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Opinión 24 de marzo de 2020

La polio y el coronavirus: ¿dos virus ensañados con una generación?

Por Oscar E. Balmaceda
(Escritor, montañista, Asperger)

¿Acaso los virus tienen algo en contra de nuestra generación? ¿Se están cobrando alguna deuda pendiente de aquella epidemia de 1956, cuando a través de la poliomielitis, se ensañaron con nosotros, los que hoy tenemos más de 65 años y por aquellos días éramos bebés o niños? Y por si fuera poco, en este reclamo atroz, ¿suman a nuestros padres- muchos de nosotros aún los disfrutamos- a quienes entonces, dejaron fuera de sus miras?

La respuesta, obvia e instantánea, es No, pero como repetía mi abuela castellana; “que las hay, las hay”.

Tengo 67 años y en cuanto se revelaron las características del coronavirus y su afán por caerles con dureza a mis coetáneos de todo el globo y a nuestros mayores, volvió a mi memoria la tragedia que vivió nuestro país en 1956, cuando se desató la epidemia de poliomielitis, que en un año sumó 6500 casos y dejó como saldo un diez por ciento de muertes, además de severas secuelas en centenares de niños.

Precisamente, cuando vi al pequeño Forrest Gump correr frenético hasta sacarse de encima aquellas prótesis de cuero y metal que envolvían sus piernas, recordé otras escenas, ahora fuera de una pantalla de cine, en las que aparecían mis dos compañeros de quinto grado, que bajo su guardapolvo blanco y los pantalones cortos, padecían arneses del estilo. Ambos sobrevivientes de la polio.

La memoria me devolvió además, “las bromas” que hacíamos con los bastones de Claudia, la mejor amiga de mi hermana, cuya vacuna antipolio falló, dicen, por la interrupción en la cadena de frío, y que nos prestaba para adelantarnos en las colas de los restaurantes mientras ella aguardaba refugiada en el auto. La poliomielitis fue muy cruel, pero a algunas de sus víctimas les potenció el humor, de un tinte muy oscuro, es cierto, pero, humor al fin.

O será, tal vez, el precio que nos cobran por tantos hitos que marcaron la segunda mitad del siglo XX, donde los baby boomers –definición que comprende a los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los ´70- estuvimos en la primera línea del movimiento hippie, el rock, la minifalda, el amor libre, las guerrillas latinoamericanas, el pacifismo y dos consignas que nos marcaron a fuego: hagamos el amor y no la guerra, y la imaginación al poder.

Un listado muy breve dentro de un catálogo interminable al que debemos añadir otra revolución mundial, que se expresa con fuerza en el siglo XXI y que también nos encuentra en la vanguardia. Fenómeno que la ex ministra francesa Michèle Delaunay, describe claramente en Le fabuleux destin des baby-boomers , el libro que publicó hace muy poco.

“Los baby boomers se preparan para una tercera vida, no para la tercera edad. Una tercera vida impregnada de todo lo que han aprendido y han conquistado en una generación amplia y llena que ha crecido empujando la cultura de la emancipación. Los largos años de vida que sobre el papel les quedan por delante con una longevidad que se ha multiplicado los sitúa ante un nuevo y gran reto: son los que dinamitarán las barreras y la concepción de la edad”, dice Delaunay.

“La gran idiotez que los boomers no deben hacer es limitar sus deseos, sus capacidades, sus ambiciones; dejándose llevar por una concepción de la edad del siglo pasado”, añade.

Y finalmente, nos dicta: “Cuidemos la libertad como un jardín”.

Parece broma, ¿no? Especialmente por lo que el coronavirus respondió a este último párrafo.

Sin embargo, estoy seguro de que el recorte responsable y estricto que haremos de nuestra libertad, aislándonos, por nosotros y nuestro semejantes, es apenas la pausa que tendrán nuestras vidas hasta que escampe.

Lo que me duele es que me voy a perder por no sé cuánto tiempo, los encuentros con mi madre. Naty tiene 93 años y vive con otras señoras y un puñado de monjas en el Instituto Santa Catalina de Siena, que las religiosas tienen en las afueras de Mar del Plata.

Reuniones muy breves en las que aprovecho las idas y vueltas de su memoria para recorrer de su mano viejos paisajes añorados.

Por lo demás, aprovecharé este tiempo para preparar un nuevo unipersonal, terminar algunos cuentos, acostumbrarme a los carilinas –mi hija Victoria me obligó a desprenderme de mis clásicos pañuelos de tela- y planear la próxima expedición a la montaña.

Prometo, además, dejar de lado las eventuales conspiraciones del universo microscópico, más allá de la coincidente crueldad de dos virus que nos pusieron fatalmente en su mira en los últimos sesenta años.

Y continuar rogando para que un nuevo Jonas Salk nos devuelva en forma de vacuna esta libertad recortada tras la aparición del Covid19.