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Opinión 5 de junio de 2022

La Iglesia denuncia desapariciones y la elogian los Montoneros

Dos cartas con denuncias sobre desaparecidos y el sorpresivo elogio de la organización Montoneros a Monseñor Aramburu, Primatesta y Pio Laghi.

 

Por Aldo Duzdevich

Como dije en mi nota anterior, se ha creado el paradigma de la Iglesia Católica cómplice de la dictadura. Pero, cuando se leen sus documentos de la época ese paradigma pierde fuerza. Y no es que intente de decir que la Iglesia “luchó” contra la dictadura.

Los hechos son que, efectivamente, hubo una docena de obispos defensores del régimen militar. Otro tanto muy opositores que incluso pagaron con su vida, en los casos de Angelelli y Ponce de León. Y una mayoría que evitaba jugarse en una u otra posición.

En 1976 había unos cuatro mil sacerdotes católicos. De ellos hay 34 acusados de violaciones a los DDHH . También hubo algunos pocos sacerdotes militando en la guerrilla. Y un centenar de religiosos que sufrieron la represión de distintas formas. Todo eso fue la Iglesia, que mayormente no desentonó con la actitud general de la sociedad frente a la dictadura.

Cartas a la Junta Militar

El 17 de Marzo de 1977 la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina se dirigió a la Junta Militar por carta reservada. Pero, el 7 de mayo volvieron a enviar otra carta esta vez de forma pública.

La Carta reservada del 17 de marzo de 1977, decía entre otros conceptos:

“Como es habitual en esta época del año se ha reunido la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina (…) queremos hoy transmitirles con esta carta, las inquietudes que de todas partes nos llegan desde hace tiempo.”

“Ellas se refieren a la situación de no pocos conciudadanos a quienes el reclamo de sus parientes y amigos presenta como secuestrados o desaparecidos, por la acción de grupos de personas que dicen ser de las Fuerzas Armadas o policiales y obrar en su nombre, sin que sea posible, en la gran mayoría de los casos, ni a sus deudos, ni a las autoridades eclesiásticas que tantas veces han intercedido, lograr siquiera una información a su respecto.”

“A ello se añade el hecho de muchos presos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (…) que han sido sometidos a apremios ilegales, de calidad y características tales, que hubiéramos siempre juzgado inconcebibles en el modo de ser argentino y que, por cierto, son para el cristiano inaceptables en conciencia.”
“Aún otro punto todavía: los mismos presos bajo proceso ven su causa a voces prolongarse por años, sin llegar a una sentencia que aclare definitivamente su situación.”

(…) “Debemos notar los casos que nos son presentados, de abusos contra la propiedad en las operaciones de represión: desaparecen todo tipo de objetos que nada pueden tener que ver con una adecuada averiguación policial.”

“Son los sacerdotes, en contacto inmediato con el pueblo fiel,…quienes sienten en toda su intensidad este llanto desconcertado de tantas familias que no saben, en muchísimos casos, si su pariente vive o está muerto, no conocen ni alcanzan a sospechar de que pueda ser acusado, viven la lacerante perplejidad de no tener amparo al cual acudir”.

“Asimismo, se nos dice no pocas veces que se anuncian muertes que parecen no avenirse a enfrentamientos con las fuerzas de represión.”

Lo objetable de esta carta es que tuvo carácter “reservado”, aunque obviamente fue filtrada a la prensa, que en esos días practicaba la autocensura y no iba a reproducirla.

Pero, mes y medio después, -el 7 de mayo de 1977- ante la falta de respuesta, y los reclamos del sector progresista, se dio a conocer una nueva carta esta vez en forma pública, que sí publicaron los diarios, pero cuidando poner titulares lavados.

Casi a la mitad, luego de una serie de largos conceptos religiosos, decían los obispos:

(…)“Nos atrevemos a manifestar los siguientes hechos, entre otros, que provocan en nuestro ánimo serias inquietudes:”

“a) las numerosas desapariciones y secuestros, que son frecuentemente denunciados, sin que ninguna autoridad pueda responder a los reclamos que se formulan…”

“b) la situación de numerosos habitantes de nuestro país, a quienes la solicitud de familiares y amigos presentan como desaparecidos o secuestrados por grupos autoidentificados como miembros de las Fuerzas Armadas o policiales, sin lograr en la mayoría de los casos, ni los familiares, ni los obispos que tantas veces han intercedido, información alguna sobre ellos…”

“c) el hecho de que muchos presos (…) habrían sido sometidos a torturas que, por cierto, son inaceptables en conciencia para todo cristiano y que degradan no solo al que lo sufre, sino sobre todo al que las ejecuta

“d) finalmente, algo muy difícil de justificar: las largas detenciones sin que el detenido pueda defenderse o saber, al menos, la causa de su prisión”.

