La Ciudad

La maqueta que hizo latir la fe en el puerto vuelve a iluminarse

En el corazón de la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes, hay una ciudad que nació en 1950 y que durante décadas no estuvo quieta. Se movía. No era un pesebre más: era una maquinaria, una escena en miniatura donde la fe se mezclaba con engranajes, luces y agua. La llamaron Ciudad de Belén. Después, con el tiempo, se fue apagando. Hoy vuelve a cobrar vida.

Por Marcelo Pasetti

No es un pesebre más. Es una maquinaria poblada de miniaturas. Una escenografía en movimiento donde la fe se mezcla con engranajes, luces y agua corriendo. La llaman Ciudad de Belén. Y lo que está pasando hoy ahí es, en el fondo, un intento de recuperar algo más que una maqueta: recuperar una experiencia.

La Ciudad de Belén nació en 1950, cuando el santuario ya se había consolidado sobre una vieja cantera del puerto. No fue un proyecto ornamental, sino una construcción colectiva.

Las Pequeñas Hermanas de la Divina Providencia, con sor Concetta Ghersi, “La Mamma”, a la cabeza, aportaron la idea. El viejo Colegio Industrial, la técnica. El resultado fue una rareza: una ciudad bíblica en miniatura, con escenas del nacimiento de Jesús, pero también de la vida cotidiana y religiosa de la época, todo montado sobre un sistema electromecánico que, para su tiempo, era sofisticado.

Durante décadas, el funcionamiento fue casi ritual. Una ficha. Y la ciudad cobraba vida.

Para muchas familias del puerto, la Ciudad de Belén era una parada obligada, una tradición que se transmitía de generación en generación con la naturalidad de las cosas que no se cuestionan porque simplemente forman parte de lo que uno es.

“Veníamos todos los años para Navidad. Mis hijos esperaban ese momento, poner la ficha y ver cómo se movía todo”, recuerda Marta González, vecina del barrio desde hace más de 40 años. “No había muchas cosas así. Era simple, pero te quedabas mirando como si fuera magia”.

El recuerdo se repite en distintas generaciones. La maqueta era una atracción, pero sobre todo era parte de la infancia de buena parte del puerto.

Obreros construyendo, piedra sobre piedra, la Gruta de Lourdes.

“Yo venía de chico con mi viejo y después traje a mis nietos. Cuando dejó de funcionar bien, era una pena… porque era como ver algo que se apagaba”, cuenta Jorge Rinaldi, jubilado del sector portuario.

Cuando dejó de moverse

Como muchas obras sostenidas más por voluntad que por presupuesto, la Ciudad de Belén empezó a apagarse lentamente. El sistema eléctrico envejeció. Los mecanismos se volvieron inestables. La tecnología –literalmente de otra época– empezó a fallar. Lo que antes sorprendía, empezó a quedarse quieto. Y con eso, algo del tejido sentimental del barrio también perdió movimiento.

Hace algunas semanas comenzó un proceso de recuperación que apunta a que la ciudad vuelva a moverse e iluminarse. Un grupo de empresarios y representantes de entidades locales, con Florencio Aldrey a la cabeza, decidieron ponerse al hombro las tareas de reparación no solo de la Ciudad de Belén, sino también de gran parte de la infraestructura de la Gruta.

Nacida en 1937 en una antigua cantera portuaria, la Gruta de Lourdes, lugar de peregrinación y símbolo de fe, forma parte de la tradición marplatense.

Detrás de la tarea específica de la Ciudad de Belén estuvo, entre otros, el técnico Daniel Consorti, encargado de la puesta en valor del sistema eléctrico y mecánico. El trabajo fue mucho más que un recambio de lámparas.

“Se cambió toda la iluminación, que era de focos tradicionales, por LED. Eso baja muchísimo el consumo y mejora la visibilidad”, explicó Consorti. “Toda la tecnología era muy vieja, estamos hablando de sistemas tipo DMX de los años 70. Se reemplazaron por fuentes ‘switching’ nuevas y se modernizó toda la instalación“.

Uno de los puntos clave fue recuperar el sistema de activación, ese gesto casi ritual de poner una ficha. “Los monederos eran antiguos, se arreglaron y se colocaron sistemas magnéticos nuevos para que vuelvan a funcionar bien”, sostuvo el técnico. También se intervino en el sonido: “Se cambió todo el sistema de musicalización. Antes había placas electrónicas muy viejas. Ahora se puso un sistema con USB, mucho más moderno”. Y en la reconversión eléctrica general, “todo lo que eran transformadores se reemplazó por fuentes de 12 volt, que son más seguras y eficientes”.

