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Lanchas amarillas: el declive de la escuela de grandes capitanes

De 300 que supo haber, quedan sólo 15 en actividad. Pescan las especies que se acercan a la costa porque tienen una autonomía de 24 horas. Diferentes proyectos para reconvertirlas quedaron truncos.

Por Ramiro Melucci

Hace diez años Luis Ignoto, presidente de la Sociedad de Patrones Pescadores, propuso convertir 30 lanchas amarillas en 10 barcos de 25 metros. “Así vamos a poder pescar lo que queramos”, explicó. Algunos dijeron que quería sacar una tajada del negocio. Otros no admitieron la urgencia. “Yo quiero que el agua me siga pegando en la cara cuando salgo a pescar”, le respondió uno de ellos. Hoy, una década después, el impulsor de la iniciativa está convencido: “Había que actuar. Lamento haber tenido razón”.

Se la dio la realidad: de 300 lanchas de ese tipo que había en las décadas del sesenta y setenta, hoy quedan 15 en actividad. “En estos últimos años se aceleró el proceso porque muchos patrones han vendido su embarcación. Han llegado a una edad para dejar la actividad y no tienen hijos que los sucedan en su labor”, comenta.

Las embarcaciones que forman parte de la postal de Mar del Plata se denominan técnicamente de rada o ría, son descubiertas y pueden estar fuera de puerto por un máximo de 24 horas. Es decir que entran y salen en el día, y tienen una autorización para alejarse hasta 15 millas del puerto.

Pescan todo lo que se acerque a la costa. En los últimos años prácticamente se centró en caballa (en noviembre, diciembre y parte de enero) y cornalito (en gran parte del invierno). Algunos años se trasladaron a la Bahía de Samborombón a pescar corvina.

Con nasas, los tripulantes de una de las embarcaciones van a sitios con piedra en el fondo y pescan otras especies, como salmón, besugo y chernia. “Y otra lancha se dedica a lo que nosotros le decimos los trasmallos“, describe Ignoto. Así, puede sacar “un tiburón, algún gatuso, alguna pescadilla”, agrega.

Típica imagen del puerto marplatense con su profusión de lanchas en los años ’40. FOTO: Annemarie Heinrich.

En determinadas épocas del año, las lanchas salen en pareja. Sucede, por ejemplo, en agosto, cuando van por pescadilla. Antes ocurría algo similar con la anchoíta, pero hace tiempo que esa especie ya no llega cerca de la costa: los barcos grandes la capturan antes de que lleguen a puerto.

Según el titular de la Sociedad de Patrones Pescadores, la disminución de las lanchas amarillas no sólo está vinculada con un asunto generacional. “En la legislación, estas embarcaciones han quedado como en un gris, por la eslora. Generalmente, cuando se trazan políticas de seguridad se toman entre 24 y 12 metros. Y nosotros, por un metro o dos, quedamos con la misma exigencia de reglamentación que las más grandes”, advierte.

Hay otro punto. “En muchos casos estas embarcaciones tenían permisos nacionales irrestrictos, por lo que otras mayores que necesitaban ampliar su cupo de pesca las compraron para trasladarles esos permisos a sus barcos, que de esa manera pudieron obtener más captura en el sur”, explica el dirigente.

El clima también juega su rol. “Las lanchas están muy supeditadas al tiempo. En el caso concreto de la caballa, hubo mucho mal tiempo y eso quitó días de pesca”, ejemplifica Ignoto. Y, en general, estima que “en los 365 días del año se pueden hacer entre 90 y 110 salidas”.

Los costos

Tres décadas atrás, a los patrones ni siquiera les preocupaba la ecuación: el costo del gasoil era prácticamente insignificante comparado con el rédito que la pesca podía dar. Por eso era usual que las lanchas recorrieran distintas zonas durante toda la jornada para encontrar cardumen.

Hoy no se puede hacer eso. “Tenés que pensarla muy bien para salir a andar y dar vueltas todo el día, porque consumís mucho combustible y a fin de mes se siente mucho, es un costo muy alto”, señala Ignoto.

Otra diferencia es que antes, como un gran número de lanchas salía al mismo tiempo, bastaba con que una encontrara el cardumen para que otras se aglutinaran en el mismo sector. Hoy ya no hay tantas para hacer esa exploración inicial.

Al costo del combustible se suma el de los materiales, que cotizan en dólares. “Las redes, el cabo, los elementos de seguridad, la aparatología, la sonda, el VHF, el radar, las luces y todo lo que tiene que ver con arreglos del casco se paga a precio dólar”, apunta Ignoto.

El mercado

“El pescado vale. No como debería valer, pero vale. La diferencia se hace en la cantidad”, analiza el dirigente.

