hacer nada” en materia actoral y necesitaba volver a pisar el escenario. Para sentir “ese alimento, esa energía” y todo lo que el teatro le aporta a la vida.
Por eso decidió reponer uno de sus últimos trabajos, el unipersonal “Estrella negra”, que tiene dirección de Marcelo Marán y dramaturgia de la uruguaya Adriana Genta. La obra -sobre la historia de una esclava desamparada en Montevideo en 1811- subirá a escena este viernes a las 21 en la sala Gregorio Nachman del Teatro Auditorium.
“No tenemos plata, no tenemos sponsors, no tenemos apoyo estatal, hacemos cooperativas. La cooperativa no tiene plata hasta que no recauda. Casi siempre comenzamos poniendo plata para poder hacer teatro”
“Es una mujer que ha sufrido todos los abandonos. El padre, la madre, el padre de su hijo, tiene una fantasía de amor. Y tiene mucho desamparo, mucha violencia, muchos sueños rotos. Es una negra, una esclava, sus amos se fugaron y es una mujer que como tal, para 1811, era menos que un animal”, comenta sobre la obra que la regresa a la adrenalina de la actuación.
Esta vuelta tiene, además, un sabor particular: será la primera función en el año en que Burgos celebra sus 50 años con el teatro, que empezó en 1976 en el Club Quilmes con una atrevida versión de Leopoldo Marechal del clásico “Antígona”.
“Comencé haciendo Antígona Vélez, era una locura, hablaba de los muertos sin sepulcro. Yo creo que tenía mucho fervor y hasta cierto grado de impunidad, porque era más joven. En ese momento mis compañeros desaparecían. O se escondían o se iban”, repasa, en alusión a la dictadura militar que empezaba por esos días e imponía el terrorismo de Estado.
“A veces la gente confunde… ‘estoy aburrido, voy a hacer teatro’ o ‘no voy a hacer terapia, voy a hacer teatro’. No, el teatro no es éso”
-¿Qué te da el teatro?
-Libertad, el teatro te abre la posibilidad de habitar el cuerpo de otro. Las frustraciones que uno pueda tener, los miedos, las imposibilidades las podés transitar a través de un personaje sin que seas vos. Yo siempre digo que estamos medio locos, porque ponerse en el lugar de otro y trabajar el otro tiene una connotación de desequilibrio. Pero nosotros lo naturalizamos desde el momento en que encarnamos. Esa es la palabra: encarnar. Eso te va transformando y te va dando una vida que no es tuya. Es felicidad, plenitud que me da el teatro de transitar una vida que no me pertenece. Me enriquece.
-50 años de actriz, ¿qué balance hacés?
-Para mí siempre fue duro, en el sentido de que uno tiene la vocación, tiene todo el impulso para dedeicarse a esto. Pero es muy difícil porque no se puede vivir del teatro en una ciudad como Mar del Plata. Siempre tuve que trabajar de otras cosas para poder hacerlo. Digo que mis trabajos me dieron de comer y el teatro me hizo vivir. Porque, si bien he tenido oportunidad de trabajar con elencos de Buenos Aires, eso fue esporádico y lejano… bueno no tan lejano, porque hice “Otelo” el año pasado con Juan Palomino, contratada por la Comedia. Pero no se puede vivir del teatro. Yo no he vivido del teatro, no he sido docente. Pero tuve perseverancia. Pensaba ¿qué me mantuvo? Yo creo que fue mi pasión. He sido leal a lo que quiero.
-¿Cómo eran las condiciones de actuación en Mar del Plata hace medio siglo? ¿Qué cambios notás?
-Lamentablemente, muy pocos. Todavía Mar del Plata es una plaza que mira para afuera también en el teatro. Y muy poco se mira para adentro. Todos los días tenés que hacer el mismo trabajo: buscabar una sala, pedir con anticipación porque no hay fecha. Es tan duro como hace 50 años. No digo que sea imposible. Pero el trabajo y la rutina de volver a empezar un nuevo proyecto o lo que sea, siempre es el mismo. No tenemos plata, no tenemos esponsors, no tenemos apoyo estatal, hacemos cooperativas. La cooperativa no tiene plata hasta que no recauda. Casi siempre comenzamos poniendo plata para poder hacer teatro. Eso sigue siendo igual. Sigue siendo duro, pero no imposible. Nosotros resistimos. Y en este momento político y cultural que estamos viviendo, cada vez más tenemos que resistir.
-No obstante lo duro, ¿recomendás la actividad?
-Por supuesto. Lo que no recomiendo es que hacerlo por eso que a veces la gente confunde… “Estoy aburrido, voy a hacer teatro” o “no voy a hacer terapia, voy a hacer teatro”. No, el teatro no es eso. El teatro es empezar a ahondar en uno mismo, a trabajar en uno mismo. El teatro es el cuerpo, es la voz, es un aprendizaje integral. Nuestro único instrumento es el cuerpo. Nuestras vivencias y qué nos moviliza. Me da mucho placer ver nueva gente, nuevas generaciones, actores buenísimos que tienen Mar del Plata. Fui jurado del premio el Teatro del Mundo que entrega la UBA. Te encontrás con una variedad y una cantidad de gente y con nuevas generaciones, que da mucha esperanza. El teatro marplatense, digo marplatense porque nos siguen llamando marplatenses, pero somos actores, actrices. Y podemos trabajar en cualquier cancha.
-¿Qué deseás hacer, algún rol, escribir tu propia obra?
-Escribir, no. Nunca escribí. Tengo una obra, sí, que puede ser muy autobiográfica. Yo vengo de una familia de artistas. Mi abuelo que era violonista, profe de violín y animaba el cine mudo en Buenos Aires. Mi papá era guitarrista de Hugo del Carril. Mi tía bailarina clásica. Tengo mucho para contar. Estaría dentro del formato del biodrama.