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Deportes 19 de julio de 2026

La grata sensación de ser parte de una misma historia

No trajeron la Copa, pero la Scaloneta dejó una conquista que no aparece en ningún registro: durante más de un mes devolvió a un país entero la confianza de sentirse parte de una misma historia.

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Por Marcelo Pasetti
No pudo ser. España levantó la Copa del Mundo y la ilusión argentina de volver a consagrarse quedó suspendida en otra jornada para el recuerdo. El sueño del bicampeonato terminó en una final que durante mucho tiempo estará bajo análisis: habrá discusiones sobre una jugada, un cambio, un remate que pudo cambiar la historia, una decisión arbitral o ese instante mínimo que en el fútbol suele separar la felicidad absoluta de la tristeza más profunda. Porque así funciona este juego.

Durante días volveremos sobre cada detalle intentando encontrar la explicación exacta de una derrota. Es parte de la pasión. Es parte de esa relación única que los argentinos tenemos con el fútbol. Queda la convicción de que España es un digno y merecido campeón. Nada para reprochar.

Pero cuando la tristeza inicial quede atrás, cuando el resultado deje de ocupar todo el espacio, aparecerá una certeza mucho más importante. Esta Selección perdió una final. Pero ganó algo que no aparece en ningún registro. Ganó la confianza de un país entero. Porque la Scaloneta no solamente jugó partidos. No solamente llegó a otra final del mundo. No solamente confirmó que Argentina pertenece al grupo de las grandes potencias del fútbol. Hizo algo mucho más difícil. Durante más de un mes consiguió que millones de argentinos, acostumbrados a discutir por casi todo, encontráramos un motivo para volver a mirarnos a los ojos y abrazarnos.

En una sociedad donde cada conversación parece terminar atravesada por una pelea política, donde muchas veces las diferencias pesan más que las coincidencias, apareció una camiseta capaz de suspender por un rato todas las discusiones.

Durante semanas hablamos más de fútbol que de inflación. Más de la formación que elegiría Lionel Scaloni que de las encuestas. Más del estado físico de un jugador que de los problemas cotidianos que siguen esperando respuestas. Y lo extraordinario es que nada de eso desapareció. La realidad siguió siendo la misma. Las preocupaciones siguieron ahí. Las dificultades de cada familia continuaron existiendo. Pero durante noventa minutos cada partido el país encontró una pausa. Una tregua. Un descanso emocional.

El Mundial volvió a demostrar que el fútbol, cuando alcanza esa dimensión, no es solamente un deporte. Es una forma de identidad. Un lenguaje común capaz de unir generaciones, de transformar a un desconocido en un compañero de festejo y de lograr que una plaza entera cante al mismo tiempo. Quizás por eso la derrota ante España duele tanto. Porque no terminó solamente una final. Terminó una forma de vivir durante más de un mes.

Se terminaron las cábalas. Los mensajes de WhatsApp desde temprano. Las discusiones sobre quién debía jugar. Los comercios que bajaban las persianas durante el partido. Las oficinas que quedaban vacías una hora antes. Las banderas en los balcones. Las camisetas como uniforme cotidiano. Los bocinazos después de cada triunfo.
Un símbolo de confianza

Se terminó esa sensación extraordinaria de que, por un momento, todos estábamos en el mismo lugar. Mientras eso ocurría puertas adentro, afuera también pasaban cosas curiosas. Un artículo del New York Times reflejó una paradoja llamativa: buena parte de América Latina no acompañaba a Argentina y, en muchos casos, prefería verla perder incluso frente a Inglaterra. Puede sorprender. Pero también puede entenderse.

La Argentina de Messi y Scaloni dejó de ser hace tiempo ese equipo que buscaba recuperar su lugar. Ya no es solamente una Selección admirada por su historia o querida por sus figuras. Se convirtió en la Selección que todos quieren vencer. Es el precio inevitable del éxito. Los equipos que dominan generan admiración, pero también resistencia. Durante años pasó con Brasil, con Alemania, con Italia. Los grandes campeones suelen quedarse con menos simpatías porque todos quieren verlos caer.

Ahora pasa con Argentina. Y eso, aunque parezca contradictorio, también es una forma de reconocimiento. Porque nadie quiere derrotar a quien no representa una amenaza.

Esta generación consiguió algo extraordinario: transformar un equipo de fútbol en un símbolo de confianza. Messi nunca necesitó grandes discursos para liderar. Scaloni jamás necesitó construir un personaje. El grupo eligió otro camino: trabajo, humildad, esfuerzo y una idea clara. Ganaron sin creerse superiores. Perdieron sin buscar culpables. Y esa quizás sea una de las mayores enseñanzas que deja esta Selección.

En una época donde muchas veces parece imponerse el que grita más fuerte, apareció un equipo que demostró que también se puede liderar desde la calma. En una sociedad donde tantas veces cada uno parece tirar para su lado, apareció un grupo que recordó la importancia de trabajar juntos.

España se llevó la Copa. Argentina se quedó con una certeza. Después de esta generación, el fútbol ya no será solamente una cuestión de resultados. Este lunes reaparecerá la vida de siempre. Los televisores volverán a los canales de noticias. La política recuperará el centro de la escena. Las discusiones habituales volverán a las mesas familiares. La camiseta quedará guardada hasta una próxima ocasión.

La realidad, esa que durante un mes aceptó correrse unos pasos, volverá a reclamar su lugar. Pero algo quedó. Quedó la imagen de un país abrazándose. Quedó la emoción de una generación de chicos que vio a Messi jugar su último Mundial y entendió que estaba viendo historia. Quedó el recuerdo de un equipo que hizo sentir orgullosa a una sociedad entera.

Las Copas se ganan y se pierden. Los partidos terminan. Los resultados quedan en los archivos. Pero hay victorias que no aparecen en los marcadores. Esta Selección no trajo la Copa. Trajo algo más difícil. Nos devolvió, aunque haya sido por algunas semanas, la sensación de que todavía podemos pertenecer a la misma historia. Y en un país que hace tanto tiempo busca razones para encontrarse, eso también es una forma de triunfo.