Según algunos investigadores la palabra “desaparecidos” apareció por primera vez en la Carta de Rodolfo Walsh el 24 de marzo de 1977. Carta que no se publicó en ningún diario nacional. Por lo tanto, fue la tan denostada Iglesia Católica, la que denunció por primera vez en los diarios los secuestros, las desapariciones, las torturas y las detenciones sin fundamento judicial.
El proceso estaba cumpliendo un año y si bien ya había más de cuatro mil desaparecidos, este concepto no estaba instalado, ni siquiera entre los familiares, que eran inducidos a creer que que sus hijos estaban detenidos pero con vida. Tengamos en cuenta que recién el 30 de abril de 1977, catorce solitarias madres van a comenzar su ronda en la Plaza de Mayo.

No voy a defender el rol de la Iglesia Católica que como muchos pensamos debió haber hecho mucho más. Pero también podemos preguntarnos ¿es válido depositar en la Iglesia toda la responsabilidad de defensa de los derechos humanos? Cuando, como vimos, la sociedad argentina estaba anestesiada, por indiferencia o por miedo. Es una pregunta que no pretendo responder.

Según Montoneros, en 1977 la Iglesia Católica luchaba contra la dictadura

La organización Montoneros, cuya cúpula estaba en el exterior, en sus documentos internos y en su revista oficial Evita Montonera, evitaba hablar de los miles de desaparecidos, que mayoritariamente eran militantes de su organización. Se supone que no lo hacían, en parte por desconocimiento, y en parte para no desmoralizar a su tropa.

Por ejemplo, la hoy famosa Carta de Walsh en la cual denunciaba 15 mil desapariciones, no fue reproducida en el Evita Montonera, ni otro medio de la organización. Hasta aquí parecería que estaban más preocupados por los desaparecidos, los obispos conservadores, que el propio Firmenich.

El Evita Montonera de Octubre de 1977, titula en tapa: “El pueblo resistiendo aísla la dictadura”. Adentro, luego del consabido discurso triunfalista la “Crónica de la Resistencia” se reconvierte en la “Crónica de viajes y reuniones en el exterior” donde se puede leer todos los contactos con dirigentes europeos y latinoamericanos que realizan las autoridades montoneras. El plato fuerte es la foto de Firmenich y Vaca Narvaja con Yasser Arafat .

Antes que Galtieri durante la guerra de Malvinas inventase el “vamos ganando”. La cúpula montonera desde el exterior, exhibiendo su enorme despiste respecto la realidad que se vivía en el país imaginaba titulares como ése: “El pueblo resistiendo aísla la dictadura” .

Y hacían la crónica de un evento religioso, con tanta imaginación, que veían columnas de militantes con vinchas celestes y blancas, organizados en “corralitos” y provocando a las fuerzas policiales como si estuvieran en una marcha de JP de 1973/74.

En un importante recuadro con el título “Argentina no se rinde”, “Los Cristianos”, el Evita Montonera, sorprende con su reivindicación a la Iglesia Católica Argentina.

Veamos la nota: “Cómo cierre de una serie de actos de la Acción Católica se hizo una misa concelebrada en el estadio de San Lorenzo estuvieron presentes las más altas autoridades eclesiásticas de la Argentina: Monseñor Juan Carlos Aramburu y Monseñor Raúl Primatesta. El hecho fue considerado muy importante por el Vaticano: el Nuncio Monseñor Pio Laghi presidió la ceremonia y se leyó una carta de Pablo VI. En las tribunas había más de 40.000 personas, jóvenes en su mayoría. Al terminar la misa la multitud se encolumnó marchando por Avenida La Plata, en una verdadera manifestación de protesta contra la dictadura militar.”
“Se avanzó a lo largo de 10 cuadras, en una columna organizada por medio de cordones de jóvenes a los costados, y se repartieron vinchas celestes y blancas. El despliegue policial era espectacular decenas de patrulleros, carros de asalto, carros cisternas y helicópteros que sobrevolaban la zona. La represión, desconcertada por la inesperada movilización, vacilaba entre ignorar lo qué sucedía, o provocar a la gente. A cada momento la marcha se detenía frente a un vehículo o tropa represiva y se cantaba: ‘Si esta no es la iglesia, ¿la iglesia donde está?’. Otros grupos de jóvenes cantaban: ‘El que no salta no es de la Acción” (sic Acción Católica) y muchas consignas más’”.

