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Policiales 18 de mayo de 2019

La conoció por Facebook, la invitó a convivir y terminó perdiendo su casa

La víctima, de 82 años, había sido engañado para vender su casa a cambio de 60.000 dólares que luego serían invertidos. Ese dinero nunca pasó por sus manos y entregó su vivienda por nada. La Justicia condenó a la mujer y a su hijo por estafa y fijó un embargo en sus bienes.

Un jubilado de 82 años sufrió un “cuento del tío” digital que lo dejó literalmente en la calle: una mujer a quien había contactado por Facebook e invitado a vivir con él lo estafó y, mediante engaños, hizo que vendiera la casa a su propio hijo que nunca le pagó por el inmueble.

Por esta maniobra, Graciela Margarita López (59) y su hijo, Gabriel Fernando Calvo (26), tal como solicitó el fiscal Javier Pizzo, fueron condenados por el Juzgado en lo Correcional N°1 a penas condicionales de 2 años y 6 meses y 1 año y 6 meses respectivamente.

“¡Me dejaron en la calle! Y no puedo remontar eso. No puedo hacer más nada por mí, eso es lo que me duele, porque si me lo hubiesen hecho a los cuarenta años, tenía cuarenta más para hacer, pero ahora no puedo hacer nada porque soy un pobre viejo deteriorado. Se quedaron con todo”, había dicho entre lágrimas durante el juicio Osvaldo, la víctima, quien además aseguró que por la angustia que sintió al saberse engañado perdió más de 20 kilos y “las ganas de vivir”.

Una mujer de compañía

Osvaldo es viudo, tiene hijos ya mayores y vivía en un casa del barrio Aeroparque, en Jovellanos al 2000. Durante 25 años convivió con una mujer que en 2014 enfermó y, al no sentirse en condiciones de cuidar a otra persona, ambos acordaron separarse y la mujer se fue a vivir a Buenos Aires a la casa de unos hijos.

En ese contexto de soledad, Osvaldo se enteró por Facebook que una mujer de Río Gallegos, llamada Graciela Margarita López, buscaba un lugar para vivir en Mar del Plata a cambio de realizar tareas domésticas como cocinar y “limpieza por arriba”.

Osvaldo y López se pusieron en contacto y al poco tiempo la mujer se mudó a la casa de Jovellanos al 2000. López se presentó como “abogada” y de tal modo salía a hacer trámites todos los días. Además, le contó a Osvaldo que tenía un hijo viviendo en el extranjero, un hermano en España que tenía una flota de taxis y cierto vínculo con un hombre que trabajaba en el Puerto.

Pasado un tiempo, López le dijo a Osvaldo que su hijo tenía un amigo que se estaba por casar y que su padre le quería regalar una casa, justamente como la que tenía el hombre, y que estaba dispuesto a pagar unos 60.000 dólares.

La mujer, que pretendía que Osvaldo vendiera la casa, le explicó que el negocio sería “perfecto”, ya que su amigo del puerto estaba dispuesto a dejarle invertir esos 60.000 dólares en su negocio de exportación de mejillones.

Si bien en ese momento no se realizó la transacción, la víctima denuncia que por recomendación de López sacó cerca de 1.000.000 de pesos que tenía en el banco y se lo entregó a la mujer para que invirtiera ese dinero en los mejillones. Si bien la Justicia nunca pudo demostrar si efectivamente le entregó el dinero o no, sí quedó registrado que en esas fechas retiró de su cuenta bancaria esa suma.

Según se ventiló en el juicio, unos días después, López le dijo a Osvaldo que una amiga de ella estaba dispuesta a pagar 60.000 dólares por la casa y, si bien el hombre nunca había pensado en vender su propiedad, poco a poco la mujer lo fue convenciendo.

La supuesta compradora que López tenía se bajó de la operación por unos “problemas con una construcción no declarada”, pero, de todas maneras, la mujer consiguió a otro comprador para la casa de Osvaldo, un joven que ella conocía llamado Gabriel Calvo. Y era verdad, López conocía a Calvo muy bien, porque era su hijo.

Osvaldo confió ciegamente en la propuesta de López y en una escribanía firmó la escritura de compraventa que constaba la transacción. Sin embargo, el dinero nunca llegó a las manos de Osvaldo, ya que los supuestos 60.000 dólares que debía cobrar, fueron invertidos directamente en la exportación de mejillones del amigo de López.

Al haber entregado su casa por la venta, Osvaldo y López se fueron a vivir a un departamento del centro y, después, alquilaron una habitación en el hotel Italia, de Don Bosco y Luro.

Pasaron los meses y Osvaldo no se percibió como víctima de una estafa, de hecho tuvo problemas con sus hijos, quienes intentaban explicarle que Graciela López lo había engañado.

“Yo soy tu padre. Si estás preocupado y no podés dormir andá al médico. Voy a vivir con quien quiera. Me voy a casar y no me importa si te gusta o no. Vendí todo, invertí bien, tonto ni senil estoy”, fue una de las respuestas de Osvaldo a sus hijos.

Un golpe de realidad

Uno de los hijos de Osvaldo presentó la denuncia penal contra López y Calvo. Con el tiempo, el jubilado entendió que lo habían estafado, que la inversión en mejillones nunca existió y que había perdido su casa.

Osvaldo tuvo que irse de Mar del Plata y mudarse a la casa de sus hijos. “Me siento tan, tan estúpido”, repite casi a diario. El hombre vivió angustiado desde que perdió su vivienda y es normal que estalle en llanto al recordar lo sucedido.

Osvaldo no recibió ni un peso por la venta de su casa y, precisamente, el engaño consistió en eso, en hacerle creer que percibía dólares que destinaba a una inversión, cuando en realidad nada de eso ocurrió.

En el Juzgado Correccional N°1 consideraron como agravante la edad de la víctima, que a sus por entonces 78 años perdió su casa, único bien que poseía después de haber trabajado desde los 16 años y también perdió su “paz espiritual”. La edad de la víctima fue tomada en cuenta justamente por la “imposibilidad de recuperar en función de las limitaciones, pérdidas de oportunidades y de fortalezas propias de la vejez, un techo propio o los medios económicos suficientes para transitar con tranquilidad”.

Más allá que López y Calvo fueron condenados, en este caso la Justicia intentó reparar el daño que sufrió Osvaldo, por lo que por pedido del fiscal Javier Pizzo se le fijó un embargo a los imputados de 1.300.000 pesos para que la víctima pueda pedir en el fuero civil recuperar lo que le fue despojado.