Opinión

La nostalgia de una ilusión (el síndrome de la “patrulla perdida” y otros extravíos)

Por Alberto Farías Gramegna

 

“…Cuanto más una creencia es puesta en duda por la realidad, o por el trabajo científico, el grupo que la

sostiene más considera que está en lo cierto. Se encierra sobre sí mismo y deviene proselitista…”- Jean

Cottraux

“Los hombres no encuentran la verdad: la hacen, como hacen su historia y ambas lo demuestran”- Paul

Veyne

Hace más de cincuenta años, el soldado japonés Shoichi Yokoi fue encontrado en la selva de la isla de Guam. Sobrevivió tres décadas oculto, sin saber que la Segunda Guerra Mundial había terminado. Nunca pudo reintegrarse normalmente a la sociedad moderna porque su mundo interno seguía instalado en el pasado.

Los “zan-ryū Nippon hei”, soldados de Japón dejados atrás o rezagados, siguieron luchando o se ocultaron tras la rendición incondicional del Japón. Sabiendo de la existencia de esos pequeños y atemorizados grupos que creían que la conflagración continuaba, las autoridades militares y políticas de la época, enviaban aviones dejando caer avisos que informaban del fin de la contienda y les pedían que salieran a la civilización para integrarse a la sociedad civil del nuevo mundo de postguerra. Pero, dramáticamente, los soldados pensaban que era una trampa, una artimaña del enemigo para capturarlos.

Por diferentes motivos (fanatismo doctrinal, deshonor o porque nunca recibieron la orden de rendición por parte de sus jefes), esos hombres “continuarían luchando, primero contra las fuerzas militares aliadas y luego contra la policía, años después de que la guerra terminase”, según las crónicas de la época de la BBC. Esas mismas fuentes mencionan al oficial de inteligencia Hirō Onoda y al soldado Teruo Nakamura como los últimos “rezagados” ocultos, que se “rindieron” en 1974, es decir casi treinta años después del fin del infierno. Eran patéticamente los restos fantasmales de lo que la historia, la sociología y la psicología social llamaría el “síndrome de la patrulla perdida”.

La nostalgia de una ilusión

Una ilusión es la percepción deformada de un objeto o situación que existe “per se” fuera del que percibe, sin embargo, lo ve distorsionado, cargado de la subjetividad ilusoria hija del deseo. Cuando ese “objeto” deseado muestra una realidad que “des-ilusiona”, surge la nostalgia del Ideal ausente.

Dolor por un pasado mítico que curiosamente nunca se vivió, pero que se ilusiona como algo “a recuperar” en el futuro, y suele ser causa de frecuentes desvaríos grupales. Es frecuente en los grupos sociales recaer en comportamientos ilusorios, ante hechos o decisiones ambiguas de los gobernantes sobre los que han proyectado sus deseos y esperanzas, a partir de identificaciones o contradicciones con sus valores y discursos. Esto es lo que se conoce como “sesgo de disponibilidad” del objeto: está ahí para ser interpretado en un sentido o en otro, según la ideología del sujeto que lo percibe.

Se impondrá el que le confirme su deseo o le provoque menos frustración: es pues, el “sesgo de confirmación”. Hay otro mecanismo asociado a la ilusión, que el psicólogo León Festinger llamó

“disonancia cognitiva”, demostrando cómo las personas intentan mantener su consistencia interna a través del autoengaño, para satisfacer la imperiosa necesidad interior que les empuja a asegurarse de que sus creencias, actitudes y conducta son coherentes entre sí. En las subculturas militantes de minorías intensas, fuertemente ideologizadas y sostenidas sobre dogmas cuasi religiosos (clasismo, racismo, generismo, misticismo, etc.) se tiende a construir mundos propios que sesgan fuertemente la interpretación de lo que ven y lo que escuchan, deslizándose a variopintos extravíos.

Toda la percepción del mundo pasa por el filtro monocolor de su creencia de matriz maniquea, es decir afectividad valorativa sin matices, que ordena conductas y hechos en “buenos y malos”, según concuerden con la doctrina que toma forma de “relato universal”, propio del “fanático”, definido por Winston Churchill como “alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”.

El “fan” suele ser dramático en sus afirmaciones y refractario a los argumentos lógicos (no es la razón sino la fe lo que lo sostiene en su creencia) y en general carece de sentido del humor, porque rechaza la ironía, la paradoja y la crítica, que podrían relativizar sus convicciones expresadas con pasión proselitista, en su afán de convencer al otro para integrarlo a la causa o declararlo “enemigo” a combatir.

De la posverdad ilusoria a la alucinación colectiva

La posverdad es una distorsión unidireccional deliberada de una realidad para manipular creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y fomentar en el destinatario una ilusión interesada. Ahora bien, debemos diferenciar “ilusión” de “alucinación”: en esta última hay percepción del objeto, pero sin la presencia real del mismo: es decir, se ve lo que no existe. Se reemplaza su ausencia por una construcción discursiva imaginaria producto de un deseo intenso que pierde contacto con la “realidad real”, negándola al suplantarla por un relato que sostiene una “realidad irreal”, una ficción alucinatoria.

El sujeto alucinado por una doctrina fundamentalista se comporta en un permanente “como si” aconteciera lo que dice percibir, cuando lo que sucede objetivamente, más allá de su percepción, puede no vincularse en nada con su discurso épico, surgiendo un rechazo persecutorio a todo cambio progresivo, vivido como amenaza a su identidad

dogmática. Así identidades presuntamente “progresistas” terminan paradojalmente mudando hacia actitudes conservadoras y reaccionarias.

El círculo vicioso de la intracomunicación grupal y el rechazo de lo diferente, fuerza a construir un mundo sectario subcultural donde todo es ficcional, aunque el sujeto no lo sabe, ya que cree en lo que imagina otorgándole realismo.

No hay lugar para la duda: si se piensa es porque existe y toda otra opinión es producto de la intención foránea de engañar. Es la lógica conspirativa de las tropas japonesas ocultas en la selva, el síndrome de la “patrulla perdida”.

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