“También prácticamente a cada paso alguien invitaba a orar por los presos políticos los desaparecidos o los caídos en la lucha contra la dictadura. Vimos a un señor mayor. Pedir a voz de cuello que se orara “por mi hijo que está en manos de esos asesinos” y a miles responderle rezando con unción”.

No hay paz sin justicia

“A la iglesia Argentina que hicieron silenciarla mediante el secuestro y el asesinato de laicos sacerdotes y hasta un obispo Monseñor Angelelli. La Iglesia que quisieron usar para bendecir la dependencia y la represión tanto Videla como algunos obispos ultra gorilas. Esta iglesia acude a un acto convocado bajo el lema de “La familia reza por la paz en la Argentina” y muestra cuál es la manera de lograr la paz: la resistencia, la lucha por la justicia”.

“Es posible que la jerarquía no deseara la movilización, pero tampoco se opuso a ella ni la repudio. La dictadura no permitió que el periodismo reflejara lo que pasó, y luego no dijo una sola palabra ante esta nueva demostración de su naufragio político. Es que la misa y la movilización del 20 de junio son una prueba de los resultados de la política del terror impuesta al país.”

“La manifestación del Día de la Bandera es un importante hecho de la Resistencia Popular que encabezamos los Montoneros. Creemos que debe ser continuada y renovada diariamente en la organización de todos los laicos y sacerdotes que están a favor de la liberación, en las parroquias, colegios, seminarios, etcétera, continuando con la denuncia y la protesta frente a todos los atropellos que sufren los cristianos y todo el pueblo.”

La realidad es que en los dos días anteriores, se realizó en Buenos Aires una gran reunión nacional de la Acción Católica y que el acto de cierre fue la misa en la cancha de San Lorenzo. Es cierto que, una columna de diez mil jóvenes marchó -al inicio del acto – llevando a la Virgen de Luján, precedida de una enorme bandera argentina y que además de rezar cantaban en favor de la Iglesia y de la Acción Católica.

Y seguramente para muchos jóvenes estas marchas eran una válvula de escape al clima de pesado silencio. Pero, agreguemos que el día anterior Monseñor Caggiano había condenado explícitamente a la guerrilla. Que el orador en San Lorenzo fue Cayetano Liciardo un laico que fue funcionario de tres gobiernos militares. Y si agregamos que el lema fue “La familia reza por la paz en la Argentina” , hay que forzar mucho la imaginación para ver este evento como un acto de resistencia contra la dictadura.

Convengamos que la consigna “la familia reza por la paz” no tenía mucho contenido revolucionario. Pero Montoneros, a falta de grandes atentados que anunciar, promocionaba la misa de Aramburu, Primatesta y Pio Laghi, que – según decían ellos – encabezaban la resistencia contra la dictadura.
Sin embargo, varios años después un conocido periodista argentino, que en 1977 militaba en el área de inteligencia del “ejército montonero”, escribió cuatro tomos para contarle a las nuevas generaciones que Aramburu, Primatesta, y Pio Laghi, no eran de la “resistencia”, como en su momento decía el Evita Montonera, sino parte de una dictadura-militar-eclesial.

La Iglesia Católica no encabezó la lucha contra la dictadura. Pero según muestran sus documentos habló cuando nadie hablaba, puso en los diarios las desapariciones, las torturas y las detenciones ilegales. Por supuesto que algunos de los obispos firmantes de esas cartas, a la semana, explicaban en los diarios, que lo que dijeron, no era lo que quisieron decir.

Una vez más, recorrer la historia nos aleja de los discursos binarios, buenos y malos, blanco o negro. ¿Puede acusarse a la Iglesia Católica en su totalidad de ser cómplice de la dictadura? Creo que no. Pero, son los claroscuros de la historia, que es necesario conocer, para reflexionar y aprender de ella.

(*) El columnista es autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Perón



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