La restauración fue, en definitiva, una operación de traducción: llevar una obra del siglo XX al presente sin que perdiera su alma.

Una ciudad dentro de la ciudad

La Ciudad de Belén es el elemento que distingue a la Gruta marplatense de cualquier otra réplica en el mundo. Inaugurada en diciembre de 1950, no es meramente un pesebre estático, sino una representación de las ciudades de Belén y Jerusalén en tiempos de Jesucristo. Una narrativa visual envolvente que, en rigor, precedió a los parques temáticos.

La maqueta ofrece un recorrido geográfico y teológico que abarca hitos fundamentales del Nuevo Testamento. No se limita al nacimiento, dado que también contextualiza la vida de Jesús en la complejidad urbana de Tierra Santa bajo la ocupación romana.

Para miles y miles de marplatenses que nunca pudieron verla funcionando en su totalidad, la restaurada Ciudad de Belén se convertirá en un nuevo atractivo.

Quien recorre la maqueta puede observar la Caravana de los Reyes Magos avanzando hacia el establo, el Estanque de Betesda con la escena de la sanación del paralítico, el Cenáculo donde se recrea la Última Cena, y la Sinagoga y el Palacio que representan el poder religioso y civil de Jerusalén. Todo eso convive con escenas de la vida cotidiana: pastores, mujeres en el pozo, artesanos en movimiento.

Las figuras que habitan esta ciudad en miniatura fueron fabricadas con materiales que reflejan la tradición del belenismo catalán y europeo adaptado a la producción local: barro refractario, que otorgó a las piezas una textura rústica y duradera, y pasta de madera, que permitió un modelado detallado de expresiones y vestimentas. Cada miniatura fue pintada a mano.

El resultado es una experiencia que trasciende lo estrictamente religioso. Para muchos visitantes, el Belén es también una oportunidad de encuentro, de paso en familia, de contacto con una propuesta cultural que no compite con lo digital, sino que simplemente propone otra cosa.

“Esto no es solo algo religioso, es parte de la identidad del puerto“, dice Carolina Suárez, docente que visita el lugar con sus alumnos, y agrega: “Los chicos hoy están acostumbrados a lo digital, pero esto les llama la atención igual. Tiene algo especial”.

En la misma línea, quienes hoy vuelven a recorrer la maqueta destacan el valor de haberla actualizado sin traicionarla. “Está bueno que la modernicen, pero sin tocar lo que era. Eso es lo que emociona“, comenta un visitante que observa en silencio cómo las figuras vuelven a moverse.

Un lugar que no entra en la grieta

La recuperación de la Ciudad de Belén no es solo una obra técnica. Es también una forma de sostener lo que el complejo de la Gruta representa desde sus orígenes, en 1937, cuando Norberto Peralta Ramos donó los terrenos y sor Concetta Ghersi imaginó un santuario en medio del puerto. Desde entonces, el lugar funciona como algo más que un espacio religioso. Es escuela, hogar de enfermos, red de asistencia. La maqueta forma parte de ese sistema. Lo que genera, ayuda a sostenerlo.

Todo un documento: el bosquejo de sor Concetta Ghersi se convertiría en la Ciudad de Belén, en el corazón de la Gruta de Lourdes.

En términos turísticos, la Gruta es un fenómeno curioso. No tiene la visibilidad de otros atractivos ni forma parte central de las campañas de promoción, pero convoca. Y lo hace, en muchos casos, por transmisión directa: el boca a boca, la recomendación familiar, la memoria de haber ido alguna vez.

En tiempos en que la ciudad aparece atravesada por tensiones económicas, sociales y políticas, el Belén de la Gruta queda por fuera de la grieta. No porque no tenga una raíz religiosa clara, sino porque su lógica es otra. No busca imponer ni discutir: propone. Y en esa propuesta conviven sin fricción el creyente y el curioso, el turista y el vecino de toda la vida, el nieto y el abuelo que ya vino de chico.

Hoy, después de años de deterioro, la Ciudad de Belén vuelve a encenderse. Y en ese gesto –aparentemente simple– hay algo más profundo. Porque en una ciudad acostumbrada a reinventarse cada temporada, este rincón del puerto conserva otra lógica: la de lo que persiste. La de lo que no se reemplaza, sino que se repara. La de lo que sigue funcionando porque alguien, una vez más, decide poner una ficha.

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