Opinión

La guerra, Washington, Teheran, Buenos Aires

Panorama político nacional de los últimos siete días

Por Jorge Raventos

El último martes por la tarde el mundo estaba a la expectativa de graves novedades. Donald Trump había prometido bombardear de manera devastadora a Irán, hasta que “vuelva a la Edad de Piedra, donde pertenece”.

Imprevistamente , Trump informó esa misma noche que había recibido un plan de diez puntos de Iran “que es una base viable para negociar”. Trump estaba admitiendo que necesitaba aceptar ese plan como base para poder encontrar salida a una guerra que cada día pensaba más sobre su presidencia y sobre el orden internacional.

En rigor, la guerra ya llevaba más de un mes y Estados Unidos había proclamado su victoria después de una semana de ataques. Sin embargo la guerra se había prolongado y la administración estadounidense, apelando a ultimatums que iban extendiendo su plazo de expiración, procuraba encontrar una salida negociada. El martes al anochecer, con la mediación de Pakistán (y, detrás de Pakistán, la República Popular China) se pudo alcanzar un compromiso de alto el fuego, que rápidamente empezó a exhibir brechas. Israel resistió el objetivo de cesar los ataques al Libano, que sin embargo el mediador paquistaní asegura que está en la base del cese del fuego.

CAMBIO DE EJE

En noviembre de 2025, Donald Trump había presentado la nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos con una definición que buscaba marcar época: “Los días en que Estados Unidos apuntalaba el orden mundial como Atlas han terminado”. La formulación no parecía solo retórica. Expresaba una revisión profunda del consenso estratégico de la posguerra fría, construido sobre la idea de que la primacía global estadounidense era, al mismo tiempo, un interés nacional y un bien público internacional.

El documento avanzaba aún más: cuestionaba la capacidad material de Estados Unidos para sostener simultáneamente un vasto Estado de bienestar y una arquitectura global de poder -militar, diplomática, financiera- que había sido la columna vertebral de Occidente durante décadas. Ese diagnóstico realista implicaba una redefinición del interés nacional: los asuntos del mundo solo concernían a Washington en la medida en que afectaran directamente su seguridad o su prosperidad.

En esa lógica, el énfasis en el hemisferio occidental -las Américas- no era casual. América Latina volvía a adquirir centralidad como espacio de influencia directa, menos costoso y más controlable. El apoyo que Javier Milei manifestó a Trump antes inclusive de que éste fuera electo para su segundo mandato se reforzó con ese giro. Asumía la oportunidad: de alineamiento con una potencia que, aunque en repliegue relativo, buscaba consolidar su influencia más inmediata en la región en la que Argentina tiene fichas para jugar.

VIRAJE

Sin embargo, la realidad mostró rápidamente sus tensiones. Menos de tres meses después de aquella definición, Estados Unidos se encontraba, junto a Israel, involucrado en una guerra abierta contra la República Islámica de Irán. El contraste es evidente: una doctrina de restricción estratégica derivó, en los hechos, en una escalada militar de alto riesgo -para Estados Unidos y para la economía mundial- en uno de los puntos más sensibles del sistema internacional.

El conflicto ha tenido consecuencias económicas inmediatas y de gran magnitud. El elemento central es el impacto sobre el estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. La interrupción -parcial o total- de esa vía ha provocado un shock energético global, disparando los precios del crudo y generando presiones inflacionarias generalizadas. El acuerdo de alto el fuego prevé que se abra al tráfico bajo control de Irán.

CADENAS LOGÍSTICAS CLAVE

Pero el efecto no se limitó al petróleo. La guerra ha alterado cadenas logísticas clave, afectando el transporte aéreo y marítimo entre Asia, Europa y Medio Oriente, con consecuencias sobre bienes industriales, alimentos y medicamentos. En paralelo, el aumento de costos y la incertidumbre financiera han reavivado temores de estanflación global: bajo crecimiento combinado con inflación persistente.

En este contexto, la guerra con Irán opera como un catalizador de tendencias previas: fragmentación del comercio internacional, regionalización de las cadenas de valor y debilitamiento del orden económico liberal. Ya no se trata solo de una crisis geopolítica, sino de una reconfiguración más amplia del sistema económico global, que será sin duda el eje de la reunión cumbre que en mayo protagonizaarán Donald Trump y Xi Jinping.

