Opinión

La primera rebelión tenía que ser en la tierra donde nació el fútbol

por Héctor Sánchez

Cuando varios centenares de hinchas del Manchester United ingresaron al mítico estadio de Old Trafford, en el contexto de la pandemia de coronavirus que vació obligadamente las canchas de público, tomó forma en la tarde del domingo la protesta contra el formato de clubes en manos de multimillonarios incapaces de fundirse en un abrazo de gol con el vecino de escalón.

Porque decir Old Trafford es decir la tierra en donde el fútbol -ni bien rompió el cascarón que le formatearon en exclusivos colegios británicos sus caballeros impulsores- pegó los primeros gritos fuertes tras una tarde de triunfo épico, antes de subirse a los barcos para sembrarse en todo el mundo.

Old Trafford es la casa del United desde 1910, con un lapso de exilio obligado de ocho años, cuando el Maine Road de su rival clásico, Manchester City, los cobijó tras el bombardeo alemán de 1941 que lastimó seriamente al estadio durante la Segunda Guerra Mundial.

Los “Diablos Rojos” volvieron a su casa en 1949, concluida la guerra y reparados los daños. Años después, el estadio será el “Teatro de los Sueños” según la definición de Bobby Charlton, campeón del mundo con su seleccionado en Inglaterra 1966.

Para el fútbol argentino, Old Trafford siempre será el estadio donde Estudiantes de La Plata, aquel “Pincha” campeón de todo de Osvaldo Zubeldía, hizo pata ancha el 16 de octubre de 1968 para ganar la Copa Intercontinental, tras empatar 1-1 contra el Manchester y con el 1-0 a su favor logrado en la Bombonera en el bolsillo.

Este reformado y moderno Old Trafford de hoy sigue siendo una catedral futbolera mundial, y allí resonaron ayer los ecos de cualquier hincha que esté dispuesto a defender su identidad: la protesta era contra los dueños del club inglés y la hicieron dos horas antes del partido contra el Liverpool, que un rato después fue suspendido.

“Ustedes pueden comprar nuestro club pero no podrán comprar nuestro corazón ni nuestra alma”. La pancarta que lucían los hinchas del Manchester United era muy clara y potente, tanto como las bengalas que encendieron mientras subían a las tribunas para cantar “que se vayan los Glazer”, la familia estadounidense propietaria del club.

Tan fuerte puede ser el eco de Old Trafford que ahora habría que esperar el grito rebelde de cualquier hincha que haya visto mancillar su sentimiento de pertenencia a un club, a cualquier club, aplastado por la maquinaria de las sociedades anónimas.

Y no importa la nacionalidad ni la cuenta bancaria del nuevo dueño, sea un jeque árabe que huele a petróleo, un príncipe qatarí, un nuevo rico chino, un potentado ruso o estadounidense, o el “inversor de turno” de cualquiera de nuestras pampas, que van desde dueños de cadenas de supermercados a concesionarios de lucrativos bingos y casinos.

Si algo pareció despertar la bronca de ayer en Manchester, que el tiempo dirá si llega a la categoría de rebelión globalizada, fue el reciente episodio del proyecto de Superliga europea: una especie de rueda mágica de la felicidad que a fuerza de billetes pretendía instalarse en un templo que en el altar mostrara a los 12 poderosos.

Y en las oficinas de esos poderosos se decidirían cuántas chirolas quedarían para repartirle a los pobres mientras jugarían entre ellos, pero con algunos invitados como para tener algún convidado menor a sus banquetes, que por ahora no se harán.

Lo llamativo es que la primera gran protesta contra el modelo de negocio imperante en el fútbol haya explotado en un país que tiene la liga más cara del mundo, como es la Premier, con hinchas acostumbrados a codearse con la “crema” de la Champions League, y en las narices del poderío temible de la UEFA y la FIFA.

El fuego fue encendido ayer en Manchester e incluyó una manifestación frente al hotel donde se hospedaban los jugadores del United para impedir la salida del micro que debía llevarlos al estadio. El tiempo dirá si tiene destino de hoguera o si el sistema lo absorbe rápido y lo convierte en cenizas, como a tantas cosas.

Télam

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