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Policiales 26 de julio de 2026

La desaparición del pintor: un crimen que estremeció a toda Mar del Plata

El 25 de agosto de 1975 fue la última vez que vieron con vida a Luis María Wiprch. Lo que comenzó como una búsqueda por una misteriosa desaparición terminó revelando uno de los homicidios más brutales de la historia criminal marplatense, marcado por una confesión que aún hoy estremece.

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Junco, esposado, durante la reconstrucción del crimen.

Por Germán Ronchi

La última vez que alguien vio con vida al pintor Luis María Wiprch, nada hacía presagiar el final. Era el lunes 25 de agosto de 1975 y había pasado buena parte del día pintando una casa de la familia Ferreyra, en 9 de Julio 520, un trabajo que todavía debía terminar. Se despidió con la tranquilidad de quien piensa volver al día siguiente. Nunca regresó.

Los días empezaron a pasar y el silencio se volvió extraño. Wiprch no era un hombre de desaparecer sin avisar. Había dejado trabajos inconclusos, compromisos asumidos y herramientas donde acostumbraba trabajar. Amigos, clientes y familiares comenzaron a buscarlo. La denuncia llegó a la Brigada de Investigaciones, dirigida por el comisario Bruno Trevisán, que inició una pesquisa sin imaginar que estaba frente a uno de los homicidios más estremecedores de la historia policial marplatense.

Los detectives reconstruyeron los últimos movimientos del pintor. Supieron que había comprado un sobretodo y un traje en un comercio de Rivadavia y San Luis, dejando las prendas para unos arreglos antes de retirarlas. Pasaron las semanas y nadie volvió a buscarlas. Cuando desde el local llamaron al domicilio del cliente, una voz respondió que Luis María Wiprch ya no vivía allí y que se había ido de Mar del Plata. Aquella explicación sonó demasiado conveniente.

El hilo de la investigación comenzó a tensarse alrededor de una vieja finca de Almirante Brown 5075, donde Wiprch vivía como inquilino. Allí también residía un hombre de apenas 27 años, conocido por todos como Juan Miguel Junco, aunque en el barrio preferían llamarlo “El Macho”, quien llevaba una vida discreta, casi gris. Nada en su aspecto permitía adivinar el horror que escondía. Sin embargo, alrededor suyo empezaron a aparecer contradicciones.

Los investigadores interrogaron primero a dos mujeres de su entorno. Una era María Susana Ferrán, apodada “Susanita”, una joven de 25 años que estaba casada con Junco. La otra era Saturnina Dionisia Córdoba, conocida como “La Coca”, peluquera de 32 años. Las dos negaron cualquier participación, pero terminaron señalando al mismo hombre: Juan Miguel Junco. La Brigada fue por él, que al principio negó todo. Después vaciló y finalmente confesó.

Su relato resultó tan espantoso como increíble. Dijo que aquella noche había salido para encender el motobombeador cuando se cruzó con Wiprch. Discutieron. Nunca quedó completamente claro por qué. En una de sus versiones aseguró que el pintor hablaba de “Susanita”; en otra dijo simplemente que le molestaba su presencia. Lo cierto es que volvió a su habitación, tomó un martillo y regresó decidido a matar. Entró en la pieza del pintor y allí desató una sucesión de golpes sobre su cabeza hasta dejarlo muerto. La violencia terminó tan rápido como había comenzado.

Con el cadáver dentro de la casa, Junco comenzó a pensar cómo hacerlo desaparecer. Al día siguiente viajó a Balcarce para visitar a su padrino y, al regresar, decidió enterrarlo. Cavó durante más de una hora un pozo en un terreno lindero. Arrastró el cuerpo hasta allí. El peso era tanto que, según él mismo contaría después, tuvo que detenerse a descansar antes de arrojarlo a la fosa y lo cubrió con tierra. Cenó y se fue a dormir.

Años después, quienes escucharon esa confesión recordarían que jamás pudieron olvidar la frase con la que describió aquella noche: “Después comí y me fui a dormir tranquilo”. Durante varios días creyó haber ganado. Incluso limpió cuidadosamente la habitación. Tiró el martillo y la pala. Quemó el mango de la herramienta porque estaba manchado de sangre. Cerró la pieza con llave y siguió con su vida mientras familiares y policías buscaban desesperadamente al pintor desaparecido.