En el aspecto comercial, en los últimos meses se presentaron problemas con la caballa. “Se pagó alrededor de 40 pesos el kilo, pero hubo inconvenientes con la colocación en el mercado. Muy pocas fábricas la tomaron para hacer caballa en aceite o al natural. Algunas embarcaciones han ingresado a licitaciones del Estado y sufren la dilación en el cobro: 30, 60, 90, 120 días. Eso hace que, con la inflación que tenemos y los saltos del dólar, los patrones queden desfasados y no puedan aguantar la tripulación, que quiere cobrar, como todos, a fin de mes”, detalla Ignoto.

Proyectos truncos

En 1999 la Sociedad de Patrones propuso reconversiones de embarcaciones “una por una”: una lancha por un barco de 15 metros. “En aquel momento presentamos un proyecto en el que estaban incluidos Pesca de la Provincia, Pesca de Nación, el Banco Provincia y el CFI (Consejo Federal de Inversiones)”, recuerda Ignoto.

En total se iban a construir 10 embarcaciones de 15 metros. Implicaba más capacidad de pesca, más autonomía (96 horas fuera de puerto) y más comodidades para los tripulantes (cocina y baño). “Pero el proyecto quedó trunco cuando se hicieron los estudios técnicos de las equivalencias en cuanto al potencial de pesca”, menciona el dirigente.

Diez años después la entidad se ilusionó con otro proyecto. Las autoridades de Pesca planteaban que los propietarios de las lanchas debían ir hacia un “dos por uno” o un “tres por uno”. Es decir que debían juntarse tres embarcaciones menores para hacer un barco mayor. El primer desafío era justamente que los propietarios aceptaran asociarse. Y el segundo era que los créditos que se ofrecían pudieran solventar la operación.

“En ese momento peleábamos para que volviera a existir la figura de la hipoteca naval como elemento de importancia en la búsqueda del crédito. En este caso, parte de los fondos los ponía el astillero y parte tenía que ir a crédito. Y eran créditos en dólares. Si vos no tenías un apalancamiento del Estado, estabas al horno”, grafica Ignoto.

El dirigente se involucró de lleno en ese proyecto y consiguió “un tres a uno”. “Logramos la autorización del Consejo Federal para hacer un barco de 25 metros, pero no se terminó haciendo y se terminaron trasladando los permisos a otro barco para aumentar su cupo”, admite.

Abandono

En la actualidad, la banquina chica refleja el estado del sector. “Hay algunas lanchas abandonadas porque se han trasladado sus permisos y han quedado ahí. O porque están pendientes de desguace. O porque sus dueños se han comprometido con la autoridad de aplicación a que serán utilizadas otros fines –ver recuadro– y hasta ahora no lo han hecho”, explica Ignoto.

Aunque “lamentablemente cada vez hay menos” en actividad, las que perduran “están en buenas condiciones“, asegura. “Tienen patrones todavía relativamente jóvenes que quieren seguir en lo suyo, tienen hijos que en algunos casos los acompañan y por eso persisten y son buenos pescadores. Excelentes”, sostiene.

A su entender, “los mejores capitanes han salido de chicos a pescar en las lanchas”. “En lugar de irse a estudiar, se embarcaban camuflados con su padre, con su tío”, cuenta. Por eso está convencido de que las lanchitas fueron “la escuela de capacitación natural de los grandes capitanes”.

En busca de nuevas oportunidades

El declive del sector de las lanchitas amarillas hizo que los propietarios lleven años pensando en otros posibles fines, que van desde la pesca deportiva hasta que sean embarcaciones dedicadas a la recreación y a la gastronomía.

Todos, de un modo u otro, por el momento tropezaron con la misma piedra: no serían proyectos rentables. “Si llevan gente a pescar necesitan una dotación mínima de seguridad. Además, necesitan buen tiempo, porque no podrían trabajar un día sí y un día no. Y en Mar del Plata el buen tiempo no abunda”, ejemplifica el presidente de la Sociedad de Patrones Pescadores, Luis Ignoto.

El rubro gastronómico se planteó una década atrás, cuando se estaba construyendo la terminal de cruceros en la escollera Norte. “La intención era dotar a algunas lanchas de cocina y ubicarlas en un sector que no obstruyera la operatoria”, cuenta el dirigente. Pero la terminal nunca se usó para el fin original.

También se pensó la posibilidad de que se convirtieran en “góndolas” que llevaran a los pasajeros a recorrer la zona. Incluso hubo conversaciones con autoridades de Boca Juniors. Es que la intención de algunos propietarios era llamar a sus lanchas “La Bosteritas” y añadirles pinceladas de azul y amarillo, en homenaje a los primeros pescadores, provenientes del barrio de La Boca.

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