Por Alberto Farías Gramegna (*)
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El perro ha acompañado al Hombre desde tiempos inmemoriales y en gran parte este noble animal resultó a través de los milenios una “recreación humana”.
Los perros en cualquier lugar del mundo son parte del paisaje cultural y se confunden con el entorno social de las comunidades rurales y urbanas. Allí donde se encuentre un hombre habrá un perro a su lado, en el barrio céntrico, en el campo o en la montaña. Pero sucede que, en las ciudades modernas, siempre saturadas y al borde de colapsar en sus estructuras y sus equilibrios ecológicos, la multiplicación sin control de la población canina y los comportamientos anómicos de las comunidades implicadas, plantean a los funcionarios estatales problemas de índole ecológica y desafíos en la gestión socio sanitaria.
Taxonomía de un mundo de perros
Diferenciemos en primer lugar el universo de los “perros en la calle” (todos los perros del universo considerado que deambulan con o sin amo) del subgrupo “perros de la calle” (animales sin dueño, que viven de lo que encuentran o establecen territorios y vínculos no formales con personas). Esto último es bastante común ya que por lo general muchos perros circulan y duermen en entradas de edificios, plazas o lugares de trabajo, ya que allí son alimentados y reciben una caricia caritativa, transformándose a veces en “mascotas comunitarias”, como en la canción de Alberto Cortez, “Callejero”.
Los animales sin dueño suelen transitar en pequeños grupos y se los ve durmiendo o en reposo mucho tiempo ya que (igual que le sucede a una persona excluida) al no estar condicionados por el afecto humano y no depender psicológicamente del amo, con frecuencia se desmotivan y no se expresan lúdicamente, como es habitual en los que interactúan con las personas conocidas. Estos perros vagamundos no suelen provocar destrozos, salvo la rotura de las bolsas de basura, en busca de alimento.
El subgrupo restante (los animales domésticos, que tienen dueño, y tradicionalmente se los denomina “mascotas”) es más complejo, ya que su comportamiento debe ser estudiado como el resultado de la relación interactiva afectiva y de domino amo-perro. Un animal doméstico conviviente con una persona cambia de “status social” (permítaseme la ocurrencia) porque pasa a ser una “mascota”. Es atendido de manera diferente y cobra un significado y un valor social con deberes y derechos diferentes al de los perros vagamundos, tal como sucede con el hombre en la sociedad.
El “animal doméstico” claramente es parte del grupo familiar. Sucede que el comportamiento de un “animal-mascota” (perro o gato) es el producto complejo de una transacción entre sus instintos y patrones comportamentales bioestructurales y las expectativas condicionadas que “el deseo del amo” produce en el animal, que no simboliza los afectos a la manera humana, sino que los actúa, como respuesta condicionada a la socialización ambiental.
Las personas suelen “humanizar” a sus mascotas: les hablan afectadamente con una intencionalidad simbólica, como si esperaran una decodificación “culturalmente inteligente” de parte del perro y atribuyéndole capacidad de venganza (como cuando rompe objetos) o rebeldía, etc. Es decir “antropomorfizando” la intencionalidad del animal.
El aprendizaje afectivo (lo afectivo se amalgama siempre al aprendizaje) de una mascota, sin embargo -según los expertos en etología- transita por una constante diferente, vinculada más bien a una circularidad de reacciones adaptativas (ensayo-error, premio-castigo, etc., proceso conocido como “condicionamiento operante”) y que se articulan con el temperamento básico del animal (quizá inadecuadamente llamado “carácter”, si por tal lo homologamos al concepto de la psicología humana) que son leídas por los dueños con una escala valorativa precisamente humana.
Cultura de la polución del espacio público: problemas y soluciones
En plazas y veredas de las ciudades, la salida expansiva y lúdica de mascotas, al conectarse con olores, tierra y césped, provoca naturalmente el estímulo de sus reflejos biológicos. La generalización y aumento de la población canina en el ámbito comunitario urbano en la post-pandemia, hace que las necesidades vitales del animal de defecar y orinar, sin la adecuada asistencia higiénica posterior por parte del dueño, entren en conflicto con la necesidad socio-ambiental compartida de mantener un contexto preventivo higiénico-sanitario y estético en los espacios públicos.
En los conglomerados urbanos hoy podemos observar con claridad el aumento de la polución excremental producto de los miles de perros que solos o acompañados por sus dueños, residen o deambulan por las calles. Cualquier peatón que transite por la ciudad sabe de lo que hablamos. Es interesante constatar que la mayor incidencia en la destrucción de canteros, césped y excrementos proviene de la acción de mascotas, muchas veces con ostensible pasividad de los dueños.
Por eso es también un problema de psicología social y habrá que buscar entonces soluciones sensatas de propuestas educativas que no se limiten a lo punitivo. Corralitos y areneros para canes podrían ser parte de esas soluciones que deben ser estudiadas seriamente.
La bolsita y la palita son ideales, pero no parecen por ahora correlacionarse con el estado educativo-cultural de nuestras comunidades más inclinadas al individualismo.
La cuestión nuclear es socio-sanitaria, e incluye a la vez higiene pública, convivencia social y deberes y derechos del propietario. La resolución de esta problemática se enmarca en una labor educativa y de cambio cultural que apunte a mediano plazo al protagonismo responsable del vecino para mejorar la calidad de vida de la gente… y la de sus perros. La ciudad agradecida.
(*) Psicólogo Social. Consultor en Psicología del Trabajo y RRHH. (UBA-UNMDP). Prof. Invitado Universidad de Murcia (UMU)
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