Sin embargo, el destino comenzó a jugar en su contra. A mediados de septiembre, en el terreno donde había ocultado el cadáver comenzaron trabajos de limpieza para levantar una construcción. Los obreros estaban cada vez más cerca de descubrir la tumba improvisada. Junco comprendió que debía actuar otra vez. Entonces hizo algo tan macabro como inteligente: consiguió trabajo en la misma cuadrilla de obreros. Nadie sospechó del joven dispuesto a ayudar.

Gracias a ese empleo pudo acercarse nuevamente al lugar donde había enterrado el cuerpo. Esperó el momento indicado, desenterró el cadáver y decidió hacerlo desaparecer para siempre. Preparó una enorme hoguera. Colocó debajo del cuerpo trozos de ruberoid, encima varias cubiertas de automóvil y derramó alrededor de diez litros de gasoil. Prendió fuego y las llamas ardieron durante tres o cuatro días.

Junco

Junco es retirado esposado de la vivienda ubicada en Almirante Brown 5075, donde cometió el crimen.

El humo invadió el barrio. El olor dulzón a carne quemada llegó hasta las inmediaciones de Almirante Brown y Primero de Mayo. Los vecinos lo sintieron. Algunos incluso arrojaron ramas y maderas al fuego para mantener viva la hoguera, sin saber que estaban alimentando la cremación de un ser humano. Pero ni siquiera eso conformó a Junco. Cuando el fuego consumía el cadáver, retiraba los huesos que sobrevivían a las llamas. Los golpeaba con un martillo. Después los serruchaba. Finalmente los trituraba hasta convertirlos en pequeños fragmentos de unos diez centímetros. El cráneo corrió la misma suerte. Quería borrar cualquier posibilidad de identificación; quería que Luis María Wiprch desapareciera para siempre.

No obstante, la investigación avanzaba. Las contradicciones crecían y la confesión obligó a realizar una reconstrucción judicial del crimen. Fue en la noche del martes 9 de diciembre. En la misma casa de Brown 5075, el comisario Bruno Trevisán condujo paso por paso la reconstrucción. Policías, periodistas y testigos observaron cómo Junco reproducía cada movimiento con una calma escalofriante.

Entró nuevamente en la habitación del pintor. Explicó dónde discutieron. Dónde levantó el martillo y en qué lugar cayó la víctima. Como si no se tratara de un ser humano, el “Macho” contó cada movimiento con total frialdad: cómo arrastró el cadáver, cómo cavó el pozo y luego lo desenterró. A continuación, la forma en que lo quemó e incluso cómo rompió los huesos. No lloró. No dudó ni pidió perdón.

Antes de terminar, Trevisán quiso comprender el motivo del asesinato y Junco le respondió casi con desgano que todo había comenzado porque Wiprch hablaba de Susanita: “Por los cuentos que hacía sobre mi señora”. Y cuando se le preguntó cuánto había tardado en prender el fuego respondió simplemente: “Ardió al pelo”. Quienes presenciaron aquella reconstrucción, entre ellos un periodista y reportero gráfico del diario LA CAPITAL, recordarían durante décadas la misma impresión. No era solamente un asesino. Parecía un hombre incapaz de sentir culpa.

La reconstrucción terminó cerca de la una de la madrugada. El patrullero se llevó otra vez al asesino. La vieja casa volvió a quedar en silencio, como si intentara guardar un secreto que ya era imposible ocultar.

Pero cuando todo parecía encaminado hacia una condena inevitable, la causa encontró un obstáculo inesperado. Durante la investigación, los policías habían secuestrado decenas de fragmentos óseos quemados y cortados hallados en el terreno donde Junco aseguró haber destruido el cadáver. Aquellos restos parecían confirmar cada una de sus confesiones. Sin embargo, la pericia realizada por el Departamento Médico Legal de la Policía Bonaerense en La Plata meses después (febrero de 1976) del hecho provocó estupor.

El informe sostuvo que las 54 piezas analizadas no pertenecían a un ser humano. Según los especialistas, se trataba de restos de animales: falanges de vacunos o equinos, fragmentos de aves y huesos de pequeños mamíferos.

La conclusión abrió una incómoda incógnita. Si los huesos no eran humanos, ¿qué había ocurrido con el cuerpo de Luis María Wiprch? La noticia generó desconcierto en la Justicia y alimentó todo tipo de especulaciones. Algunos sostuvieron que podía tratarse de un error pericial. Otros se preguntaron si el hallazgo de aquellos restos había sido una coincidencia extraordinaria. También surgió una hipótesis aún más inquietante: que el propio Junco, carnicero de oficio y conocedor del manejo de huesos animales, hubiera sembrado deliberadamente esos fragmentos para desviar la investigación y ganar tiempo.