Desde el punto de vista estratégico, el balance del conflicto con Irán resulta ambiguo. Contra las previsiones de Washington, el régimen iraní demostró una considerable capacidad de resistencia. No solo ha sostenido su estructura de poder tras los ataques iniciales -que incluyeron la eliminación física de su líder máximo y de un gran número de altos funcionarios civiles, militares y tecnológicos- sino que demostró mantener capacidad de represalia mediante misiles, drones y acciones indirectas en la región.

Además, conservó la carta decisiva: su influencia sobre el estrecho de Ormuz. El control -aunque fuera parcial o intermitente- de ese paso le otorga una herramienta de presión global de grandes proporciones. En la desigual pulseada entre Teherán y el eje Washington-Tel Aviv quedó exhibida la capacidad de la República Islámica para asimilar castigo, ¿cuánto castigo más podría absorber? Por otra parte, ¿cuánto tiempo puede demandarle a Trump obligar a Teherán a levantar la bandera blanca? El tiempo es una variable fundamental. En noviembre, dentro de ocho meses, los estadounidenses elegirán representantes y senadores y esos comicios pueden determinar que Trump pierda el control del Congreso para afrontar su dos últimos años de mandato.

Aquí aparece una distinción clave que quizás no se tomó en cuenta en la lógica de la acción estadounidense. No es lo mismo la estrategia de presión que Trump empleó sobre el régimen de Venezuela que el objetivo perseguido en Irán. En el primer caso, se trataba -y se trata- de una política de cooptación y satelización que requirió la previa operación de captura de Maduro y su esposa y que ahora se manifiesta principalmente en el control de la explotación del petróleo venezolano. El objetivo ha sido un cambio de régimen (o, se quiere, un cambio en el régimen) sin intervención militar directa en gran escala.

En cambio, en Irán la lógica ha sido radicalmente distinta: un intento de neutralización estratégica mediante el uso de la fuerza, que empezó incluyendo la eliminación de su liderazgo político-militar y llegó a la amenaza de “devolver a Irán a la Edad de Piedra” y “convertirlo en un infierno”. Es decir, no un cambio gradual inducido, sino un descabezamiento del régimen como vía para su colapso (y, ante la resistencia prolongada la intención de destruir no solo sus instalaciones militares sino los activos civiles: puentes, carreteras, universidades, centros tecnológicos, plantas energéticas, etc). La diferencia no es menor: implica riesgos exponencialmente mayores, tanto en términos militares como sistémicos. Y, si terminara funcionando, llevaría más tiempo del originalmente previsto y requeriría algo más que una guerra aérea: sólo con tropas en el terreno se podría suscitar una situación de orden tras semejante destrucción.

Para el sistema de alianzas occidentales, la guerra introduce tensiones significativas. Por un lado, remarca el rol central de Estados Unidos en materia de seguridad: Europa y otros aliados carecen de capacidad para actuar de manera autónoma en un escenario de alta intensidad. Pero, al mismo tiempo, genera dudas sobre la previsibilidad estratégica de Washington. Si la doctrina declarada era el repliegue pero la práctica es la intervención, la credibilidad del liderazgo estadounidense se vuelve más incierta.

DE TEHERAN A BUENOS AIRES

Este punto es particularmente relevante para líderes como Javier Milei. Su alineamiento con Trump se basa en la expectativa de una relación privilegiada con la potencia hemisférica. Esa estrategia es tan importante si Trump consigue la rendición de Irán como si debe resignar ese objetivo. En cualquier caso, Washington deberá retomar la línea central de su documento estratégico y replegarse fundamentalmente sobre las Américas en la búsqueda de reconstruir y fortalecer sus redes de suministro. Como se escribió en su Estrategia de Seguridad Nacional: “Queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave”.

.La intensidad del vínculo estará, de todos modos, condicionada por factores externos: la evolución ulterior de la guerra y el alto el fuego, su impacto económico global y, sobre todo, por el resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos.

Si el conflicto con Irán se prolongara y sus costos económicos -inflación, desaceleración, tensiones financieras- se intensificaran, el capital político de Trump podría erosionarse mucho, como ya lo insinúan las encuestas de opinión pública en Estados Unidos. Decaería así su capacidad de sostener una política exterior ambiciosa o de respaldar activamente a sus aliados.

En ese sentido, la guerra con Irán funciona como una prueba crítica. No solo para la estrategia internacional de Estados Unidos, sino para la viabilidad de un modelo de liderazgo que combina retórica de repliegue con acciones de alto impacto global. Y, por extensión, para la suerte de aquellos gobiernos que han decidido anclar su propio proyecto político en esa apuesta.

Ese punto que está fuera del control de la administración libertaria es simultáneamente una columna de anclaje y una eventual vulnerabilidad.os funcion

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