Pese a esa controversia, el entonces juez Carlos Alberto Farnés dictó la prisión preventiva de Juan Miguel Junco. Consideró que existían suficientes elementos para atribuirle el homicidio: las confesiones prestadas ante la policía, la detallada reconstrucción del crimen, los testimonios de María Susana Ferrán y Saturnina Dionisia Córdoba, rastros de sangre hallados en la habitación de la víctima y la comprobada venta de muebles, ropa y otras pertenencias de Wiprch tras su desaparición.

La edición del diario LA CAPITAL del 27 de noviembre de 1975.

La edición del diario LA CAPITAL del 27 de noviembre de 1975.

El cuerpo nunca apareció. Y ese dato terminó convirtiendo al caso en una de las historias criminales más inquietantes de Mar del Plata.

Porque medio siglo después, el asesinato del pintor Luis María Wiprch sigue conservando un rasgo excepcional: existe una confesión minuciosa, una reconstrucción escalofriante y una acusación sostenida por numerosos indicios, pero el destino final de los restos de la víctima continúa envuelto en un misterio que el tiempo jamás logró disipar.

Un final inesperado
La historia tuvo un último capítulo algunos años después. Juan Miguel Junco nunca llegó a enfrentar un juicio oral. Mientras permanecía detenido con prisión preventiva en la Unidad Penal de Dolores, donde estaba alojado desde diciembre de 1975 por orden del juez Carlos Farnés, murió de un ataque cardíaco.

Según publicó entonces LA CAPITAL, el viernes 18 de marzo de 1977 había sufrido una nueva crisis epiléptica -no era la primera-, lo que motivó su internación dentro del penal. Su cuadro se agravó y falleció al día siguiente. El cuerpo fue retirado por el abogado que lo había defendido en la causa y un familiar, para luego ser sepultado en el Cementerio Parque de Mar del Plata.

Su muerte puso fin al proceso judicial, pero no a las preguntas que todavía rodeaban el caso.

El barrio: un hombre querido y
un vecino al que todos temían
La desaparición de Luis María Wiprch no solo movilizó a la policía. También conmocionó a los vecinos de la zona de Almirante Brown y Primero de Mayo, donde el pintor vivía desde hacía años y era ampliamente conocido por su trabajo.

Los testimonios publicados por entonces en el diario LA CAPITAL pocos días después del descubrimiento del crimen describían a Wiprch como un hombre trabajador, honesto y de trato amable. “Era un verdadero caballero”, recordó un vecino. Otros destacaban que gozaba de un excelente concepto en el barrio, donde había pintado numerosas viviendas y mantenía una relación de confianza con los comerciantes.

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Luis María Wiprch era muy querido en el vecindario.

La imagen de Juan Miguel Junco era completamente distinta. Quienes vivían en las inmediaciones lo describían como un hombre de “pésimos antecedentes”, vinculado a personas de “mal vivir” y protagonista de permanentes conflictos. En la vivienda donde residía, según relataron distintos vecinos al diario, era habitual el movimiento de personas durante la madrugada, con reuniones que se extendían hasta el amanecer.

El temor también
era una constante
Muchos aceptaban hablar únicamente bajo reserva de identidad por miedo a posibles represalias. “Esa gente es muy peligrosa”, confesó uno de los entrevistados. Otro vecino aseguró que la desaparición del pintor despertó inmediatamente sus sospechas: “Lo primero que pensé fue que podían haberlo matado”.

Algunos testimonios también sostenían que el conflicto entre ambos habría estado relacionado con una mujer llamada Susana, quien residía en la misma propiedad y aparentemente era amante de la víctima. Esa hipótesis fue mencionada por varios habitantes del barrio y coincidía con una de las explicaciones que el propio Junco daría más tarde durante su confesión y la reconstrucción judicial del crimen, cuando afirmó que había asesinado a Wiprch por los “cuentos” que hacía sobre su pareja.

Aunque varias versiones vecinales atribuían el homicidio a un supuesto móvil económico, al señalar que Wiprch tenía dinero y pertenencias de valor, la investigación nunca logró establecer ese como el motivo principal. Sí quedó acreditado judicialmente que, después del crimen, Junco se apropió de muebles, ropa y otros bienes del pintor, los que posteriormente vendió, motivo por el cual también había sido procesado por robo.